Capítulo 10

3468 Palabras
Nadie habla en nuestro grupo y no seré la primera en hacerlo. Admito que mi secreto es grande, el acosador tiene la foto que le da control sobre mí, pero no quiero parecer desesperada porque mis compañeros sospecharán de mí. "Hey, estuve en un incendio". No es la mejor forma de hacer amigos, lo tengo por seguro. Al otro día llego a clase de Geometría y tengo que salirme a la mitad porque me llegan los recuerdos de Raquel. Entro al sanitario más cercano entre tambaleos, una opresión fuerte invade mi pecho mientras mi visión se difumina; todo es borroso, todo es oscuro. Abro la puerta y casi me caigo al entrar, tengo que sostenerme de la pared al tiempo que contengo arcadas. Tengo el estómago hecho un nudo y las náuseas incrementan cada vez más. No veo alrededor, no me fijo en detalles, mi objetivo es entrar al cubículo más cercano y encerrarme en el interior. Los sollozos claman por salir, me lastiman la garganta, me permito externar varias lágrimas, pero acallo mis lamentos con la mano; si alguien me escucha, creerá que me estoy muriendo. Deseo con todas mis fuerzas volver cuatro meses atrás y rechazar la aceptación de la universidad. Cierro los ojos con fuerza mientras respiro fuertemente para apaciguar el ardor que nace en mi estómago; si abro los ojos y resulta que estoy recostada en la comodidad de mi cama en mi casa de Sores, juro que la mitad de mi salario del resto de mi vida lo voy a donar a asociaciones que lo ameriten. Cuento hasta tres y abro los ojos. Sigo en el baño de la Universidad de Yesca. La imagen de Raquel con la soga apretando su cuello viaja de un lado al otro dentro de mi mente, sus ojos sin vida me miran con tristeza, con odio, con rencor. "¿Por qué sobreviviste y yo no?". Parece preguntar. ―NO SÉ El grito cobra fuerza desde lo más profundo de mi pecho y es externado con vigor. Con el puño golpeo la puerta y suelto una exclamación cuando un dolor agudo sube hasta mi codo. Maldita sea, ahora ya me lastimé. Sobo los nudillos enrojecidos y adoloridos, varias lágrimas de impotencia y coraje resbalan por mis mejillas. Tomo asiento en la tapa del retrete mientras respiro profundamente en un intento por calmar las palpitaciones. Un desenfrenado deseo de marcarle a mi madre me invade de pronto. Necesito más que nunca que me calme con su voz y me diga que todo estará bien. Pero mi madre jamás ha hecho eso y dudo mucho que hablar con ella me sea de ayuda. Ella ya lidia con algunos problemas, no es justo aumentarle la carga. Siento la vibración de mi teléfono en mi bolsillo, no me atrevo a ver de qué se trata porque temo que el acosador nos sorprenda, en este momento no podría soportarlo. Escucho que alguien entra, pues sus pasos hacen eco en el sanitario. La persona suelta una tos, escucho un tipo chasquido y entonces escucho el chorro, potente, de orina golpear contra el agua del retrete. Jala la palanca y escucho pasos que se alejan. Creo que ahora estoy sola. Le echo un vistazo al reloj y suelto una maldición cuando veo que llevo casi diez minutos ahí metida. Mierda, a ver si el profesor me deja entrar de nuevo a clase. Con un trozo de papel limpio mis lágrimas y mis mocos; seguramente me veo bien destruida. Una vez que me siento preparada para volver, salgo del cubículo. Jamás imaginé que el siguiente encuentro con Tristán sería en el sanitario. ¿Qué mierda? Va entrando. Suelto una exclamación al tiempo que pego un brinco y siento a mi corazón saltar hasta casi salirse de mi pecho. Él frunce el ceño y su mirada color esmeralda denota confusión. Sin saber la razón, me cubro el cuerpo con mis brazos, como si me estuviera protegiendo de alguien... ¿De él? ¿Qué hace aquí? ―¿Acaso no sabes leer? ―digo en tono mordaz―. ¿O es que eres un acosador