El mayordomo quedó muy sorprendido, si bien tenía sospechas sobre la desconfianza de Ana, no pensó que pudiera llegar hasta esos extremos. El hecho de ir a investigar hasta una entidad pública señala el fuerte escepticismo de los hermanos frente al, supuestamente, mejor amigo de la familia. Leopoldo no podía entender cuál fue el motivo que despertó las sospechas de los niños, pero ahora solo le quedaba responder de la manera más convincente posible. El comentario de Ana sobre la inexistencia de un documento legal que soportara la identidad de Leopoldo generó un gran malestar en Isidro, a quien se le hacía muy extraño todo lo que estaba descubriendo esa noche gracias a la suspicacia de sus hijos. Por su parte, Ruth estaba a la expectativa de las respuestas de Leopoldo, aunque en su rostro no se mostraba la extrañeza que en cambio sí presentaban los demás miembros de la familia. Leopoldo les anticipó que la respuesta a la inquietud de Ana era poco creíble, pero que les rogaba aceptaran cada una de sus palabras. Su defensa la basó en lo que él consideraba como “la libertad perdida”, esta idea era su filosofía de vida, por medio de ella refutó y defendió su postura de no querer aparecer en los registros del sistema. Esto, debido a la monopolización de la vida privada, que según el mayordomo, condiciona a los consumidores por medio de las bases de datos que las empresas y entidades roban con las diferentes búsquedas y transacciones. Gracias a la teoría del consumismo Leopoldo se defendió contra la inquietud de Ana, esa era incluso una de las razones por las que Leopoldo no salía casi al pueblo, pues cualquier policía podía exigirle su documento de identidad y al no dar cuenta de este, podía terminar en la cárcel. Estar registrado en el sistema implicaba tener que sustentar ante otro sus acciones, lo cual se prestaba también para el cobro de numerosos impuestos que él no quería pagar, ya que no tenía suficiente dinero y no pensaba que el estado lo mereciera.
Para su suerte, y gracias a la forma tan cuidadosa de comer, era poco propenso a enfermedades, razón por la cual no tenía que visitar ningún hospital. Entre chiste y risas mencionó que en el caso de cometer un delito ni siquiera podrían saber a qué código adjuntarle el historial delictivo. De este chiste solo se burló Ana, quien al tiempo reconoció la importancia de respetar las creencias del mayordomo. Leopoldo continuó hablando sobre los algoritmos en las compras que las personas realizan, todos esos factores posibilitan que cada día salgan al mercado nuevos productos que las personas creen que necesitan. De esa forma, las grandes empresas, que son las culpables de la mayor parte de la contaminación del medio ambiente, obtienen millonarias ganancias año tras año, mientras que las personas del campo son cada vez más pobres. Se enorgullece de no pertenecer al sistema, así no había contradicción entre su modo de vida y la manera en que actuaba en la sociedad. Nunca había necesitado nada del estado, ni esperaba necesitarlo, en el momento de su muerte, decía con burla el mayordomo, esperaba quedar sepultado en la parte de atrás del patio, donde solo la familia Serrano pudiera visitarlo y dejar algunas flores. En el caso de ser posible, su último deseo era que uno de los padres de la iglesia, con total discreción, le hiciera un rito sagrado para que su alma no fuera condenada.
¿Tantos pecados tiene? Replicó Jorge. El mayordomo con una sonrisa en su rostro le explicó la dificultad que tenía el poder llevar uno a uno los mandamientos de la ley de Dios, así que era mejor no confiarse y tener alguien en la tierra que intercediera por sus pecados. Este y muchos motivos más tenía para no querer aparecer legalmente en el mundo, pues para él la tierra era un lugar público y de todos, no entendía por qué para ir a otro país las personas necesitaban un permiso, pero bueno, ante las leyes hechas no hay mucho que hacer, solo procurarse de manera particular vivir de la mejor manera. Todo este asunto fue muy impactante para el padre, quien se sorprendió por haber vivido tantos años con una persona y no conocer su estilo de vida. El tema quedó aclarado ante la familia Serrano, quienes decidieron ir a dormir, pues se hacía tarde y todos debían madrugar. Jorge y su hermana no quedaron muy convencidos con la defensa del mayordomo, sentían que detrás de su historia había algo más, un oscuro secreto que ellos estaban dispuestos a descubrir. Tenían la sensación de que la respuesta estaba en el sótano, pues de todas las cosas extrañas que a Jorge le pasaban, el sótano era el lugar donde su experiencia tenía el peor matiz. Sin embargo, no estaba dispuesto a entrar solo, requería de la compañía de Ana para poder buscar las respuestas requeridas. Ana recordó que en esa misma semana había una reunión de padres de familia, como el padre estaba trabajando podría pedirle a Ruth que fuera junto con el mayordomo para recibir las calificaciones de Ana. Ese sería el momento indicado para que juntos fueran a revisar el sótano.
