La cueva había comenzado a sentirse como un hogar. No era una sensación que Soulind hubiera experimentado a menudo. La cabaña de su infancia, con el olor a hierbas y el calor del hogar, había sido lo más cercano. Luego, la celda: piedra fría, soledad y el eco de sus propios pensamientos. Pero esto era diferente. La cueva olía a Valerius, a ese aroma indefinible que mezclaba ozono, piedra mojada y algo más profundo, algo antiguo y cálido. Y ahora, ese olor significaba seguridad. Habían pasado muchas semanas desde que encontraron la cámara de los frescos. Muchas comidas, muchas exploraciones, muchos fragmentos de recuerdos rescatados del abismo de la mente del dragón. La pared donde Soulind escribía se estaba quedando sin espacio, cubierta de nombres, fechas, lugares, sensaciones. Un mapa