enfermo? Hablando de acosadores, ayer lo besé y pudiera ser que él estuviera detrás del crimen. Tengo cero pruebas y muchas dudas, pero ver su mirada que ahora ha cambiado a burla y desprecio, me hace pensar que tal vez tenga algo que ver con el acoso. Me cruzo de brazos y lo miro de forma burlona, a mí no me va a intimidar... Oh, mierda, desde aquí puedo ver el mingitorio y no es uno, son dos. Abro la boca en sorpresa, antes de poder fingir que no me di cuenta y escapar de aquí, Tristán suelta una carcajada amarga. ―Plana, subnormal y analfabeta ―su voz tiene un tono grave y bajo, su sonrisa es peligrosa mientras acerca sus labios a mi oído―. Tus defectos se van acumulando. El sonido de su voz hace que se me erice el vello de la nuca y los brazos; un extraño cosquilleo nace en mi estómago y recorre mis extremidades. Tristán se aleja y se dirige hacia la puerta. ―¿Te empeñas en hacer el ridículo o es que viene en tu genética? Me volteo y le lanzo una mirada de fastidio, le hago una seña levantando el dedo medio antes de que desaparezca. Maldita sea ¿cómo no pude darme cuenta de que entré al baño de hombres? Pues sí, entré en crisis y no pensé. Lo increíble es que de todos los hombres que pude encontrarme, tuvo que ser Tristán. O sea, ayer tuvimos un momento tenso de atracción, lo sentí, no fue mi imaginación y sé que él también lo sintió. Cometí un error al besarlo, me dejé llevar por un instinto primitivo. Tristán es un patán y con esto lo sigue demostrando. Por un momento guardé la esperanza de que, después del suceso de ayer, nuestra relación evolucionara a algo más civilizado. Salgo del sanitario antes de que otro hombre entre al baño y sea testigo de mi ridículo. Dada mi suerte de mierda, seguramente el siguiente en entrar sería Juan Pablo. Antes de mi siguiente clase, voy a la cafetería para comer un aperitivo. La cafetería es grande, no venden gran variedad de alimentos, pero sirve para sacarte del apuro, lo malo es que está abierta durante algunas horas; tampoco es que sea servicio 24 horas. Nunca he venido, así que me hago bolas para pagar y que me den el turno, luego tengo que pedir y finalmente recoger. Te mandan de un lado a otro, les encanta complicarse la vida. Estoy terminando de comer, cuando mi vista reconoce al inútil de Juan Pablo. Está sentado en una mesa del centro con Marlene, Ventura y algunos deportistas. Vale, eso es extraño. Todos charlan alegremente y ríen ¿Los Diener conviviendo? Eso es nuevo. Algunos a su alrededor los miran con extrañeza y confusión, otros intentan acercarse para formar parte de la convivencia y otros solo pasan fingiendo que no ven nada. Marlene está de luto, eso supongo porque viste ropa negra. Sonríe con educación, pero puedo ver que parece incómoda. En cambio, Ventura, es el alma del lugar. Ríe, convive, parece el mejor amigo de todos. Juan Pablo también charla con Ventura al tiempo que toma la mano de Marlene. El burbujeo de ira no tarda en aparecer en mi estómago ¿En qué momento se hicieron los mejores amigos? Creo que me perdí de algo en estos últimos días. ―¿Así o más sospechoso? ―Sebastián me pega un susto―. Siempre fueron populares, pero asociales y ahora resulta que quieren llevarse bien con todos. Es obvio que esconden algo. Si me pidieran opinión, diría que Ventura siempre fue sociable (mis argumentos se basan en lo que he conocido de él), pero tal vez por la presión de sus hermanos es que nunca extendió su círculo social. Marlene obviamente es la típica abeja reina, la mayoría la seguirían, pero posiblemente no le gustaba convivir con gente... Hasta ahora. Y aun así, no parece muy conforme. Es sospechoso, pero tampoco significa que por eso sean asesinos o acosadores o ambos. ―O tal vez se cansaron de ser ermitaños y quieren