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Rómpeme hasta que me ames

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oscuro
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Descripción

Eliza se separó de sus padres para ser fuerte y valiente, pero algo que no contó en ese intento de libertad es que aparecería un monstruo. Una parte de ella se rompió, pero su amigo la curó para que fuera una mujer mejor, solo que su pasado llegó con nuevas ilusiones y ella en verdad quiso creer.

Y el monstruo volvió a aparecer.

Embarazada y temerosa de lo que podía pasarle en manos de Debon, buscó refugio en su amigo, quien no dudó en ayudarla, pero un malentendido provocó que un demonio se despertara y, sin que nadie se diera cuenta, la tomó entre sus redes, para hacerle pagar no solo el daño que le causó a las personas que él ama, sino también por lo que una mujer le hizo a él. Después de todo, Eliza y su exnovia no son tan diferentes... O eso es lo que él cree.

Y para cuando se da cuenta de toda la verdad, Eliza está tan rota que no hay manera de reparar el daño, ni siquiera con amor.

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Capítulo 1: Intervención
A pesar de que los pasillos de la universidad se le hacen eternos, Eliza llega al salón en donde tendrán la primera clase de la mañana. Sentado en las sillas de la zona de en medio está Trevor, quien está metido en su cuaderno, con el ceño fruncido y mordiendo un lápiz, tal como cada vez que piensa en su tormento. —Hola… —le da un beso en la mejilla y se sienta a su lado, sacando sus cosas enseguida—. Pensé que no llegaría. —Yo también, tampoco me escribiste para que pasara por ti, ¿cómo te fue anoche? —Bien… ya sabes cómo es —ella esboza una sonrisa que no le llega a los ojos y mira al frente cuando el profesor entra al lugar, seguido de una tropa de estudiantes que espera hasta el último minuto para ingresar. La clase es solo para prestar atención, tomar apuntes y preguntar algunas dudas. Al terminar, el profesor deja un trabajo en parejas. Cualquiera pensaría que Trevor lo hará con Eliza, pero… Ella se acerca al profesor y le pregunta con cierta timidez. —Señor Harris, ¿puedo hacerlo sola? —él levanta una ceja y ella se arregla un mechón en el rostro—. Lo que pasa es que… bueno, suelo tener muchas cosas que hacer y no quiero hacer sufrir a mi compañero. —¿Es eso o tal vez es el hecho de que su novio no la deja relacionarse con nadie? —ella se sonroja y baja la mirada—. Señorita Moss, todos sabemos aquí la relación tóxica que lleva, todos menos usted. No, lo siento si esto le traerá problemas con su tormento, pero esta vez no le permito que lo haga sola para darle gusto. Así que hay dos opciones, o usted termina con ese idiota o él entiende que no es el único con quien puede relacionarse. El hombre sale con su bolso y Eliza se cubre el rostro. La pelea que le tocará será de grandes proporciones y, lo peor de todo, es que solo se molesta con el profesor en lugar de atender el consejo camuflado que le ha dejado. Trevor se queda a su lado, la ve respirar profundo y mirando su teléfono como si se debatiera en llamarlo o no. Se lo quita, ella lo mira con los ojos abiertos y Trevor niega. —No le digas nada a Debon todavía, espera a llegar a casa. Creo que te mereces un poco de paz, ¿no crees? —Tengo que hacerlo, ¿puedo hacer el trabajo contigo? —Por favor, no me puedes preguntar eso, Eliza. Siempre me ofrezco para hacerlo, pero tú te niegas por culpa de ese imbécil —le entrega el teléfono y le dice con rabia—. No le he partido la cara solo por respeto a ti, pero te lo recuerdo… el día que te toque, no pensaré en nada más. Ella asiente, baja la mirada y sale con rumbo a la otra clase, una en la que Trevor no estará. El