Así pasaron dos días, en los que Ana y Jorge aparentemente se veían más tranquilos, situación que le agradaba a Leopoldo, quien pensó que la desconfianza se había terminado. Cuando Ana le pidió asistir al colegio para la reunión, reiteró su alegría por volver a unirse en vínculo de fraternidad con los hermanos, a quienes quería mucho. Isidro se mostró un poco indispuesto por la decisión de Ana con respecto a la elección del mayordomo como representante del padre ante el colegio, pues sentía que Ana podría querer más al mayordomo que a él. Una vez que Ruth y Leopoldo estaban listos para salir Ana se mostró un poco indispuesta, por lo que el mayordomo le recomendó quedarse a descansar. Así lo hicieron, Jorge y Ana quedaron solos en la casa, su plan estaba funcionando perfectamente. Antes de ir al sótano pusieron seguro a la entrada principal para que Isidro no pudiera interrumpir, también pusieron unos vasos de aluminio en las ventanas para escuchar si alguien entraba por allí. Se armaron de valentía e iniciaron su misión. Llevaban linternas y fósforos por si acaso, el niño estaba temblando y Ana tenía muchas ganas de ver las fotos de la bolsa de tela negra de la cual Jorge le había hablado. Pero, cuando llegaron a la puerta del sótano se percataron de que estaba cerrada con candado y las llaves posiblemente las tenía la madre. ¿Sabía que los hermanos querían entrar al sótano? ¿Se habrá enterado alguien del plan que tenían? ¿Estuvo el mayordomo espiándolos? Los hermanos se hacían estas preguntas mientras buscaban en algunos cajones las llaves del candado. Después de buscar fallidamente, Ana y Jorge quemaron su última carta, fueron al bosque a buscar a Isidro para contarle todo lo que habían descubierto por esos días, tal vez así él les ayude a abrir la puerta.
Corrieron varios minutos hasta encontrar a su padre cerca del río descansando un poco. Hacía mucho calor y su padre había trabajado todo el día, de verdad no se merecía la traición de Ruth. Isidro se extrañó cuando los vio llegar rojos de tanto correr, pero al tiempo se alegró, pues su trabajo de por sí era muy solitario, pensó que tal vez los niños querían ayudarlo y pasar un rato con él, pero para su sorpresa le esperaba una misteriosa noticia. Ana le empezó a relatar todo lo que había sucedido desde el cumpleaños de Jorge, este último temía que el padre no le creyera lo relacionado a sucesos extraños. Para su sorpresa, Isidro se mostró muy convencido, de hecho reclamó el no haberse enterado antes de todo. Sintió lástima por su hijo y lo abrazó para confirmarle todo su apoyo. Cuando Ana le explicó a Isidro el plan que tenían, él no dudó en ayudarlos, pues se le hacía extraño que Ruth se hubiera llevado las llaves del sótano. ¿Para qué? El padre tenía un arma de corto alcance, la heredó de su abuelo y la tenía guardada en la cochera para alguna emergencia. Fue a buscarla mientras Ana y Jorge esperaban impacientes en la entrada del sótano, el padre llegó y disparó al candado, el cual se abrió de inmediato. Pero, ¿Qué le dirían a la madre cuando se entere de que el candado está destruido? Isidro no prestó atención a esa inquietud, lo que podía haber abajo le interesaba más que lo que Ruth pudiera decir.
Los tres bajaron con mucha cautela, el padre iba primero, luego Ana y finalmente Jorge, el cual a causa del miedo temblaba constantemente. Se sentaron juntos alrededor de la caja que tenía las fotos de Ruth, el padre fue quien tomó la iniciativa y agarró la bolsa negra, sacó las fotos y mientras las miraba se ponía muy pálido, como si hubiera visto al mismo diablo. Los hermanos le insistían para que los dejara ver las fotos, pero Isidro no podía hablar, sus manos temblaban y su mirada estaba perdida. El padre soltó las fotos, instante que aprovecharon los hermanos, las recogieron y las observaron al mismo tiempo. En una de las fotos había un cuadro familiar en el cual se encontraba la bisabuela de Ruth y otros de sus familiares, pero resulta muy extraño que en ese mismo cuadro y justo al lado de la bisabuela se encuentra el mayordomo. ¿Se trata de su bisabuelo? ¿Hay posibilidad de que su bisnieto, o sea Leopoldo, pudiera ser idéntico? Eran muchas las dudas que tenían los tres investigadores, pues de hecho, en la foto el mayordomo se ve de la misma edad que tiene en la actualidad. Todos guardaban total silencio, pues sólo intentaban saber qué era lo que estaba pasando. Sabían que estaban frente a un gran y oscuro misterio que podría afectar la tranquila vida que hasta ahora llevaban.