ampliar su círculo social ―les echo otro vistazo, Juan Pablo ríe a carcajadas, siento la necesidad de verlo, aunque sea un día, triste―. No les cuesta trabajo hacer amigos. ―Se les olvidó que asesinaron al chico de la novatada. Suspiro entre irritada y cansada. ―Un ladrón confesó haberlo asaltado y apuñalado, me suena a una historia real. Sebastián toma un sorbo de su jugo de manzana y se encoge de hombros. Lanza una mirada de molestia hacia los Diener, pero no vuelve a decir palabra. Puedo notar que está nervioso, mueve la pierna rápidamente y su mano derecha golpea la mesa una y otra vez. Ahora que lo observo, confieso que su rostro tiene cierto atractivo, pero no es mi tipo. ¿Y quién es mi tipo? ¿Ventura, Tristán, Juan Pablo? Trago saliva, ninguno de esos es mi tipo, nadie es mi tipo, los odio a todos. ―Siempre vengo con mis compañeros de equipo, pero esos cabrones prefirieron unirse a los Diener ―Pavel toma asiento pesadamente frente a nosotros, detrás de él, viene Dalia―. En la práctica de ayer nuestro capitán dijo que podríamos ser amigos. Nadie entiende a esta comunidad universitaria, primero les temen a tres hermanos porque se corrió el rumor de que uno de ellos mató a un alumno, luego resulta que es mentira, pero les siguen teniendo miedo. Son populares sin juntarse con nadie. Ah, pero cuando hacen una fiesta en su mansión, media escuela asiste y para colmo, después del funeral los tres hermanos se convierten en grandes amigos de todo mundo. Ni siquiera en Sores eran tan idiotas y eso que oí de la existencia de un guapo rey de los idiotas. ―Me acabo de enterar que Marlene habló de viajar con sus hermanos a visitar al otro hermano ―Dalia habla en voz baja mientras se lleva una barra de granola a la boca―. Lo sé de una fuente confiable. Al fin una buena noticia, más bien una pista, algo que me haga sentir menos vulnerable. ―¿Tu fuente te lo dijo con esas palabras? Sebastián, malhumorado, la voltea a ver, un atisbo de ojeras bajo sus ojos lo hacen lucir ligeramente cansado, de no haberlo observado minuciosamente, lo habría pasado por alto. ―Lo dio a entender ―Dalia titubea―. Mi fuente la conoce de dibujo y pues escucha cosas y... Y dijo que Marlene dijo que se iría de viaje para visitar a alguien a quien no ve en mucho tiempo. O que esa persona vendría acá. No me explico en qué momento su "fuente" dio a entender que existe un cuarto Diener, de verdad, no lo entiendo. De acuerdo, el anónimo pareció consternado cuando dijimos lo del otro hermano, pero eso puede significar muchas cosas... No tengo idea de qué. ¿Existe un cuarto hermano? La balanza se inclina a que sí. Pero si es verdad lo que dijo Marlene, entonces el tipo no está aquí. ―Ah sí, ya, lo veo clarísimo. ―Hey, tampoco le hables así, hombre ―Pavel frunce el ceño a Sebastián―. Al menos ella aportó algo. ―Aporté un video ―sisea Sebastián―. Y eso más que lo que ustedes tres han aportado. Nadie lo niega, soy consciente de lo inútil que he sido para este caso, pero podemos cambiar las reglas del juego. Ahora solo necesitamos trabajar en equipo. ―Lo que debemos discutir ―explico sin quitarle la mirada a Juan Pablo—, es quien irá el viernes a enfrentarse al acosador. Dijo que nos dará lo que queremos. Silencio tenso. Los cuatro evitamos cruzar miradas, yo sigo viendo a mi ex, pero Sebastián ahora mira el piso y Dalia esconde la cabeza en los brazos; Pavel mira el techo y aunque hace lo posible por parecer sereno, sé que está intranquilo. ―Dijo lo que quiere ―Pavel dice después de tomar un respiro―. Solo una persona y le dará lo que quiere. ―¿Y qué quieren? Buena pregunta, querida Dalia, pero decirlo me pondría en peligro y posiblemente a los tres también. Estuve presente en un incendio y no un incendio cualquiera, fue una