sol comienza a calentar un poco más y ella se muestra incómoda con el suéter alto que lleva, pero no se lo quita. Una compañera le dice que ella le puede sujetar lo que tenga abajo para que no se le levante, pero Eliza solo agradece y le dice que se lo quitará luego, en el baño. Pero no lo hace ni luego ni cuando sale de la última clase. Llega al comedor, en donde hay una enorme fila e intenta que ningún chico la toque, porque no sabe cuándo Debon puede aparecer por ahí. Trevor llega a la fila, queda unas cinco personas tras ella, pero al verla incómoda con el suéter, mientras que todos están en playeras y sudando, sabe que algo anda mal. Se sale de la fila, tira de ella y ve cómo se queja de dolor. Aun así, no la suelta, solo se la lleva a un lugar algo apartado y ella le reclama. —¡Tengo clases en una hora, no alcanzaré a comer nada! —Quítate el suéter —ella abre los ojos y se abraza el cuerpo—. Eliza, quítate el suéter o ahora mismo me voy a ese maldito departamento a rascarme la picazón que me está dando en las manos. —¡No! Oye, tengo frío… —¡Estás sudando, por amor de Dios! —le quita el bolso y levanta su mano para contar—. Tienes cinco segundos para quitártelo. Eliza siente que sus ojos se llenan de lágrimas, cierra los ojos, hace un puchero y se quita el suéter. Trevor aprieta tanto los dientes, que le rechinan. Eliza tiene marcas en sus brazos y en el cuello, pero no son los chupetones que una pareja se podría dejar, sino moretones grandes, de golpes duros que alguien le dio. Y él sabe perfectamente quién fue. —¡LO MATO! —ella tira de él y niega. —Te lo suplico, ya le dije que lo dejaré si vuelve a pegarme y me juró que no lo hará más… —Eliza Moss, te quiero, he aprendido a quererte como a una hermana, pero te juro que ahora mismo no se me pega la gana decirte nada lindo. —Él me ama… —Aplica lo que sabes, Eliza… eres víctima… —No, solo es una vez… —pero Trevor no dice nada más ni la deja hablar. La toma de la mano, la guía fuera de la universidad y se la lleva a la oficina de su comandante, el que le hace seguimiento a su programa de ROTC. No toca, no pide permiso, solo entra a la oficina del hombre y él se pone de pie cuando ve a Eliza llorando, pero se pone furioso cuando ve las marcas. —Se lo dije, le advertí que Moss necesitaba intervención, pero no me quiso oír. No me importa lo que diga el protocolo, si usted no la obliga a hablar con la psicóloga del programa, iré a partirle la cara a ese idiota y se puede olvidar de su mejor elemento. —Deveraux-Lancaster… sal de mi oficina y déjame con ella. —Señor… —¡Es una orden! —Sí, señor —Trevor aprieta los dientes, sale y cierra la puerta sin delicadeza. Eliza se queda parada en una esquina, el comandante se acerca a ella sin intimidarla y le dice con suavidad. —No saldrás de aquí hasta que no hables con la psicóloga y entiendas por ti misma que seguir con ese chico es un peligro. No sé dónde lo conociste, ni por qué te aferras a él, pero ese chico que acaba de salir no es el único preocupado por ti. —Señor, le juro que esta fue la primera vez y me prometió que nunca más pasará… —Eliza, fuiste la mejor mujer de tu promoción, la más destacada y en verdad lamenté que no quisieras seguir dentro de nuestras filas, pero me dio gusto que quisieras estudiar para dar apoyo psicológico a nuestros soldados. Sin embargo, veo que no estás aplicando nada en ti. Ese tipo es un maltratador, necesito que lo veas, que abras los ojos, ¿tan poco te quieres para permitir algo como esto? Las palabras del hombre son duras, pero Eliza no puede sentir nada más que miedo. Sus ojos perdidos ven al hombre, asiente y le dice con suavidad. —Iré con la psicóloga. —Te hará una evaluación ahora mismo, no quiero que le mientas y, si ella dice que quedas