Un leve suspiro escapó de sus labios, tan suave que parecía el sonido del viento colándose por la ventanilla. Y entonces, sintió el cambio debajo suyo. La v***a se endureció de un instante a otro. Virginia entrecerró los ojos. Nunca había presenciado una erección tan instantánea. Ahora sentía un falo duro como una roca. Se acomodó de nuevo, y el m*****o de su hijo quedó de nuevo entre sus nalgas. Esa dureza que sentía ahora le parecía fascinante. Mauricio tenía cuarenta, y, por la experiencia que tenía, después de los treinta, los hombres no solían tener una erección tan potente como los jovencitos de veinte años. Había sido infiel las suficientes veces como para saber eso. Entre esas infidelidades, estaba incluida una ocasión en la que se había entregado a dos alumnos. Aquella vez, Virgi

