En la antigua casa de los Serrano el ambiente estaba muy silencioso, la madre por primera vez en mucho tiempo no tenía con quien compartir la cama, el espacio de Isidro le daba gran nostalgia, además, siempre se despedía de sus hijos antes de dormir, la rutina se había hecho una necesidad que ahora estaba cambiando. A Leopoldo le gustaba mucho la calma que por primera vez tenía desde que se mudó con la familia Serrano. Cerraba los ojos pero no lograba conciliar el sueño, tenía el presentimiento de que Ruth no la estaba pasando bien en su habitación. No sabía si subir a hacerle compañía, pues aunque siempre habían sido muy cercanos, dormir con ella requería de otro nivel de confianza que él no tenía. Por otro lado, tampoco sabía cómo acercarse a una mujer en plan de conquista, pues el amor nunca fue su mejor elección. En algunas ocasiones llegó a salir con mujeres, pero las cosas nunca funcionaban, porque desde que tenía vida eterna conservaba físicamente la edad de 60 años, con ese porte solo podía conquistar señoras mayores o viudas. Si alguna mujer joven le llamaba la atención no podía ir más allá, pues las personas iban a hablar mal de él o podría incluso tener problemas. También era muy difícil con señoras mayores tener algo estable y honesto, pues con el pasar de los días se daban cuenta de que él no envejecía. Leopoldo no le podía contar a toda mujer con la que se topara su historia de vida eterna, por eso tenía que alejarse de ellas, lo que lo condenaba a la soledad. Con respecto a las integrantes su familia, eran todas siempre mujeres casadas que lo adoptaban y sacrificaban una parte de su familia por el solo hecho de seguir con la costumbre de la tatarabuela, le guardaban un fuerte cariño que nunca pasaba del plano de la amistad familiar, pues eran relaciones de casados muy duraderas y Leopoldo no podía interferir. Con Ruth le pasaba algo diferente, era la primera vez que una de las mujeres con las que había vivido se separaba de su esposo, aunque todavía estaban juntos legalmente, estaba muy claro que Isidro no quería saber nada de su esposa, la desconfianza había llegado hasta un nivel en el que ya no era posible remediar nada, además Ruth no estaba dispuesta a ponerse en contra del destino que había marcado la tatarabuela.
Sin embargo, Leopoldo no quería verse como un aprovechado, como si a la primera oportunidad saltara como un lobo hambriento frete a su presa. Ruth valía mucho para él, de hecho de ella dependía en gran medida que su eternidad se siguiera conservando. Intentó dormir, pero nuevamente la incertidumbre lo detuvo, así que decidió ir a hablar con Ruth, y si era posible, acompañarla. Cuando llegó a la entrada del cuarto de manera muy sigilosa, notó que ella aún no estaba dormida, solo daba vueltas en la cama mientras lanzaba suspiros al aire. Entró de puntitas y se sentó con mucha suavidad en su cama, Ruth estaba dando la espalda, así que con gran cariño y sensibilidad acarició su cabello mientras le daba las buenas noches susurrando. Ruth se asustó un poco, no se esperaba que el mayordomo apareciera en su cuarto, muy extrañada se sentó para escuchar qué tenía para decirle. Él solo la miraba, con una intensidad que de no ser por la oscuridad de la habitación hubiera sido muy evidente, pues sus ojos tenían la pupila tan dilatada como la de un gato en la oscuridad. Tomó su mano y le recordó que estaría para apoyarla hasta los últimos días de su vida, también, que la vida eterna que le había sido asignada le permitiría cuidar de los suyos mientras estuvieran en la tierra. Al tiempo le mencionó, que así como ella, él también se sentía muy solo, faltaban los gritos de Jorge y las preguntas de Ana antes de dormir, además de las locas historias de campo de Isidro. Le propuso acompañarla al menos la primera noche que tenía pinta de ser una de las más vacías para los dos, así podían sentir el menor grado de dolor frente a la soledad. Ruth accedió aunque con un poco de desconfianza, pues a pesar de su gran cariño por el mayordomo, no tenía hacia él un sentimiento de amor, o al menos eso creía.
