El castillo del Halcón se había convertido en una prisión para Elian. No una prisión de piedra y barrotes como la que había albergado a Soulind durante siete años, sino una prisión de seda y deberes. Las paredes de sus aposentos, antes un refugio, ahora se cerraban sobre él como las de un ataúd. Las comidas con su padre eran ejercicios de silencio y culpa. Las lecciones con su tutor, lecciones sobre cómo ser un buen rey, le sonaban a burla después de lo que había permitido. Había fallado. La había visto marchar. La había visto caer. Y no había podido hacer nada. Las noches eran las peores. Cuando el castillo se sumía en el silencio y solo los guardias rompían la quietud con sus pasos rítmicos, Elian se sentaba ante su escritorio, sacaba un pergamino en blanco, mojaba la pluma en tinta…

