Él la recostó sobre la cama, y por un momento solo la observó, luego comenzó a tocarla con suavidad, la piel de Lía se erizó bajo la caricia de sus dedos, que trazaban un camino lento desde su hombro hasta su cadera. Cada roce era una chispa, encendiendo un fuego que llevaba tiempo latente. Se sentía expuesta, vulnerable, pero extrañamente poderosa. La mirada de Ethan no era de posesión, sino de asombro, de una reverencia casi palpable. Era como si la estuviera viendo por primera vez, y en esa visión, Lía se sentía completa. Él se movió, cubriéndola, y el peso de su cuerpo fue una bienvenida, no una opresión. Sus labios volvieron a encontrarse, esta vez con una ternura que la desarmó. Ya no era la furia contenida, sino una danza lenta, exploratoria, que prometía un placer más profundo

