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Misión de amor: Un soldado arrepentido

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Descripción

Sinopsis Gabriel Lancaster, capitán de élite, ha enfrentado todo tipo de batallas: emboscadas, traiciones, pérdidas. Pero ninguna misión lo dejó más marcado que aquella noche en un búnker olvidado de Afganistán, cuando conoció y perdió a Caitlyn Harper, una corresponsal de guerra con alma de fuego y mirada de acero. Una mujer demasiado valiente… y perfecta para haber sido herida por él. Tiempo después, el destino juega su carta más inesperada: Caitlyn es la hermana menor de su socio y mejor amigo. Ahora ella está de regreso en su vida, más fuerte, más distante. Por lo que ganarse a Caitlyn no será sencillo. Ya no es la joven impulsiva que desafió zonas de guerra por una historia. Ahora es una mujer firme, brillante, que ha seguido su vida sin él. Aunque hoy solo sea un soldado arrepentido, está dispuesto a cumplir la misión más crucial de todas: recuperar el corazón que rompió.

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1. Prólogo
—Capitán Lancaster, necesitamos que se diriga a Afganistán en donde se llevará acabo un entrenamiento especial de alto rendimiento. Usted, junto a cuatro tenientes, asistirán para perfeccionar estrategias de guerra. — Da la orden mi general. No lo pienso dos veces. Asiento con la cabeza, sin permitir que ninguna emoción se refleje en mi rostro. Estar en acción es lo mío, después de todo. Las órdenes claras, los objetivos definidos, el sonido del helicóptero sobrevolando zonas áridas. Todo eso me hace sentir… útil. Vivo. Así que, en el momento en que escucho esa orden, solo siento esa descarga habitual de adrenalina. Pero lo que no sabía, lo que ni en mis planes más improbables podría haber imaginado, es que esa misión, rutinaria en apariencia, iba a fracturarme por dentro. A veces, la guerra no es lo más peligroso. A veces, lo realmente letal aparece con una sonrisa entre balas, una cámara de fotografías en las manos y una mirada que no saben de miedo. Así fue como conocí a: Caitlyn Harper ———————🪖🫡—————— Desembarcamos en el base justo al amanecer. El aire está impregnado de polvo, el calor ya empieza a convertirse en una segunda piel. A mi alrededor, los tenientes bromean entre sí, ignorando deliberadamente la tensión que se respira. Yo camino con paso firme, observando el terreno, las barricadas improvisadas, las señales de que ese lugar ha sido y seguirá siendo escenario de batallas duras. Entonces la veo. Está de pie cerca del área de prensa, hablando con uno de los oficiales de inteligencia. Lleva el chaleco antibalas encima de una blusa blanca impecable. Su cabello es castaño, atado en una coleta de forma desordenada, y le caen alrededor de su rostro mechones de cabello como un descuido elegante. Tiene los labios manchados del café que sostiene en una mano y una cámara colgada en su cuello. Viendo a mi alrededor, y viéndola en medio de todo, es claro que ella…. no pertenece a este mundo. Sin embargo, aquí está. —¿Quién es ella? —pregunto al sargento que camina a mi lado, sin apartar la vista. —La nueva corresponsal de guerra del equipo de la ONU. Caitlyn Harper. Recién llegada. Dicen que es brillante. Y temeraria. Brillante y temeraria. Una combinación peligrosa. Pero no sé por qué esas palabras resuenan en mí más de lo debido, pues son características típicas de soldados mujeres, no es que debería sorprenderme ver mujeres aguerridas. Ella se gira un poco, por una fracción de segundo, nuestras miradas se cruzan. No sonríe. Pero tampoco desvía la vista. Me sostiene la mirada. Desafiante. Intrigada. Y yo… siento que estoy jodido. —¿Así que usted es el famoso Capitán Lancaster? —me dice, con voz firme y un inglés británico tan pulcro que suena como un reto más que una presentación. —Y usted debe ser la reportera que cree que el frente de batalla es un set de televisión —respondo, cruzando los brazos mientras la observo con detenimiento. —O tal vez solo soy una mujer que tiene más agallas que la mitad del escuadrón —replica, encogiéndose de hombros. Eso me arranca una sonrisa. No puedo evitarlo. Caitlyn Harper no solo sabe hablar, sabe atacar. Y me doy cuenta de algo importante: no le tengo miedo a las balas, pero sí a lo que esta mujer puede provocar en mí. Esto es distinto a todo lo que conozco. El contraste que representa esa mujer tan delicada, tan absurdamente hermosa para un