Ethan se había ido a su despacho, mientras esperaba la revisión de las cámaras que iba a hacer Miller. Estaba de pie, frente al ventanal, con las manos en los bolsillos y la mandíbula endurecida, como si estuviera conteniendo un rugido. Afuera, la ciudad continuaba su rutina indiferente, pero dentro de él todo era lava. Porque su mente no dejaba de repetir las risas, la burla y la cara pálida de Lía, obligándose a sostenerse en pie como una maldita guerrera mientras todo el maldito consejo se reía de ella. El timbre de su teléfono vibró en su bolsillo y lo atendió. —¿Sí? —respondió sin mirarlo siquiera. —Señor Blackwell, ya tengo el video de las cámaras. Le envié el enlace seguro a su correo. Lo confirmamos: se ve todo —dijo Miller con voz firme. Ethan no respondió. Cortó la llamada s

