Gabriel Lancaster
Escuchar cada locura que se le ocurre a Nigel y sus constantes enfrentamientos con su hermana Caitlyn me causa una mezcla de risa y asombro. Ella, una estrella brillante, organizaba con esmero la despedida de soltera de Eva, mientras él, como un general en plena campaña, interceptaba cada uno de sus planes.
Debo confesar que, por una vez, estuve de acuerdo con la lógica absurda de Nigel cuando, con gesto solemne y tono simulado, declaró frente al resto de los hombres:
—Señores —exclamó, intentando conservar la compostura y manteniendo el dramatismo—, debemos intervenir. No podemos permitir que nuestras esposas se froten con cuerpos extraños, perfectamente esculpidos y en mejor forma que nosotros. Eso atenta contra la estabilidad emocional del matrimonio.
La noticia de que Caitlyn había contratado strippers me pareció natural, incluso esperable para una noche como esa. Pero imaginarla disfrutando de las caricias o los movimientos sugerentes de otro hombre… eso NO. Un sentimiento un tanto cavernícola se activó en mí… una parte irracional,que aún la consideraba mía, sintiendo que ese título me pertenecía por derecho adquirido. Fue mi mujer. Lo fue.
Pero la realidad es que ya no lo es, lo más cruel es que ni siquiera tengo derecho a reclamarla. No aún.
Sin embargo, me dejé arrastrar por la locura de mi amigo. Nigel había ideado un plan que sólo podía describirse como demencial: infiltrarnos como strippers en la despedida de soltera de su prometida, la misma que estaba siendo organizada por su hermana. Y no fuimos pocos. Fuimos todos: su padre, su suegro, y nosotros, los hombres supuestamente “sensatos.”
Era ridículo, lo sabíamos pero aún así nos comprometimos.
Pasamos la tarde entrenando con una instructora brasileña de movimientos tan precisos como su acento hipnótico. Nos enseñó lo básico: cómo caminar, cómo movernos, cómo fingir seguridad cuando lo único que sentíamos era pánico escénico. Y, de alguna manera irónica allí estaba yo, dispuesto a convertirme en un stripper tontamente arrepentido e improvisado, motivado no por la diversión o la osadía, sino por un único propósito: acercarme a ella.
No se lo dije a nadie, pero bailar para Caitlyn se convirtió en mi forma de confesión. Un acto de fe. Un intento de redención con el cuerpo, ya que con palabras me sentía fracasado. No tenía garantías de que me reconociera bajo el antifaz, pero en el fondo albergaba la esperanza de que su piel recordara lo que su mente se había obligado a olvidar.
Y entonces llegó el momento.
Entramos en escena, uno por uno, disfrazados y nerviosos, envueltos en luces y la risa expectante de las mujeres. Mi traje era el de un militar sexy, una ironía que no escapó a mi conciencia, el antifaz, aunque inútil para el alma, me daba la valentía que nunca supe tener frente a ella.
La música estalló. El show comenzó.
La busqué entre el grupo de mujeres alegres, y cuando por fin me acerqué lo suficiente, me permití rozarla con la punta de los dedos. Fue un roce breve, casi accidental… pero eléctrico. Una chispa encendida en el epicentro del recuerdo. Y aunque el ritmo lo marcaba la música, era su respiración la que me guiaba. Cada movimiento era una súplica disfrazada de coreografía, una caricia que pedía perdón, un roce que imploraba otra oportunidad.
Ella no se apartó.
No dijo nada.
Solo me miró con esos ojos suyos que parecen ver más allá de la carne. Quería pensar que me había reconocido. Quizá por la forma en que la sujeté de la cintura.
Quizá por la tensión en mis manos, que no temblaban por inseguridad, sino por miedo a perderla del todo. O quizá porque nuestros cuerpos ya se conocían de memoria, como si hubieran sido tallados el uno para el otro en una vida que dejamos a medias.
Tomé sus manos y las guie por mi torso, por mis abdominales aún marcados por la disciplina que mantenía en el ejército. Sentí cómo su respiración se agitaba, cómo la temperatura de su piel aumentaba al contacto. Sabía que intentaba disimularlo, pero también supe que estaba sintiendo algo. Por unos instantes, el tiempo se suspendió, y en ese paréntesis entre la nostalgia y el deseo, creí —con una ingenuidad desesperada— que aún había algo vivo entre nosotros.
Ese instante fue más que un show. Fue íntimo. Fue vulnerable. Fue un intento de decir lo que jamás logré pronunciar en voz alta.
Pero todo se derrumbó cuando la música se detuvo.
Las luces se encendieron con una crudeza implacable, haciendo que el hechizo en el que estábamos sumergidos se rompiera. El juego había terminado. Uno a uno, fuimos retirándonos los antifaces, aún jadeantes, aún con las pulsaciones elevadas y las risas nerviosas flotando en el aire. Todos parecían eufóricos. Todos… menos yo.
Yo solo podía mirarla a ella.
Caitlyn seguía allí, con los labios entreabiertos y la mirada en llamas. Pero no era deseo. Era furia. Furia contenida, calculada, letal. Y, aun así, en pocos segundos recuperó el control con la elegancia de quien ha aprendido a no mostrar grietas. Me miró como si yo no fuera más que un desconocido. Minimizando lo que compartimos alguna vez e incluso haciendo parecer que esos recuerdos son una simple invención de mi memoria.
—Señor Lancaster —pronunció, con una sonrisa tan impecable como distante—. Ignoraba que usted también se prestara a las excentricidades de mi hermano.
Cada palabra fue un puñal. Preciso. Frío. Mortal.
Sin darme tiempo a responder, recogió sus cosas con la misma gracia con que uno recoge los pedazos de algo que ha decidido no reconstruir sino desechar. Y añadió con tono irrevocable:
—Como esto ha terminado, yo también me retiro.