Leopoldo regresó a su cuarto para traer otra cobija, ya que la noche estaba muy fría y con vientos muy helados. La tendió sobre la cama de Ruth y entró muy suave pero decidido a darle su compañía, se sentía un poco raro, era la primera vez que estaban juntos bajo el mismo manto. Ella se sintió un poco mejor, al menos la ausencia de Isidro ya no era tan latente, pero a pesar de que había alguien más a su lado no podía dormir, al igual que Leopoldo, quien se sentía feliz pero extraño. Leopoldo le propuso que se tomaran unas copas del vino que tenían reservado para la navidad, ya llevaba muchos meses guardado, y como los únicos en consumir eran Isidro y Leopoldo en raras ocasiones, siempre duraba mucho. Este era el único licor que el mayordomo tomaba, ya que era natural, lo hacía Ruth de manera muy fácil. La tarea de Isidro era conseguir muchas uvas maduras, las cuales Ruth machacaba en un recipiente para liberar todo su zumo. Una vez listo este procedimiento, las levaduras al entrar en contacto con el azúcar de la uva, convierten el producto en alcohol. Tenían la costumbre de hacerlo en enero para dejarlo fermentar once meses y que en diciembre estuviera listo. Aunque no llevaba aun el tiempo necesario ya podía consumirse y la necesidad lo ameritaba, Ruth se mostró dispuesta a hacerlo, sería algo así como pasar con alcohol las penas del desamor. Pusieron una mesita junto a una ventana que tiene vista hacia el monte, veían la luna muy brillante y hermosa como siempre, sirvieron algunas copas y empezaron a tomar mientras hablaban de la situación en la que estaban. A causa de la inexperiencia de Ruth con la bebida, su efecto fue muy rápido en ella, con cinco copas ya podía notarse su desmedida alegría y tristeza, era algo así como una mezcla entre risa y llanto. Era una faceta nueva para Leopoldo, nunca la había visto de esa manera, y para su extrañeza, le parecía que el efecto del alcohol le quedaba hermoso.
Por culpa de los efectos del alcohol en el cuerpo Ruth se puso más habladora y sincera de lo normal, le hizo a Leopoldo muchas confesiones íntimas, entre ellas el hecho de que las relaciones sexuales ya no eran tan emotivas con Isidro como antes. Una de las razones por las que Ruth creía que su marido había podido cambiar era por sus hijos, tal vez su cuerpo no era el mismo del que él se había enamorado y por eso no le causaba las mismas sensaciones. Lo decía con tristeza y resignación, posiblemente ese era el destino de muchas mujeres que dejaban la vida por su familia y luego solo recogían desprecios. Aunque Isidro nunca se lo dijo de frente, ella asegura que si todavía realizaban actos eróticos era por cumplir con un requisito y tal vez por la necesidad de la naturaleza humana, pero que el ardiente deseo que normalmente sienten las parejas cuando se aman había muerto hace muchos años. Leopoldo sentía lástima por ella y no podía contradecirla para hacerla sentir mejor, pues era evidente que tenía razón. En las anteriores generaciones había podido notar el mismo fenómeno, los hombres se terminaban cansando de la monotonía de las relaciones y continuaban su vida con un desinterés que era evidente ante los ojos de los demás. Trató de consolarla recordándole las grandes virtudes que tenía, las cuales no se reducían a lo meramente corpóreo, sino que iban más allá del ámbito sensorial. Muy sonrojada y alagada cambió su mirada de tristeza, comprendiendo que con todos los años que el mayordomo había vivido tenía más experiencia que ella en muchas cosas, y si destacaba de ella tantos atributos es porque algo de bueno aún conservaba.
