Mientras Adriel, ya en casa, comenzaba a deslizar las manos por la espalda de Virginia, en otro rincón de la noche (más bullicioso, pero igual de cargado de tensión s****l) Lulú y Mauricio compartían una copa de vino en una mesa cercana al escenario. Ambos se mantenían en silencio, con los cuerpos relajados pero las miradas alertas, como si cada sorbo que daban no fuera más que una excusa para prolongar ese instante flotante, cargado de algo que que fingían ignorar. Frente a ellos, la última pareja de la noche bailaba un tango lento y profundamente sensual. La luz era tenue, anaranjada, como filtrada por una nostalgia vieja y envolvente. El suelo brillaba por el reflejo de las lámparas colgantes, y la música parecía salir desde algún rincón escondido del alma del lugar. Lulú mantenía la

