Una maleta roja, un ticket y un letrero son las respuestas
Hay una maleta, una maleta roja que rueda en el suelo frío de un aeropuerto, pasando entre las filas de asientos donde esperan los pasajeros para abordar su vuelo. No sé a quién pertenece, sólo sé que es importante, tiene que serlo o no llevaría soñando con ella durante más de un año. Y es justo por eso que en estos momentos voy en un avión rumbo a Argentina, a Buenos Aires, sin tener la menor idea de a dónde dirigirme después de eso.
La asistente de vuelo nos anuncia que estamos por aterrizar y que debemos colocarnos los cinturones de seguridad; yo no me lo he retirado en ningún momento. Siento que el estómago se me encoge por la ansiedad, nunca había hecho algo semejante. No puedo vacilar porque ya es muy tarde para arrepentimientos. El avión ha aterrizado.
Cojo mi bolso y lo cuelgo en mi hombro para salir por la puerta de desembarque. No traje más equipaje que mí siempre fiel mochila, en ella empaqué un par de mudas de ropa, productos de higiene personal y un par de zapatillas extras. No tengo la menor idea de lo que me espera en este lugar.
Camino por el aeropuerto serpenteando entre la gente que ahora aguarda su vuelo. Ya he traspasado el área de desembarque y ahora estoy aquí esperando alguna especie de señal. Me siento en uno de los fríos asientos de metal mientras veo a la gente caminar de un lugar a otro. Estoy en un país desconocido, sin tener ningún amigo a quien acudir. Cuando mis padres se enteren van a pegar el grito al cielo, pero tenía que hacer esto, lo sé.
Cuando estoy dispuesta a levantarme una sensación de pesadez me embarga, comienzo a ver borroso y tengo que sentarme de nuevo. Un dolor punzante me atraviesa la cabeza y reconozco a que se debe. Alguien está intentando alcanzarme. Me ocurre cada tanto desde que tenía nueve años. Tomo un par de respiraciones intentando despejar mi mente y eliminar las barreras que durante tantos años me costó aprender a controlar.
Observo a mi lado y lo veo justo ahí, su imagen está algo difusa, casi es sólo una mancha, lo que me dice que debe haber pasado ya mucho tiempo desde que murió, sin embargo algo lo mantiene anclado a este aeropuerto. Veo como intenta alcanzarme y sus esfuerzos son fehacientes, pero no puedo entenderle, no es parte de mi don. No puedo escucharlos, por más que lo intente sus voces no llegan a mí, simplemente siento sus emociones y en este caso son bastante fuertes. Hay anhelo, tristeza y dolor. No logró despedirse de alguien. No pregunten cómo, por qué, sólo lo sé, es parte de mi don.
—Es tiempo de marcharse —mi voz es casi un susurro pero le imprimo toda la calidez de la que soy capaz en ese momento—. Tú avión está a punto de partir y está esperando por ti. Ellos estarán bien. —No sé cómo sucede, simplemente las palabras salen de mi boca y siempre logran hacer clic con lo que la esencia de esa alma errante necesita. Esta no es una excepción. Me mira una vez más y se desvanece cuando un rayo de luz impacta contra él. Se ha ido, ya no lo siento.
En el momento en el que me pongo en pie veo a lo lejos la maleta roja ¿Cómo lo sé? No lo sé, pero siento que es esa. Corro hacia ella y la veo traspasar la barrera de abordaje, intento alcanzarla pero las personas de seguridad me detienen.
—Necesito...
—Boleto —dice el hombre de seguridad.
—No tengo. Acabo de bajar pero necesito hablar con la persona de la maleta roja.
—No sin un boleto. —Se cruza de brazos y yo me retuerzo. Ni siquiera se a dónde ha ido, cómo comprar un boleto.
—Demonios. —Me giro molesta sin saber qué hacer. Todo esto ha sido una completa locura. Venir aquí hasta Argentina por un sueño recurrente con una maleta roja. No tiene sentido.
—Señorita —me llama y yo volteo sonriendo esperanzada porque tal vez se compadeció de mí y me dejará pasar.
—¿Qué decía?