Ya se estaba haciendo muy tarde y el frio los obligó a poner algo de música en el tocadiscos que había en la sala para bailar unas cuantas piezas Hace muchos años que Ruth no bailaba, desde que lo hacía con Isidro en las noches que la invitaba a salir cuando eran más jóvenes. Por otra parte, aunque Leopoldo no frecuentaba fiestas, sí sabía bailar y le gustaba mucho. Así, se tomaron de las manos y con música suave empezaron a bailar, cada vez los cuerpos se iban juntando más y las manos de Leopoldo rodeaban la figura de Ruth. En medio del baile había cabida también para la risa, pues el alcohol hace que las personas le encuentren sentido a todo lo que existe. El ambiente se fue acalorando hasta el punto de quedar muy cansados, se refrescaron un poco mientras terminaron con el vino que les quedaba y se fueron a la cama muy eufóricos. Leopoldo se acostó y abrió sus brazos para que Ruth entrara y ´pudieran dormir abrazados, ella solo recordaba las bonitas palabras que él le había dicho, lo miró sonriendo y lo abrazó. Así permanecieron unos minutos, pero luego sus mejillas se empezaron a rozar mientras sus bocas parecían buscarse. Cuando por fin se encontraron no tuvieron más remedio que besarse, con mucho cariño y lentamente también sus cuerpos se empezaron a juntar, dando paso a un acto de amor más profundo.
Quedaron muy cansados, pero también se sentían muy completos, Leopoldo hace mucho tiempo no estaba con una mujer tan especial como Ruth. Ella estaba consciente de que esa relación podía ser un poco problemática, pues las sospechas de Isidro podrían parecer como ciertas, pero solo ellos sabían que dicho acto de amor fue algo que se dio con total naturalidad en un momento difícil para ambos. Si la familia se daba cuenta del romance podían interpretar que ellos estaban juntos desde hace meses, cuando Jorge los veía encerrarse en la habitación, de esa forma el disgusto y las peleas aumentarían, por lo que su amor debía permanecer en secreto. Ruth no se esperaba que el mayordomo pudiera ser tan caballeroso y buen amante, estaba muy emocionada, como si se tratara de un amor de adolescencia, que hace que se sientan mariposas en el estómago. Leopoldo también estaba feliz, aunque sentía un vacío en el pecho, ya que tenía la certeza de que su amor no podía ser eterno, solo él podía serlo, en cambio a Ruth tendría que verla envejecer y morir. Solo quedaba disfrutar el momento y esperar que el tiempo pasara muy lento, al menos frente a la vida de Ruth. Por suerte ahora vivían solos y dentro de la casa podían expresar su amor con tranquilidad, Leopoldo se mudaría a la habitación de Ruth y así pasarían juntos todas las noches. Lastimosamente, su amor se veía interrumpido por la angustia de pensar en la parte económica, puesto que Isidro era el que más aportaba en los gastos del hogar. El mayordomo no se dio por vencido, al otro día madrugó al campo a recoger los frutos frescos y ver qué más podía hacer para que Ruth no se preocupara por el dinero. Llegó por la tarde sin buenas noticias pero con algo de comida, al tiempo iba llegando Elkin, quien fue enviado por Isidro para recoger unas cosas que se les habían quedado. Leopoldo no se percató de la presencia del psicólogo, el cual se acercaba a la casa sin hacer ruido para ver si notaba algo sospechoso. En efecto, fue así, pudo ver desde cerca cuando Ruth abrió la puerta y recibió a Leopoldo con un fuerte abrazo y un beso en la boca, luego le recibió la comida y con gran entusiasmo lo invitó a pasar. Cerraron la puerta, pero por medio de la ventana Elkin siguió presenciando los actos de amor de los nuevos tortolitos. Esta sería una gran sorpresa para el padre y los hermanos, quienes con esta nueva información podrían tomar otras determinaciones.