retenida aquí, no te dejaré salir. —Pero… —¡Y si quieres salir, pondré a Deveraux-Lancaster en tu puerta para que te lo impida! Quedas bajo nuestra protección hasta que ese tipo no sea un peligro para ti. Y el diagnóstico de la psicóloga es lapidario. Eliza está sumida en una manipulación que inició de una manera tan sutil, que ahora no tiene idea de lo que está bien o mal. El comandante le pregunta cómo es posible eso, pero la mujer solo le dice que la chica no tiene experiencia y que su especialidad es para trabajar con soldados traumados, no con mujeres maltratadas. Trevor la acompaña al departamento que comparte con Debon para buscar sus cosas, junto con dos compañeros más del programa. Cuando llega a la puerta, se queda pensando en abrirla o no, pero mete la llave y entra. Lo primero que la recibe es un vaso que vuela cerca de su cara y termina estrellándose en la pared, haciéndose añicos. Pero antes de que Debon se lance sobre ella, Trevor la pone tras su cuerpo y los otros dos compañeros sujetan a Debon contra la pared. —¡Eres una zorra maldita, fui por ti y me dijeron que te fuiste con tu amante! —Él no es mi amante —le dice con la voz apagada—. Ya te lo he dicho muchas veces. Trevor es solo un amigo. —¡Mentira! ¡Pero ya vas a ver cuando nos quedemos solos…! Un golpe le llega en el rostro y Eliza ve con horror que Trevor es quien se lo ha dado. La nariz le sangra, Debon se la ve con horror y comienza a gritar. —¡Te voy a denunciar! —Hazlo —le dice él encogiéndose de hombros y mandando a uno de los chicos a acompañar a Eliza por sus cosas—. Yo no tengo nada que perder. —¡Claro que sí, tu tan preciada carrera militar! ¡¿Acaso crees que no sé de lo prometedor que eres?! ¡Ella me lo dijo! —El ejército no es lo único que tengo, idiota. Denúnciame y tendré más libertad para hacerte la vida miserable, porque no tendré que seguir ningún código, ni órdenes ni nada de eso… solo seremos tú y yo en igualdad de condiciones, aunque para ser iguales, primero tendría que golpear a una mujer. —Se cayó por la escalera, ¿no te lo dij…? —esta vez es el otro compañero quien le da un golpe en el estómago y Debon cae de rodillas sin aire. —A mí me aburren los cabrones cobardes como este —escupe el chico y Trevor se para frente a él. —Eliza es mi amiga, una hermana a la que protegeré a toda costa, así que es mejor que te vayas de la ciudad… o tal vez del estado, porque si te veo cerca de ella, será la última vez que respires. Y eso no es una amenaza, es un hecho. Eliza sale con un bolso y abre los ojos al ver a Debon tirado en el piso. Su primer instinto es ayudarlo, pero su propia consciencia la detiene. Se mira los brazos, su rostro en el reflejo que el espejo de la entrada le regresa y solo ahí se da cuenta de cuánto Debon la lastimó. Pero de forma física. Se para frente a él, lo mira con los ojos llenos de lágrimas y le dice. —Hoy me di cuenta de que no te amo desde hace mucho. Solo te tenía miedo y un poco de lástima, pero ahora mismo me tengo más lástima a mí, porque esto seguro no lo superaré jamás. Eliza sale del departamento y sus amigos la siguen. Trevor le hace un gesto de advertencia a Debon antes de cerrar la puerta. Cuando se sube al auto en el asiento del copiloto, sus manos se sostienen de la guantera y comienza a llorar, primero de manera silenciosa, hasta estallar en un llanto terriblemente doloroso. Ninguno de los hombres dice nada, solo colocan sus manos sobre sus hombros, excepto por Trevor, que le toma las manos y le dice. —Ya eres libre… ahora, aprovecha esa libertad y sé feliz. Se van a la residencia en donde estará protegida ahora, oyendo cómo Eliza se quita poco a poco ese mal amor del corazón y lo arranca de su vida.

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