—Se le ha caído esto —Me entrega un papel y yo me le quedo viendo sin entender—. Ahora, necesito que despeje el área porque hay pasajeros esperando para abordar. —Me despacha así sin más. No me queda más remedio que girar sobre mis talones y marcharme de ahí. Observo el papel que no es más que un ticket de compra de alguna tienda del aeropuerto y resoplo guardándolo en el bolsillo de mi jean. Perdí esta batalla, es mejor reconocerlo.
Camino hasta la salida sin saber qué hacer. Quizás debería comprar un boleto de regreso a casa y olvidarme de estos disparates. Debería, pero hay algo dentro de mí que me impide hacerlo. Así que tomo un taxi y le pido que me lleve al hotel más cercano. Le entrego la cifra que me pide en dólares y me bajo sin saber si la tarifa es la adecuada o no.
Pido una habitación y subo luego de comprar algunas cosas en la cafetería del pequeño hotel. No es nada de lujo ni cinco estrellas, es una habitación pequeña de paredes verdes, hay una pequeña cama matrimonial, un televisor bastante antiguo, una mesita de noche donde reposa una lámpara y un diminuto baño, no es mucho, pero tiene sabanas limpias, toallas secas y agua caliente. Así que en estos momentos me resulta el paraíso luego de la larga espera en el aeropuerto por el retraso del vuelo y las numerosas escalas.
Tomo una relajante ducha caliente y cuando estoy dispuesta a comer algo, suena mi iPhone. Debí haber desactivado el plan de roaming internacional. Observo la pantalla y el nombre de mi padre figura en ella.
—Buenas tardes al mejor padre del mundo —sé que es inevitable la reprimenda que vendrá a continuación pero no pierdo nada con intentarlo.
—¡Dorothea Elizabeth Phillips García! —vocifera por lo que debo alejar el móvil de mi oído por unos segundos—. ¿Tienes una idea de lo que nos haces? Casi le provocas un infarto a tu madre cuando al ir esta mañana a tu habitación la encontró vacía.
—Lo lamento mucho —realmente no me detuve mucho a pensar en ellos porque si lo hacía no habría hecho nada y pasaría otro año más soñando con la maleta roja.
—¿Es verdad que estás en Argentina?
—¿Has revisado mi GPS? —lo había olvidado. Mi iPhone es rastreable. Aunque tengo horas de ventaja si decide venir a buscarme.
—También he rastreado tus tarjetas de crédito —me informa restándole importancia y demostrándome lo inocente y carente de experiencia que soy—. Necesitas regresar a casa.
—No. Necesito hacer esto.
—Tienes que estar dentro de dos meses en la universidad para el curso introductorio. ¿O es que tirarás a la basura todo tu esfuerzo por entrar a estudiar ingeniería en el MIT? —apela a mi lado más sensato. La universidad, estuve los últimos meses sólo hablando de eso. Incluso el año pasado hice que me pagaran un curso veraniego de ciencias en la Universidad de Harvard.
—Y estaré ahí..
—Qué bueno —me interrumpe esperanzado.
—Dentro de dos meses.
—Mi pequeña —susurra mi padre—, regresa a casa.
—No debes preocuparte, papá. Estaré bien. Sólo debo hacer esto primero.
—¿Y qué se supone debes hacer en Argentina? Ni siquiera tenemos conocidos allá.
—Es difícil de explicar.
—Tu madre había quedado en que iríamos a la casa de la playa con los Abbot. Estaba de los nervios por eso —el tono de su voz es más calmado y sé que ya se ha resignado, ahora simplemente cumple el recado de mi madre.
—Dile a mamá que lamento lo de los Abbot, que le pido me excuse con ellos. Además, lamento decepcionarla pero nada pasará con Gabriel —mi madre estuvo intentando metérmelo hasta en la sopa durante mi último año.
—Realmente no hay manera en que pueda obligarte a regresar ¿verdad?
—No. Decidí esperar luego de mi fiesta de cumpleaños justo por eso, para que tuviera la fiesta que quería por mis veinte —lo escucho suspirar pesadamente al otro lado de la línea y me siento la peor hija del mundo—. Necesito que confíes en mi papá. Estaré bien.
