Capítulo 20. El Corazón de Piedra

1278 Palabras
Los días en la cueva habían adquirido un ritmo propio, ajeno a los ciclos del sol y la luna. Soulind lo medía por las marcas en la pared —sesenta y tres, ya—, por las comidas que Valerius le traía —un jabalí, tres conejos, un ciervo más pequeño, pescados del lago subterráneo— y por los fragmentos de recuerdos que él lograba rescatar del abismo de su mente. Esa mañana —o lo que ella suponía que era mañana por la intensidad del resplandor verde de las vetas—, Soulind se despertó con una idea. —Hoy quiero explorar la galería del oeste —dijo, señalando un túnel que llevaba días intrigándola—. La que tiene esas marcas en la entrada. Como si alguien hubiera querido sellarla. El dragón abrió un ojo, su cabeza descansando sobre las patas. —Es peligroso. No he ido nunca. Hay… algo allí. No sé qué pueda ser. Pero lo siento. —¿Miedo? —preguntó ella, cojeando hacia él. —No. Los dragones no tienen miedo. Creo. —Una pausa—. O sí. No sé. Pero lo que siento no es miedo. Es… respeto. O advertencia. Como si alguien me hubiera dicho, hace mucho, que no entrara allí. —Alguien que ya no está —concluyó Soulind—. Como casi todo en tu vida. El dragón asintió lentamente. —Sí. Como casi todo. —Entonces vamos —dijo ella, con una determinación que ya le conocía—. A ver qué querían esconder de ti. --- El túnel del oeste era más estrecho que los demás, obligando a Valerius a avanzar con una lentitud cautelosa, su cuerpo enorme rozando las paredes y desprendiendo pequeñas cascadas de polvo y piedrecillas. Soulind cojeaba detrás de él, una mano apoyada en su escama para mantener el equilibrio. La luz verde de las vetas se fue atenuando a medida que avanzaban, reemplazada por una oscuridad más densa, más antigua. El aire se volvió frío, cargado de un olor a humedad y a algo más. Algo metálico. Algo que recordaba a sangre seca. —Aquí huele diferente —dijo Valerius, su voz resonando en la piedra—. Huele a… a historia. A cosas que pasaron y nadie recuerda. —Igual que tú —murmuró Soulind. Llegaron al final del túnel. Una puerta de piedra se alzaba ante ellos, enorme, cubierta de inscripciones en una lengua que Soulind no reconoció. No tenía picaportes ni cerraduras visibles. Solo una superficie lisa y fría, y en el centro, grabada en la roca, una mano abierta. —Es una mano —dijo Soulind, tocándola con la punta de los dedos—. Como si alguien hubiera puesto la suya aquí y… No terminó la frase. En el momento en que su piel tocó la piedra, un escalofrío la recorrió de pies a cabeza. No era frío. Era otra cosa. Como si la piedra hubiera reconocido algo en ella. —¿Qué pasa? —preguntó Valerius, alarmado. —No lo sé. La piedra… está caliente. O fría. No sé. Pero me siento… —Se detuvo, buscando las palabras—. Me siento esperada. El dragón guardó silencio un momento. Luego, con una lentitud casi reverente, levantó su enorme garra y posó la punta de una de sus garras sobre la mano grabada. Ocurrió de inmediato. La puerta tembló. Un sonido profundo, como el rugido de un animal despertando, resonó en la piedra. Las inscripciones comenzaron a brillar con una luz tenue, dorada, diferente al verde de las vetas. Y lentamente, con un crujido que pareció durar una eternidad, la puerta comenzó a abrirse. Detrás, no había oscuridad. Había luz. Una luz dorada y cálida que emanaba de innumerables grietas en las paredes de una cámara circular, más grande que cualquier otra que hubieran visto. Y en el centro de la cámara, sobre un pedestal de piedra blanca, descansaba un cofre. Pequeño, de madera oscura, con incrustaciones de plata que brillaban como estrellas. Soulind y Valerius se miraron. —¿Entramos? —preguntó él, y en su voz había una mezcla de temor y curiosidad que ella nunca le había escuchado. —Claro que entramos —respondió ella, cojeando hacia adelante—. Esto es lo que vinimos a buscar. --- La cámara era un tesoro en sí misma. Las paredes estaban cubiertas de frescos, pinturas que a pesar de los siglos conservaban sus colores: escenas de batallas, de ceremonias, de un hombre con corona que se repetía una y otra vez. Un hombre joven, de cabello oscuro y porte erguido, que en cada imagen parecía más cansado, más triste. —Ese soy yo —dijo Valerius de repente, su voz un susurro atónito. Soulind se volvió hacia él. —¿Estás seguro? —No. Pero lo sé. En mis sueños… a veces veo esas batallas. Esas ceremonias. Y el hombre… —Se acercó al fresco más cercano, el que mostraba al joven rey siendo coronado—. El hombre tiene mis ojos. Mis ojos humanos. Los que ya no tengo. Soulind observó los frescos con una nueva perspectiva. El rey joven, coronado. El rey joven, casándose con una mujer de cabello dorado. El rey joven, con un hijo en brazos. El rey joven, envejeciendo, gobernando, siendo amado. Y luego, los frescos cambiaban. El rey, arrodillado. Figuras encapuchadas a su alrededor. Cadenas. Oscuridad. Y finalmente, una forma monstruosa, alada, emergiendo de entre las llamas mientras el rey desaparecía. —Valerius —dijo Soulind, señalando la última escena—. Eso eres tú. Eso te hicieron. El dragón no respondió. Su cuerpo temblaba, un temblor profundo que sacudía el suelo bajo sus garras. Sus ojos verdes estaban fijos en los frescos, y en ellos, Soulind vio algo que nunca había visto en él: lágrimas. No lágrimas humanas, sino un brillo extraño, una humedad antigua que resbalaba por sus escamas. —Mi hijo —dijo, su voz quebrándose—. Yo tuve un hijo. Un niño pequeño. Me enseñaba a volar cometas. Le cantaba canciones. Y… y lo perdí. Lo perdí todo. —Se volvió hacia ella, y su mirada era la de un hombre roto atrapado en el cuerpo de un monstruo—. Eso es lo que no podía recordar. Eso es lo que mi mente escondía para no volverme loco. Mi hijo. Mi esposa. Mi reino. Todo. Perdí todo. Soulind sintió que el corazón se le partía. Sin pensarlo, cojeó hacia él, apoyó ambas manos en su enorme cabeza y la abrazó como pudo, sus brazos apenas alcanzando a rodear una mínima parte de su hocico. —Lo sé —susurró—. Yo también perdí todo. Mi madre. Mi otra madre. Mi infancia. Mi libertad. Pero estamos aquí. Juntos. Y mientras estemos juntos, no lo hemos perdido todo. ¿Entiendes? El dragón tembló bajo sus brazos. Luego, lentamente, su enorme cabeza se inclinó hacia ella, apoyándose contra su pecho como un niño buscando consuelo. —No quiero estar solo —dijo, y su voz era tan pequeña, tan frágil, que dolía oírla—. No quiero volver a estar solo. —No lo estarás —prometió ella—. Nunca más. --- Pasaron mucho tiempo en la cámara, explorando cada rincón. Además de los frescos, encontraron rollos de pergamino en un estante de piedra, escritos en la misma lengua antigua. Soulind los guardó todos, decidida a descifrarlos de alguna manera. También encontraron armas —una espada larga, oxidada pero aún hermosa, con una empuñadura de plata en forma de dragón— y joyas, y restos de lo que alguna vez fue un trono. Pero lo más importante estaba en el cofre del centro.
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