entorno como este, es tan desconcertante como hipnótico. Hay algo en la manera en que se mueve, en la firmeza de su mirada, que no encaja con el polvo, con el ruido de las sirenas ni con las órdenes secas que nos mantienen en pie. Pero lo que realmente la vuelve inolvidable es esa combinación inusual entre su fragilidad aparente y una fuerza interna casi salvaje. Es una mezcla peligrosa… y jodidamente atractiva. ……… Los días avanzan y la tensión entre nosotros se convierte en algo palpable, como el calor que se pega a la piel sin pedir permiso. Ella escribe sin descanso, se infiltra en zonas peligrosas, se involucra con las víctimas, toma fotografías. Tiene esa forma de mirar el dolor que lo convierte en algo humano, narrable, transformable. Caitlyn no solo reporta la guerra; la enfrenta con palabras. En mi se activa una alerta que me indica que ella es peligrosa, y como buen soldado… comienzo a evitarla. Porque cada vez que la tengo cerca, el mundo se tambalea. Porque empiezo a notar que ella me ve. No como capitán. No como soldado. Sino como hombre. Eso es algo que me gusta y me asusta más que cualquier detonación. ———————-💔—————— Habían transcurrido seis meses, en los que aprendí a compartir el mismo espacio con esa mujer que, sin lugar a dudas, estaba trastocando mi mundo con una intensidad mucho más devastadora que cualquier explosión a la que me enfrenté en la guerra. Lo cierto es que, por más que intenté marcar distancia, la tensión entre nosotros no hizo más que crecer… hasta convertirse en una amenaza silenciosa, constante, capaz de incendiar el aire. Todo comenzó y terminó con una sola orden más. —Capitán Lancaster, necesito que lidere uno de los escuadrones en este ejercicio de ataque sorpresa, pero recuerde que esta es una zona de guerra y no podemos bajar la guardia. —Sí, mi general—respondí acatando la orden. El equipo se dividió, y, entre el caos “programado,” terminé quedando con Caitlyn. Ella no debía estar allí. Era periodista, observadora civil, autorizada únicamente a documentar ciertos sectores de nuestra operación. Pero ya conocía a Caitlyn. Esa mujer no sabía lo que era mantenerse al margen. Su espíritu indomable la impulsaba a cruzar límites, a desobedecer las zonas seguras con una temeraria naturalidad. Parecía tener un radar para el peligro… y una sonrisa que no se apagaba ni entre las ruinas humeantes de una guerra. Algo dentro de mí gritaba que aquello ya no era solo un simulacro. Que algo no iba bien, podía intuirlo. La tomé de la mano, corrimos juntos buscando un refugio. La presión del ejercicio se había intensificado de forma inesperada. El único lugar disponible era un viejo búnker oxidado, olvidado por el tiempo. Sellé la puerta tras de nosotros con manos firmes, no como parte del protocolo, sino como un acto de instinto, no podía permitir que le pasara nada. Encerrarnos en ese búnker no fue una decisión estratégica. Fue visceral. Instintiva. En el momento en que crucé la mirada con Caitlyn, cuyo rostro era iluminado apenas por las luces de emergencia, comprendí que mi prioridad ya no era el ejercicio, ni el protocolo, ni siquiera mi propia seguridad. Era ella. Protegerla. Asegurarme de que saliera con vida, pasara lo que pasara allá afuera. Las radios no respondían. La electricidad murió. El silencio se tragó nuestras voces. Y el tiempo, ese traidor, comenzó a deslizarse entre nosotros como una sombra densa. Pasaron minutos… luego horas. Al principio, fue pura tensión. Analizamos la estructura, buscamos salidas alternativas, intentamos mantener la calma. Pero en ese encierro forzado, algo más empezó a despertar. Una energía distinta. Cercana. Íntima. Ella se sentó en una vieja caja de munición, cruzó los brazos, y me miró con esos ojos desafiantes. —¿Así que este es un famoso entrenamiento de alto rendimiento, eh? —bromeó. —No es como lo promocionan en los folletos —respondí, intentando no quedarme colgado en la forma en que la luz tenue acentuaba sus facciones. Había algo desconcertante en ella. Aunque Caitlyn no parecía pertenecer a ese mundo, encajaba. Su belleza era casi inadecuada en ese lugar, pero su temple la hacía parte del paisaje. Del mío. Nuestra conversación fluía, y, en un momento de debilidad, no pude resistirme más y la besé. No hay guerra que importe. No hay jerarquías. No hay fronteras. Todo se volvió irreal. El aire se volvió más denso. Su proximidad era un campo de fuerza. No hablamos más. Nos miramos. Nuestros cuerpos se buscaron