—Cuídate mucho, my Little doll.
—Lo hare —y de esa manera corto la conversación.
Me siento un poco perdida. Dudo acerca de las decisiones que he tomado desde las doce de la noche del día de hoy. Tan pronto el reloj confirmó que mi cumpleaños había terminado, no dudé en hacer un pequeño equipaje y largarme a hurtadillas por la ventana. No miré atrás ni una vez, no dudé hasta ahora. Hablar con mi padre había hecho que mi lado racional saliera a flote de nuevo, haciéndome sentir que esa parte sensitiva estaba equivocada.
—No tiene sentido seguir pensando en este asunto. —Le doy un mordisco a mi pan y decido descansar un poco. No puedo hacer más estando tan cansada.
Esa noche no sueño con una maleta roja, lo que resulta bastante esperanzador, en su lugar sueño con un ticket de papel cayendo en el suelo frío del aeropuerto; las letras al inicio se ven algo borrosas y luego comienzan a aclararse, tienen el nombre de la tienda ubicada en el aeropuerto y los artículos de compra, es un libro, una gaseosa y una bolsa de papas fritas. No hay nada más. La imagen se repite una y otra vez en mi cabeza hasta que consigo sumirme en total oscuridad. Tengo la certeza de que eso no ha sido un sueño y que ahora tengo en mis manos el siguiente indicio.
Un incesante pitido me despierta, la cabeza me duele las náuseas son muy fuertes, hay alguien aquí, pero no tengo el tiempo ni la energía para enfrentarme a ello. Me levanto y tomo un baño rápido para luego tomar mi mochila y salir de esa habitación con un nombre en mente. Dutty Free Shop me esperaba.
Reanudo mis pasos una vez he llegado al aeropuerto, una parte de mí se siente ansiosa pero la otra está muy nerviosa. No sé a cuál destino me llevará. Sólo tengo un ticket en mis manos que indica ese lugar, una de las tiendas del aeropuerto. Me detengo frente a ella con la vista en alto esperando alguna otra señal que me diga que estoy equivocada, pero nada pasa, nada que me incite a dar media vuelta y largarme. Así que no me queda otra que poner un pie dentro.
Tengo una extraña sensación de inmediato, no es la sensación que indica la presencia de algún espíritu, es algo más que nunca antes había experimentado. Camino entre los anaqueles sin prestar mucha atención a su contenido, tomo una bolsa de papas de la misma marca que dice el recibo, una gaseosa de cola y me dirijo a unos estantes al final donde reposan algunos libros. Paso mi mano por sus lomos despreocupadamente y de pronto la extraña sensación comienza a hacerse más fuerte. Continuo mi recorrido y me detengo sin saber, giro la visto a los libros que están ordenados y mi mano se posa en un título en particular, el libro se llama Señales del más allá, lo giro extrañada leyendo la reseña en el reverso y me río de la situación. Nunca antes me interesaron esos títulos porque simplemente no creo en ellos, son un montón de disparates lo que dicen, nada parecido con la vida real.
Cuando entré en la adolescencia empecé a leer toda especie de libros que hablaban lo sobrenatural, pero nada me dejaba del todo satisfecha. No respondía a mis preguntas, ninguno lo hacía. Lo regresé a su lugar y caminé hasta la caja registradora con el ticket misterioso en mi mano. No perdía nada con preguntarle. Un chico desgarbado se encontraba detrás del mostrador, con una castaña cabellera ensortijada y unas gafas de pasta dura color azul.
—Disculpe. —lo llamé y él levantó su vista hacia mí y dedicándole una sonrisa animada intenté contagiar mi entusiasmo—. Ayer una persona vino a esta tienda y compró tres artículos, estos tres —me acerqué a él extendiéndole el ticket para que pudiera saber a qué me refería—. Ahí dice que compró un libro, me gustaría saber qué título.
—Eso es algo extraño —respondió él dándome un vistazo de arriba abajo.
—Me he encontrado el ticket y llámame loca pero creo en las señales y estoy convencida de que esta es una de ellas. —Se quedó perplejo supongo que porque no esperaba una respuesta como esa.
—No estoy seguro de que debería responderte.
