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Una falsa esposa

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Descripción

Mi nombre es Gildris Scanfort, tengo 25 años, y esta es la historia de cómo un trato loco con mi prima Brittney Cooper me cambió la vida.

Para entrar en contexto, tengo una prima que se parece mucho a mí. Ella se casó con un millonario, lo que la llevó a renunciar a su vida desenfrenada; sin embargo, cuando su esposo tuvo un accidente, ella me buscó, después de años sin vernos, me propuso que yo la reemplace para que ella pueda ir al extranjero a vivir su vida despreocupada, dándome como beneficio una enorme suma de dinero. Yo no estoy muy convencida de ser participe de esta loca idea, pero mi madre está muy enferma y necesito el dinero, así que acepte.

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Capítulo 1. Propuesta.
Capítulo 1:. La Propuesta. Gildris Scanfort, de veinticinco años, aguarda en una silla de plástico rígido que parece absorber el calor de su cuerpo. El aire de la sala de emergencias del hospital central de Delano, en el condado de Wright, huele a desinfectante industrial y a una desesperación contenida que flota entre las luces fluorescentes que parpadean de forma intermitente. La incertidumbre la carcome; cada segundo es un recordatorio punzante del estado de su madre, quien fue ingresada de urgencia esta tarde, retorciéndose bajo el yugo de un dolor abdominal tan violento que le robaba el aliento. La tragedia no toca a la puerta, simplemente derriba la entrada. Gildris estaba en su pequeña floristería, rodeada del aroma dulce de los lirios y la humedad de la tierra, cuando los vecinos llamaron frenéticos. Trabaja allí a medio tiempo, agotando sus horas en un intento fútil por reunir dinero para los medicamentos, los gastos básicos y una montaña de deudas que no deja de crecer. Justo cuando creía que el destino no podía ensañarse más con ellas, una notificación de embargo apareció bajo la puerta de la tienda esta mañana. Es la misma sentencia de muerte financiera que, con toda seguridad, llegó al buzón de su casa, y que probablemente fue el detonante del colapso de su madre. Años de supervivencia al límite han erosionado su espíritu. Han vivido en una decadencia silenciosa, viendo cómo el patrimonio que su madre construyó con esfuerzo se desmorona. Gildris abandonó sus sueños, guardó sus ambiciones en una caja bajo la cama y se dedicó en cuerpo y alma a cuidar de la mujer que fue su único pilar. Ahora, sentada en ese pasillo gélido, se enfrenta a la cruda realidad: el abismo finalmente ha llegado a sus pies. Está a punto de perderlo todo: el techo, el sustento y, quizás, la vida de su madre. —¿Señorita Scanfort? —Una voz grave y cansada rompe su trance. Un médico de avanzada edad se aproxima, sosteniendo una tabla de notas con un gesto de pesadez que le hiela la sangre. —¿Sí? —Gildris se levanta de golpe, sus rodillas flaquean por la tensión—. ¿Cómo está mi madre? Por favor, dígame que estará bien. El hombre exhala un suspiro cargado de una honestidad brutal. Se acomoda los anteojos antes de soltar el diagnóstico que tiene entre las manos. —Lo lamento mucho, pero no tengo buenas noticias. Su madre padece una condición grave de insuficiencia renal. El daño es avanzado. Tendremos que someterla a diálisis de inmediato y, posteriormente, a una cirugía si el tratamiento inicial no estabiliza sus valores. A largo plazo, un trasplante de riñón sería la única solución definitiva. —Haga lo que sea necesario, doctor —suplica ella, apretando las manos contra su pecho—. Por favor, no la deje así. —El problema, señorita, es que estos procedimientos son extremadamente costosos. El hospital exige un pago inicial para proceder con el tratamiento especializado; el costo es de $8,469 dólares solo para comenzar, y la cifra aumentará dependiendo de la evolución. Las palabras del médico estallan en los oídos de Gildris como una bofetada física. El impacto la obliga a dejarse caer de nuevo en la silla, sintiendo que el suelo desaparece bajo ella. —Entonces… —su voz es un hilo quebradizo— ¿No podemos hacer nada más? ¿La dejarán morir simplemente porque no tengo ese dinero? Lo mira con una mezcla de reproche y agonía. Sus ojos, enrojecidos por la vigilia, se nublan rápidamente. Una lágrima solitaria traza un surco amargo en su mejilla. —Lo lamento, de verdad lo lamento —responde el médico con una empatía profesional que no le sirve de consuelo—. Por ahora, solo podemos suministrarle analgésicos para aliviar el dolor, pero no podemos mantenerla internada en esta unidad sin iniciar el protocolo de pago. El proceso es necesario y obligatorio. Permiso. El hombre se retira, dejándola sumergida en un vacío denso y asfixiante. A su alrededor, la vida sigue: pacientes entran en camillas, el personal corre de un lado a otro, pero Gildris permanece estática, sin siquiera parpadear. El silencio en su cabeza es absoluto, interrumpido solo por los ecos de sus propios reproches hacia la vida. El destino nunca ha sido generoso con ella. Primero, su padre las abandonó apenas unos meses después de su nacimiento; luego, la desdicha se instaló en su hogar como un huésped permanente. La enfermedad entró en sus vidas con la misma puntualidad cruel que las facturas vencidas en el buzón. Sin otra opción y con el alma rota, Gildris se ve obligada a retirar a su madre del hospital. Empuja la silla de ruedas por las calles de Delano, bajo una luz crepuscular que parece burlarse de su miseria. No tiene dinero ni para un taxi. Camina durante treinta angustiantes minutos hasta llegar a su casa, donde acomoda a su madre con una ternura desesperada. Solo tiene un par de frascos de medicina para el dolor y la incertidumbre de cómo conseguirá la siguiente dosis. Esa noche, la agonía de lo que vendrá le impide cerrar los ojos; el tic-tac del reloj en la pared suena como el conteo regresivo de una ejecución. Cinco días después El tiempo se ha convertido en una tortura lenta. Faltan solo cinco días para que el embargo se ejecute y las dejen en la calle. Gildris arrastra los pies con una pesadez que no es física, sino del alma, mientras se dirige a la florería para intentar vender las últimas existencias. Con movimientos mecánicos, abre las persianas metálicas que rechinan contra el pavimento. Sacude el polvo, limpia los mostradores y saca al porche los pocos arreglos florales que logró armar la noche anterior, esperando un milagro que sabe que no llegará. Se encuentra en la parte trasera buscando unos materos para poner en oferta cuando el tintineo de la campana de la entrada la sobresalta. Endereza la espalda y respira hondo, forzando una sonrisa profesional en su rostro demacrado. —Buen día, ¡bienven...! —Las palabras se le mueren en la garganta al levantar la mirada. El tiempo parece detenerse. Frente a ella, una mujer irradia una elegancia que resulta insultante dada la situación del lugar. El perfume de diseñador, caro y penetrante, invade rápidamente el espacio, desplazando el aroma natural de las flores. Ambas se miran en un silencio ensordecedor, una brecha de años y rencores que las incomoda por igual. La mujer observa a Gildris con una mezcla de sorpresa e insatisfacción; la visión de su prima es lamentable: desganada, mal vestida, apenas una sombra de la joven que solía ser. —Gildris… —exclama finalmente la mujer, rompiendo la tensión. Gildris se mantiene apacible, aunque sus ojos reflejan una indiferencia gélida. —Brittney Cooper. Esto sí que es una sorpresa —responde, moviéndose con lentitud hacia la caja registradora. —Para mí también —dice Brittney, ajustándose el abrigo de piel—. ¿Cómo estás? ¿Cómo está mi tía? Gildris deja de organizar unos documentos y clava su mirada en ella, apoyándose en el mostrador con una rigidez defensiva. —Sobreviviendo. Al menos ella lo hace, después de que la abandonaste a pesar de que te cuidó como si fuera tu propia madre —escupe con una frialdad que hace que Brittney se tense. —Entiendo que estés enojada, de verdad, yo solo… —Brittney intenta suavizar el tono, pero Gildris no se lo permite. —¿A qué has venido, Brittney? —pregunta sin rodeos, cortando el aire—. No creo que hayas conducido hasta aquí para preguntar por nuestra salud. —Bien, iré al grano —asiente Brittney, quitándose finalmente las gafas de sol para revelar unos ojos calculadores—. He venido a hacerte una propuesta. Vengo a ofrecerte un trato. —¿Un trato? —Gildris deja escapar una risa amarga y seca—. ¿Qué clase de trato, Brittney? ¿Qué razón es tan poderosa como para traerte de vuelta a este lugar después de tanto tiempo? Brittney no parece complacida. La mujer que tiene enfrente ya no es la joven dócil y moldeable que recordaba. Sin embargo, no ha venido a perder. Con la seguridad de quien