noticia acallada, una noticia que escondieron, que todos quisimos olvidar y fingir que jamás ocurrió. ―Que acabe esta mierda. ―Volver el tiempo atrás. Coincido tanto con Sebastián como con Pavel. Son muchas la razones por las que me detengo de ir a la policía; está el pasado, está el hecho de que seré una sospechosa y peor ahora que han pasado varios días. Lo más probable es que me encuentren culpable y me encierren de por vida. Ya estamos demasiado involucrados como para echarnos para atrás. O terminamos en la cárcel para siempre o lo peor es que el acosador nos mate ¿qué es peor? A estas alturas ya no sé. ―Puedo ir ―digo firmemente―. Me da miedo encontrarme a solas con alguien, pero podrían ir y esconderse; ya saben, cada quién por su lado. Las miradas de los tres se clavan en mí, es incómodo, tengo ganas de que se abra el suelo y me hunda en lo más profundo. ―No ―Pavel se cruza de brazos―. Yo iré, no tengo problemas. No puedo evitar pensar que ellos han de esconder algún suceso del calibre del incendio ¿Quiénes son estos chicos? ¿Quién soy yo? ―La verdad creo que... ―¡Basta! ―Sebastián golpea la mesa con la palma―. Es mi cámara y es mi video, lo correcto es que vaya yo. Ajá, el chico tiene un punto. Ya todos sabemos su secreto del sadomasoquismo ¿acaso esconde algo más? Antes de poder decir algo, nuestros teléfonos vibran al mismo tiempo. Se trata del anónimo que ha creado un nuevo grupo y nos ha escrito. Anónimo: Discutir nunca lleva a nada si no me dicen quién irá para antes de las tres de la tarde, revoco el trato. Kendra: No te puedes poner tan exigente, en esta tienes más las de perder. Sebastián: Ya me tiene hasta los huevos que quieras j***r conmigo. No recibimos más respuesta, pero esta vez el anónimo no nos elimina del grupo ni este se sale. Y entonces caigo en la cuenta de algo: Dijo que discutimos, eso quiere decir que sabe lo que estamos haciendo ¡El cabrón está aquí! Alzo la cabeza y observo a mí alrededor. Están los futbolistas sentados a la mesa con los Diener, Marlene charla con Juan Pablo quien acomoda un mechón de pelo detrás de su oreja, Ventura parece hundido en una charla profunda con un chico de cabello teñido de verde. Detrás de nosotros hay unas porristas que ríen escandalosamente, más atrás hay tres chicas compartiendo un beso. Veo a una pelirroja que trae manos libres y habla en otro idioma por su teléfono. Nadie parece sospechoso. Pero la única explicación es que el acosador estuviera aquí. ―Podría ser la rubia ―dice Sebastián al verme buscar―. Aunque apuesto a que está en Tinder. La rubia no tiene pinta de acosadora y sí, seguramente está en Tinder, pues desliza fervientemente el dedo sobre la pantalla cada segundo. No estoy de humor para discutir el por qué debo ser yo la que vaya al encuentro con el acosador, después de todo, Sebastián tiene razón: Es su cámara y es su video. ―De acuerdo, ve tú ―digo con derrota―. Nosotros podemos seguirte de cerca. En Anatomía, la clase dura tanto tiempo, que no tenemos oportunidad de reunirnos con nuestra pareja. En cuanto el profesor nos deja salir, me largo del aula sin mirar a nadie. Sebastián quiso que nos reuniéramos en la biblioteca para ver la hora en que se grabó el video; eso nos puede dar una pista de la cronología de los hechos. La construcción con forma hexagonal es enorme, hermosa y tiene tantos estantes que podría perderme en ellos. Sebastián y Dalia ya están reunidos en una mesa de hasta el fondo, el chico interactúa con la computadora mientras Dalia limpia sus enormes lentes. Otra vez trae puesta la sudadera amarilla. Esperamos a Pavel durante diez minutos y entonces vemos el video en la aplicación de Sebastián. No es por ser chismosa o algo parecido, pero un bolígrafo-cámara es un artefacto que no se