—¿Qué pierdes con decirme si compraré el mismo libro que ordenó? —Me miró dubitativo y al final se giró revisando el número de factura en su base de datos. Sus ojos se pasearon por la pantalla un momento y después se levantó dirigiéndose hacia la sección que anteriormente había transitado. Lo vi regresar con un libro en las manos que reconocía muy bien.
—Recuerdo muy bien a este tipo. Pagó el libro pero nunca se lo llevó. Tuve que regresarlo al estante tan pronto me di cuenta que no regresaría. —Me entrega el libro en las manos y yo le extiendo la tarjeta de crédito para que cargue los tres productos a mi cuenta. Estoy sedienta y con algo de hambre así que no me vendrán mal ni las papas ni la gaseosa. Al menos ahora sé que es un hombre.
Al salir de la tienda abro el libro como a la mitad y lo que encuentro ahí me sobresalta. Tomo el tiquete entre mis dedos y lo que leo a continuación es claramente una señal. No puede ser otra cosa. Tengo en mis manos un boleto de avión con fecha del día de ayer, tiene de destino a Ushuaia, no tengo la menor idea de dónde queda ni a cuantas horas de viaje. El boleto pertenece a Logan Sanders, hay un número de identificación que representa la oportunidad de una dirección. Al menos ahora tengo un destino, toca averiguar a qué parte de Ushuaia me dirijo.
Saco mi MacBook del bolso y luego de introducir su número de identificación en la página de información fiscal del país obtengo una dirección, no tengo la más mínima idea de dónde queda, pero igual tomo nota para poder dársela al taxista una vez llegue allá. No consigo más información relevante acerca de Logan Sanders, no tiene r************* , ni cuenta en LinkedIn, es demasiado extraño en esta época, no aparece su edad en los datos, así que imagino que debe ser alguien mayor, para estar tan ajeno a la era tecnológica.
Cierro la portátil y me levanto decidida, poco a poco las señales comienzan a guiarme en la dirección que debo tomar. Tal vez termine en un callejón sin salida si no las estoy interpretando de la manera correcta, pero al menos lo habré intentado, no me arrepentiré por eso.
Compro el boleto a Ushuaia y la mujer detrás del mostrador se encarga de explicarme las innumerables actividades turísticas que podré realizar en aquel lugar, me habla de sus atractivos turísticos y de que a pesar de encontrarnos en pleno verano las temperaturas en la noche suelen ser bastante frías, así que me recomienda llevar abrigo. Pienso en que lo único que tengo en mi mochila es un jersey de punto grueso, no he traído mucho, ya no me queda mucha ropa limpia. Tendré que comprar algunas cosas una vez me encuentre allá.
—Último llamado para los pasajeros del vuelo 101 con destino a Ushuaia —explica la mujer por los altavoces explicando seguidamente la puerta por la que debemos abordar. Las manos comienzan a sudar y yo solo pido que esto no termine conmigo muerta en algún callejón. Me persigno un par de veces antes de que el avión despegue y al poco tiempo de estar en las nubes me sumo en un profundo sueño.
No hay una maleta roja, no hay un ticket de papel en el suelo frío del aeropuerto. Hay un hermoso atardecer que huele a naturaleza, el anaranjado comienza a tintar el cielo adornando una hermosa puesta de sol. El viento sopla levemente meciendo las copas de los árboles, hay una pequeña colina por la cual se desliza el pavimento, camino sin prisa observando todo a mí alrededor, está en calma. Son pocas las casas que se encuentran a la vista, algunas tienen el aviso de se vende en la entrada. Al llegar a la cima de la colina observo al final de la bajada el letrero rojo de un taller, las paredes son de un azul deslavado y no hay nadie ahí.
Me dirijo hasta ese taller como atraída por un imán, pierdo la noción de todo a mi alrededor, solo existe aquel taller y mi necesidad de descubrir lo que se oculta dentro. Hay un Mustang rojo modelo viejo, quizás de los años 80 o 70, tiene la puerta del piloto abierto y al llegar hasta ella una placa del ejército colgando del retrovisor capta mi atención, las letras están borrosas y por más que intento alcanzarlas para leer mejor, no lo consigo. En un último intento se escucha un ruido agudo que me taladra el cerebro y todo se disipa. Me despierto sobresaltada intentando descifrar si se ha tratado de un sueño o ha sido algo más.