está acostumbrada a comprar su voluntad, deja caer un archivo sobre el mostrador de madera desgastada. Gildris lo toma con recelo. Al abrirlo, siente que la bilis le sube por la garganta. Brittney la ha investigado a fondo. Allí están los detalles del embargo, su estado de cuenta bancario, el diagnóstico médico de su madre y cada deuda que la asfixia. Es una carpeta de su propia miseria, expuesta como una burla. —¿Qué significa esto? —pregunta, frunciendo el ceño con indignación. —Significa que yo puedo ayudarte, Gildris. Yo soy la única persona en este mundo que puede hacer que todos tus problemas se solucionen hoy mismo. —¿Ayudarme? ¿Tú? —Gildris la mira con desconfianza—. ¿A qué costo? Sé que nada de lo que ofreces es gratis. No soy tonta. —Lo que tienes en tus manos es un contrato de servicios —explica Brittney, manteniendo la compostura—. Te ofrezco la oportunidad de trabajar para mí. Te pagaré un salario de $50,000 dólares solo por comenzar, a cambio de que te hagas pasar por mí una vez más. Gildris siente un escalofrío. —¿De qué demonios estás hablando? —Es simple, Gildris. Quiero que tomes mi lugar, tal como lo hacíamos en el pasado cuando éramos niñas. Necesito que me reemplaces en mi casa, con mi esposo. —¿Te has vuelto loca? —Gildris retrocede un paso, horrorizada—. Ni por todo el dinero del mundo haría algo tan estúpido. Brittney, ya no somos adolescentes jugando a intercambiar roles. Esto es la vida real, hay leyes, hay consecuencias. Es una locura. —Entiendo tu reacción. Vine preparada para esto… —Brittney saca otro documento y lo desliza sobre el anterior, revelando una cifra modificada—. $150,000 dólares en total. ¿Es suficiente para que resuelvas tus deudas, pagues la cirugía de mi tía y vivan cómodas el resto de sus vidas? Gildris se paraliza. El número baila ante sus ojos, representando la salvación de su madre. Al notar la duda en su mirada, Brittney chasquea los dedos. Un hombre corpulento con un traje impecable entra en la tienda cargando un pequeño maletín metálico. Lo coloca sobre el mostrador y lo abre, revelando fajos de billetes perfectamente ordenados. —Son $50,000 en efectivo, ahora mismo. Puedes contarlos si quieres —dice Brittney con voz seductora—. El trabajo es ridículamente fácil. Solo tienes que ocupar mi lugar en la familia Lauder. Yo me encargaré de prepararte, de darte cada detalle, cada hábito y toda la información que necesites para ser yo. Tu única misión es lograr que no te descubran. Serán solo un par de semanas. Cincuenta mil ahora y cien mil cuando regrese. Si lo haces bien, ambas ganamos. ¿Qué dices? Gildris mira el dinero y luego a su prima. El corazón le late con tal fuerza que teme que se le escape del pecho. —¿Por qué necesitas que te reemplace? ¿Qué planes tienes realmente, Brittney? ¿En qué clase de lío te has metido? —¿Por qué siempre asumes que hay un problema? —Brittney se mofa, comenzando a caminar por la pequeña tienda, observando las flores marchitas con desdén. —Porque todo lo que te rodea siempre termina en desastre. Te conozco —responde Gildris, con la inseguridad librando una batalla campal contra su necesidad. —Esta vez es diferente. Tenía planes de viajar al extranjero por unas semanas, un asunto privado, pero mi esposo ha sufrido un accidente reciente. No puedo simplemente desaparecer y dejarlo, la prensa y su familia harían un escándalo mediático. Pero tampoco tengo el menor deseo de quedarme a su lado cuidándolo. Por eso te necesito. Tu presencia allí calmará las aguas, nadie sospechará que me he ido, y yo podré descansar lejos de todo. Es una tarea sencilla, Gildris. Además, él se encuentra en una situación... lamentable. Debido a sus lesiones, me ha pedido que duerma en otra habitación, así que no tendrás que lidiar con la intimidad marital. No te prestará atención, apenas se dará cuenta de que estás ahí. Estoy segura de que pasarás desapercibida hasta mi regreso. Brittney se detiene frente a ella y le sostiene la mirada, con una sonrisa de victoria asomando en sus labios. —¿Qué dices, Gildris? ¿Aceptas el trato o prefieres esperar a que los hombres del banco vengan el lunes a echarte a la calle con tu madre enferma a cuestas? El silencio vuelve a reinar en la florería, pesado y decisivo. Gildris mira el maletín. Es el precio de su alma, pero también el precio de la vida de su madre.

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