Y se fue. Sin vacilar. Sin una última mirada. Sin ninguna fisura en su armadura de indiferencia. Me dejó ahí, de pie, con el alma rota entre las manos.
Salí tras ella. No lo pensé. No podía dejarla ir así, no sin decir algo, no sin darle explicaciones. La alcancé en la entrada y, casi con ternura, tomé su brazo. Pero al contacto, se giró con una furia contenida que me desconcertó.
—Por favor, no vuelvas a tocarme en tu vida —dijo, con la voz helada—. Haz de cuenta que no me conoces. Porque definitivamente, yo ya borré cualquier registro de quién eres tú.
Lo dijo con tal seguridad, con tal serenidad cruel, que sentí el oxígeno de mis pulmones escaparse casi por completo.
Sus palabras fueron un eco sordo en mis oídos. Un recordatorio brutal de lo que había perdido. Me quedé inmóvil, no por miedo, sino por respeto. Porque comprendí que su rabia no era un capricho… era una herida. Era decepción. Era el grito mudo de alguien que alguna vez creyó en mí, aunque en un corto, pero preciso reflejo,parecía que había un dolor aún más profundo.
Solo por esta vez, la dejé ir.
Bueno… en realidad, la seguí. A la distancia. No para interceptarla, no para buscar otra oportunidad, sino simplemente para asegurarme de que llegara bien a casa. Un gesto inútil, lo sé. Pero en ese instante, era lo único que aún me quedaba. Verla a salvo… aunque ya no fuera mía.
Cuando cruzó el umbral de su casa, un silencio denso me envolvió. Mis pasos, automáticos, me llevaron hasta el departamento en el que me estaba quedando. No encendí las luces. No lo necesitaba. Caminé a oscuras, sumido en mis pensamientos, navegando a la deriva entre recuerdos y remordimientos, entre todo lo que fue… y todo lo que ya no es.
Me dejé caer en el sofá, sin quitarme siquiera la chaqueta, con la mente invadida por imágenes de ella. Caitlyn.
Esa mujer que alguna vez se entregó a mí por voluntad propia, ya no la puedo poseer, solo admirar. No la puedo reclamar, solo conquistar, con el único deseo de poder ser merecedor de su amor, aunque ahora mismo no se si algún día lo lograré...
Su recuerdo vuelve a mí, como en una vieja cinta gastada, caminando con su cámara en mano, el sol del desierto acariciando su piel, el sudor resbalando por su frente como si cada gota llevara consigo la intensidad de su fuego interno. Llevaba su cabello recogido de cualquier forma, sin preocuparse por la estética, porque la belleza en ella jamás fue artificial. Su cámara colgaba de su cuello como una extensión natural de su cuerpo, era importante para ella pues el mundo solo existía si lo miraba a través de su lente.
Y entonces la escuché, como si la escena se estuviera desarrollando de nuevo frente a mis ojos.
—¡Capitán! —me gritó, con esa voz llena de irreverencia y vida—. ¡Hey, capitán! ¡Sonría!
Me tomó desprevenido. Apenas si alcancé a girar el rostro cuando el disparo de la cámara congeló mi expresión. Salí ridículo, con la boca entreabierta y el ceño apenas levantado. Pero ella reía como una niña traviesa.
Reía triunfante de haber capturado no solo una imagen, sino una verdad.
Al verla sonreír así, con esa luz que parecía provenir directamente del alma, algo se movió dentro de mí. Como pequeños rayos de sol, fue abriéndose paso en mi pecho, en mi silencio, en mi propio caos interior.
No lo supe entonces. No entendí en aquel momento lo que significaba esa sensación que me revolvía las entrañas con una mezcla de nerviosismo y ternura.
Quizá heredé de mi padre esa incapacidad desastrosa para lidiar con el amor. Esa torpeza emocional que convierte los sentimientos más nobles en decisiones lamentables.
Pero ahora, con el eco de esa risa aún resonando en mi mente, lo comprendo con una claridad que duele: fue en ese instante cuando empezó todo. Cuando ella comenzó a desarmarme sin saberlo, pieza por pieza.
Me levanté y caminé hasta la ventana. Afuera, las luces de la ciudad titilaban como estrellas artificiales, indiferentes a mis tormentas internas. Y mientras observaba ese horizonte impasible, una imagen más reciente se impuso sobre las demás.
La imaginé de nuevo entre mis brazos. No en un abrazo robado por la pasión, sino en uno tejido con paciencia, con ternura. Con respeto. Como si mi pecho, mi piel, mi aliento aún pudieran ofrecerle algo que ella deseara. Aunque no lo supiera. Aunque no lo aceptara. Aunque ya no me creyera capaz de protegerla del mundo o de mí mismo.
Y en mi mente, como un susurro que se niega a morir, repetí su nombre.
«Caitlyn…»
Me senté en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared, por un momento dejé que la nostalgia hiciera lo suyo. Cerré los ojos, para permitírme imaginar cómo sería si yo no hubiera actuado de esa forma. .
—¿Qué habría pasado si no la hubiera dejado ir? —me pregunté en voz baja, aunque sabía que no había respuesta.
Tal vez… si hubiera sido más valiente. Si hubiera sabido entregarme sin miedo. Si no la hubiese herido de la forma en que lo hice. Tal vez hoy estaría a mi lado, en lugar de mirarme como a un extraño que interrumpió su felicidad.
No sé cuánto tiempo pasé allí, escuchando el silencio, sintiendo el peso de mis propios errores. Pero sé que esa noche comprendí una verdad amarga:
No fue la falta de sentimientos lo que hizo que nuestra historia muriera… fue la ausencia de acciones… de valor.