En ese momento, la asistente de vuelo nos anuncia que estamos por aterrizar, me he dormido todo el camino, pero no creo que el sueño haya durado tanto tiempo. Todo esto es un enigma para mí, sólo puedo ver piezas aisladas pero me es imposible observar el marco total. No sé qué se supone debo hacer en aquel lugar, ni por qué debo encontrar al hombre de la maleta roja, sólo sé que la alternativa a no hacerlo, sería catastrófica.
Camino hasta la salida del aeropuerto y la belleza de las montañas que se alzan a lo lejos me deslumbra, la suave brisa impactando sobre mi rostro, enfriando mis mejillas, el aroma a naturaleza llenando mis pulmones, es otro mundo. Algo fuera de este mundo, no parece real. El choque de las personas entrando y saliendo del aeropuerto para encontrarse con sus seres queridos me regresa a la realidad, moviéndome a encontrarme con uno de los taxis a las afueras del aeropuerto.
—Buenas tardes ¿podría llevarme hasta esta dirección? —le extiendo el papel con la dirección una vez estoy dentro del auto blanco.
—Por supuesto señorita ¿Venís de visita o sos de aquí? —intenta sacar conversación el taxista. Es un hombre de unos cuarenta años de cabello n***o y tez blanca, tiene unos ojos oscuros que me dan cierta tranquilidad. Al conocer a alguien se preguntará de inmediato si puedo o no confiar en esa persona, y este señor no me da motivos para desconfiar.
—Se podría decir que de visita —Sonrío al pensar en qué pensaría que estoy loca si le contara la verdadera naturaleza de mi viaje, nadie entendería. Así que no sé cómo lograré que este tal Logan lo haga.
—Por tu forma de hablar se nota que no sos de aquí. ¿Venís del norte? Mi esposa es de México —me explica con tanta naturalidad, es de esas personas que pueden contarte toda su vida apenas te conocen, admiro esa cualidad. No muchas personas se dan ese permiso. Yo lo intento en la medida de lo posible.
—Soy del norte, de Boston. USA —me río.
—Gringa. Aunque hablás muy bien el español
—Tomé clases —asiento mientras juego con uno de mis anillos. Tengo cierta fascinación por ello así que en cada mano llevo uno en el dedo índice y cada día uso uno diferente, cuando estoy nerviosa o estresada girarlos en mis dedos me calma.
—Bienvenida. Espero que disfrutes de tu estadía en nuestro país. Eres la segunda persona que conozco que viene de USA esta semana. En esta época abundan más los europeos.
—¿Ah sí? —algo en mi cabeza activa una alarma. La vida me ha demostrado que las casualidades o coincidencias como algunos las llaman, no existen. Solo existe lo inevitable.
—Sí. Un pibe ayer —le baja un poco el volumen a la radio que yo ni siquiera me había percatado—. No hablaba mucho. Yo siempre intento hacer el trayecto ameno con mis clientes y me gusta conocerlos, pero ese pibe estaba como rumiando algo en su cabeza. Sólo pude sacarle el nombre al chico y de dónde venía.
—¿Y cuál era su nombre? —no me importa a este punto que parezca entrometida, algo me dice que es él.
—Logan, así se llama el pibe. Y casualmente la dirección que vos me diste queda cerca de donde lo dejé —después de eso empieza a hablarme de los atractivos turísticos, de los lugares que debo visitar mientras estoy aquí pero yo no presto atención a una sola palabra. No creo que exista
—Hemos llegado señorita —me saca de mis pensamientos después de un rato. Nos detenemos frente a una casa de dos plantas, se ve que hace mucho alguien no le daba un toque de cariño y alguien lo está intentando, un parte de fachada blanca está siendo sustituida por un color amarillo, está a medio trabajo. No han recogido las hojas que han caído de los árboles en varios días frente a la casa y nada parece decirme que hay alguien ahí— ¿Vos estás segura que esta es la casa? ¿Puedo recomendarle unos hoteles?