con un hambre callada, desesperada. Sus labios eran un grito contenido. Su piel, una línea que jamás pensé cruzar con tanta urgencia. Explorarla, sentirla… fue una experiencia devastadora. Nunca me había enamorado. No creía necesario hacerlo. Había tenido mis aventuras, claro. Rostros que olvidé al amanecer. Pero Caitlyn… con Caitlyn se sintió diferente. Por primera vez, no solo entregué mi cuerpo. Fue el alma la que, sin permiso, se escapó con ella. Y aun así… fui un cobarde. No era el lugar. No era el momento. Pero fue real. Y yo, como buen soldado, como hombre entrenado para guardar la compostura incluso en medio del fuego… fallé. No supe manejar lo que vino después. Ella se quedó dormida junto a mí, abrazada a mi pecho. Y al amanecer, cuando la oscuridad se fue disipando y los primeros rayos se colaban por una rendija oxidada, la miré. Dios, cómo la miré. Y me asusté. No por ella. Sino por mí. Porque en sus ojos ya no había desafío. Había entrega. Confianza. Una esperanza que no sabía manejar. «No puedo arrastrarla a esta vida.» No a este mundo donde cada día puede ser el último. No puedo ofrecerle más que incertidumbre. Y entonces, actué como un cobarde con traje de soldado. —Olvida lo que pasó. Esto… fue un error —solté, sin mirarla. Pero apenas giré mi rostro y pude ver cómo algo se apagaba en sus ojos. Pero fiel a su espíritu indomable, no me suplicó, no lloró. Solo se vistió en silencio y se apartó, con la misma entereza con la que un general se despide de una batalla perdida. Fue entonces que se oyó el ruido metálico en la puerta. —¿¡Capitán!? ¿Está usted ahí? Era un sargento. —Sí —respondí, de pie, aun sintiendo el eco de su cuerpo en el mío. Nos rescataron. Finalmente. Pero no me sentí salvado. No había victoria que celebrar. Caminamos en silencio hasta nuestras tiendas. El mundo seguía girando, pero yo ya no era el mismo. Al entrar en la mía, tiré mi mochila al suelo. Comencé a sacar lo que tenía dentro, y ahí estaba. La pequeña sábana que había usado para cubrirla durante la noche. La extendí …y entonces miré una mancha inconfundible. «Una mancha de sangre.» Sentí cómo el alma se me hundía en el pecho. —Maldición… —murmuré, sintiéndome el ser más miserable sobre la faz de la tierra. Ni siquiera lo había notado. Me dejé consumir por el deseo, por la intensidad del momento, sin detenerme a ver lo obvio: Caitlyn era virgen. Su primera vez… había sido conmigo. Con un idiota que, al terminar, no encontró mejores palabras que tratarla como si ella hubiera sido un error. Sé que ella también lo sintió, que hubo placer. Lo vi en su rostro, en la forma en que me abrazó, en los temblores de su cuerpo. Pero ahora entiendo su dolor. Entiendo por qué se fue sin mirar atrás. Me duché, intentando lavar la culpa, aunque sabía que no hay agua suficiente para eso. Me puse el uniforme como quien se pone una armadura oxidada: con resignación. Pensaba ir a buscarla, decirle algo, cualquier cosa. Pedirle perdón. Suplicarle otra oportunidad. Pero justo entonces, uno de mis tenientes se presentó en la entrada de mi tienda. —Capitán, estamos listos para partir. Vamos tras el escuadrón que no regresó de la última misión. Ahí estaba otra vez: la responsabilidad por encima del deseo. La guerra pidiéndome que eligiera. Asentí en silencio. Subí al jeep. Y me prometí que regresaría. Que hablaría con ella. Que explicaría todo y enmendaría mis errores. Pero la vida tiene su propio sentido del castigo, eso a lo que muchos llaman «Karma». Cuando volví, Caitlyn ya no estaba. Se había marchado sin dejar rastro, sin una nota, sin una palabra. Y lo peor… sin darme la oportunidad de hacer las cosas bien. Desde entonces, he cargado esa noche como una medalla que no se exhibe, pero que pesa más que cualquier insignia de honor. No he dejado de pensar en ella. En lo que hicimos. En lo que deshice con mis palabras. He sido muchas cosas en esta vida: soldado, líder, estratega… pero nunca supe ser un hombre valiente en lo que realmente importa. No supe cuidar lo más sagrado que alguien me había dado: su confianza. Su primera vez. Hoy, incluso después de tantas misiones y tantos combates, sigo sin poder enfrentar esa batalla que perdí en el búnker. No con armas. Sino con palabras no dichas. Con sentimientos ocultos. Con eso que me negué a sentir… y que, cuando al fin lo reconocí, ya era demasiado tarde. Caitlyn se marchó. Y yo… jamás volví a ser el mismo.

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