Con Sebastián fue diferente. De alguna forma sentí alivio porque me creí un traidor desde el mismo instante en que me enteré de que él y mi madre tenían una aventura. El momento fue demasiado extraño. Estábamos sentados en la silla de su escritorio, yo en sus piernas, mientras veíamos una por una las fotos que guardaba en una pequeña caja. Las primeras eran de él en tiempos de mi edad, otras mayor cuando iba a la universidad, en algunas incluso mis padres posaban divertidos para la toma. Pero casi para terminar, al retirar una de las fotografías del fondo de su caja, nuestros ojos se posaron en otra en donde Sebastián y mi madre se abrazaban desnudos mientras se besaban. La escena era en verdad perturbadora porque a ningún adolescente le atrae la idea de ver a su madre en esa situación