—Sí, es aquí —no tengo la menor idea de que es aquí, pero esta es la dirección que me ha aparecido. No puedo echarme para atrás—. Muchas gracias —le extiendo unos billetes que cubren más de la tarifa y me bajo del auto antes de que trate de convencerme de llevarme a un mejor lugar.
Observo a mí alrededor y no tengo la menor idea de qué hacer ahora, no reconozco nada. Saco el billete de avión del libro que compré en el aeropuerto y lo sostengo en mis manos leyendo una y otra vez el nombre de Logan Sanders, con la esperanza de que mágicamente aparezca una visión o una señal, pero nada sucede. Suspiro decepcionada y cuando estoy dispuesta a guardarlo de nuevo, una repentina ráfaga de viento lo arrebata de mis manos tirándolo metros delante de mí, camino hasta donde se encuentra y otra ráfaga lo aparta más adelante. Esta vez corro con el temor de que no pueda recuperarlo y es lo único sólido que tengo acerca de este hombre. Atrapo el boleto antes de que el viento ose quitármelo de nuevo y al levantar la vista quedo enmudecida por la sorpresa.
—No puede ser… —murmuro luego de lo que me parecieron eternos segundos.
Estoy en la cima de una colina y frente a mí se extiende el pavimento en bajada, en una pequeña carretera bordeada por árboles que se encuentran al pie de una montaña tras la cual el sol comienza a ponerse, tintando de naranja el cielo anunciando su despedida. Es justo como lo soñé, es exactamente igual.
—Esto no puede ser una coincidencia. —Bajo a paso firme por la colina escuchando como el corazón late a mil por hora queriendo salirse de mi pecho.
Me detengo frente al letrero rojo del taller de paredes azules deslavada, el portón aún se encuentra abierto aunque no hay señales de que todavía alguien se encuentre dentro. Me adentro con cuidado a aquel lugar topándome con un Mustang rojo como el de mi sueño, la puerta del piloto está abierta y yo no dudo en meterme dentro, y ahí está, las placas del ejército, pero no están en el espejo retrovisor sino colgando de las llaves del contacto. Las retiro con cuidado paseando mis dedos por ellas, en uno de los lados hay una fecha grabada y corresponde al 29 de agosto de 2012 y por alguna extraña razón esa fecha hace mella dentro de mi cabeza, me suena familiar pero no consiguió recordar por qué. Al dar la vuelta me encuentro con otra fecha, un apellido y dos iniciales.
—29 de agosto de 2012. L. D. Sanders —digo en voz baja acariciando las letras impulsada por una extraña necesidad, como un imán al metal.
—Creí haber dicho que estaba cerrado —una voz grave y algo enojada me sobresalta, haciendo que salga como impulsada por un resorte del auto.
Unos ojos oscuros parecen querer partirme por la mitad, tiene el ceño fruncido y la mandíbula bastante tensa, parece capaz de desgarrar algo si lo apretara entre sus dientes. Es un hombre de al menos un metro ochenta de estatura, lleva un mono color naranja que comienza a retirarlo de sus brazos dejando ver una franela sin mangas color gris. Tiene el cabello n***o corto y facciones equilibradas, no muy marcadas pero lo suficientemente fuertes para saber que es un hombre, su rostro y sus manos están un tanto manchadas por grasa, al igual que la barba que cubre sus mejillas.
—Está cerrado. Si necesita alguna cosa, puede volver mañana a las nueve. Y debes devolverme mis llaves. —Se limpia las manos en un paño verde que cuelga de su cintura y extiende su mano para que deposite en ellas las llaves. Yo me quedo sin palabras, simplemente no sé qué decir y no esperaba encontrarme con alguien tan joven. Sin saber más que hacer extiendo la mano y coloco las llaves sobre sus manos, al hacerlo por unos segundos nuestras manos entran en contacto y algo extraño sucede, literalmente hacemos corto circuito. Una corriente me recorre y por un segundo una dolor me atraviesa, hay muerte, sufrimiento, dolor y tristeza, todo en un estallido que me atraviesa. Ahora simplemente lo sé, él es la persona que tenía que encontrar.