tiene solo porque sí. Ahora tendré más cuidado de lo que hago, no vaya a ser que haya un bolígrafo-cámara cerca. El reloj marca las 10:45, si a esa hora se empezó a grabar, quiere decir que a las 11:05, Sebastián ya estaba en el cuarto misterioso; por lo tanto, también Raquel. De acuerdo, entonces la colecta de personas empezó antes de la 10:45 pm. Pero yo le hablé a Raquel hasta la media noche ¿qué estuve haciendo en todo ese tiempo? Beber, seguramente. Una vez que nos separamos, me voy a mi habitación, paso toda la tarde charlando con Giuli sobre mi pueblo. No sé por qué, pero hoy es más agradable que de costumbre; creo que es porque no están los otros chicos con ella. Aquella noche tengo una pesadilla. Camino por un pasillo interminable, algo me incita a llegar a la puerta que está en el otro extremo, pero mientras más avanzo, más se aleja. Alguien me persigue, pero si volteo será mi perdición, escucho una respiración profunda, un murmullo grave y mi nombre que se repite una y otra vez. "No quiero". Grito, pero mi voz se pierde en el vacío "Déjame, prometo que no diré nada": Una risa burlona y potente resuena por el lugar y entonces caigo a la nada. Me despierto bañada en sudor y con la sensación de que alguien me observa. Giuli duerme plácidamente en la cama de al lado, ni se inmutó ante mis respiraciones forzadas y mis sollozos. Tardo un poco en volver a dormir, pero finalmente, lo hago. El viernes por la noche quedamos en que la primera en irse seré yo, pues me iré en transporte público y daré vueltas por el pueblo hasta que de la hora de la reunión. Después se irá Sebastián en su camioneta y escondida irá Dalia, finalmente, Pavel usará la excusa de una fiesta con sus amigos y se desviará hacia el destino indicado. Al buscar la dirección en el GPS, casi me sorprendo al ver que se trata de una zona fea, pobre y de miedo. Estamos por hacer una idiotez, lo sé. El arrecho nunca muere y si muere, muere arrecho. Nos van a matar a todos. La maldita calle resulta un callejón estrecho repleto de basura a cuyos lados se alzan dos edificios descuidados. Lo veo desde la azotea de dos edificios más allá; no pregunten cómo logramos subirnos acá, todo es gracias a Pavel. Dalia comparte sus binoculares para no perdernos un solo detalle. ―Lleva la pluma, la escondimos bien ―Dalia tiembla como gelatina―. O eso creo, estará bien ¿no? ―Tiene que estarlo. Respondo al tiempo que Pavel la abraza. Sebastián se recarga en los ladrillos grises y sucios de uno de los edificios, cruza los brazos y mueve el pie izquierdo con nerviosismo. La gorra azul que trae puesta me causa incomodidad y no sé ni porqué, tal vez porque se ve sospechoso. Ya son las diez con tres minutos, el acosador no aparece y no creo que sea del tipo impuntual. Pavel echa un vistazo, Dalia se sienta y se abraza a sus rodillas y pido de nuevo los binoculares. Sebastián comienza a desesperarse, desde esta distancia lo noto: Rasca su cabello, se mueve de un lado a otro y mete las manos en los bolsillos de su sudadera. Algo anda mal, tenemos que bajar. De pronto, el chico se irgue y da un paso hacia la profundidad del callejón. Un estruendo del demonio provoca que aparte la mirada, los tres pegamos un brinco (Dalia grita agudamente) y volteamos para ver la fuente del sonido. La puerta que conduce a las escaleras que bajan hasta la planta baja se ha azotado. Cosa ilógica dado que no hay viento fuerte y pusimos una tabla para evitar este tipo de situaciones. Pavel corre hacia la puerta y se pelea con ella en un intento por abrirla; es inútil: Nos quedamos estancados. Rápidamente, echo un vistazo al callejón. Sebastián ya no está, en el suelo descansa, tranquilamente, su gorra color azul.
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