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Modelo de 2 caras

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multimillonario
arrogante
dominante
tomboy
jefe
estudiante
ambitious
de enemigos a amantes
crimen
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Descripción

Lorette es una estudiante que recién comienza su etapa universitaria; Thiago es un millonario que lidera una de las empresas de moda más influyentes del mundo.

Lorette es dulce, divertida y tiene un gran sentido del humor; Thiago es mezquino y calculador.

Lorette es luz y Thiago... es oscuridad.

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Tras ser seccionada como mejor becada en su instituto, Lorette Bellrosse es admitida en la universidad de modas más prestigiosa de París. Lo que ella no sabe es que la beca está patrocinada por nada más ni nada menos que por Thiago Guillet, el jefe que lidera una gran empresa de moda y el socio de la facultad donde ella estudia. Cuando Lorette es invitada junto a su clase a asistir a un desfile de modas para un proyecto, lo último que ella espera es acabar en medio de un tiroteo donde el principal protagonista de el mismísimo Thiago Guillet.

¿Qué pasaría si descubrieras que un peligroso mafioso se oculta tras la máscara de un impecable modelo de sonrisa de revista?

¿Cual de las dos caras deberá creer Lorette? ¿La del carismático modelo y jefe de una distinguida empresa? ¿O la del mezquino traficante de armas que ha puesto su vida en riesgo?

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Prólogo
     Pulsó el botón que conducía a la séptima planta y metió las manos en sus bolsillos, esperando a que las puertas se cerraran. Era un ascensor bastante grande, con capacidad suficiente para al menos quince personas. Quizás, aquella amplitud también tenía que ver con los cuatro grandes espejos que conformaban las paredes del elevador, lo que resultaba bastante útil para aquellos residentes claustrofóbicos que prefieren subir más de veinte pisos a pie con tal de evitar estar encerrado en un espacio tan minúsculo. Por suerte, él no se consideraba parte de ese grupo de paranoicos, pero reconocía preferir gozar de amplitud y espacio en lugar de estar hombro con hombro con cualquier vecino al que ni siquiera dirigía el saludo.       Se recostó sobre la barandilla de acero y sacó su teléfono para comprobar las llamadas perdidas que tenía en el buzón. Había sido un día difícil. Estuvo de reunión en reunión, con negocios y decenas de contratos que acordar, así como un par de entrevistas que podrían dar el salto al éxito en su carrera profesional.     Frunció el ceño y se sintió hastiado al comprobar las trece llamabas perdidas que lucían entre sus contactos, seis de ellas, de Mariane, la chica con la que se había estado viendo los últimos días. Debía reconocer que la muchacha no era de lo peor que se había encontrado en sus siete años de soltería.     La muchacha mostraba señales y comportamientos inmaduros e infantiles típicos de su edad. Diecinueve años era una edad temprana que, a pesar de haber entrado en el mundo adulto, no era más que el umbral entre la adolescencia y la madurez.     No era la primera vez que dudaba de su extraña relación. Una jovencita de apenas veinte años no podría llegar muy lejos con alguien con recién cumplidos los treinta y tres. Más aun siendo un hombre de negocios, con una gran industria comiendo de su mano.      «Es buena en la cama; eso es lo único que importa», pensó.     Si bien su comportamiento era todo un fastidio, en la cama era un bendito ángel capaz de transportarlo a dimensiones insospechadas y para un lobo solitario como él, aquello era más que suficiente. Sobre todo, cuando ella no mostraba ningún desacuerdo en su relación; una relación donde el sexo era el que llevaba el control de la situación.           Estoy llegando a casa, pásate por aquí en media hora.        Escribió, sonando más escueto de lo que le hubiera gustado. No tenía demasiado humor para escribir mensajes románticos, ni mucho menos insinuadores. Ella sabía a la perfección el propósito de aquellas visitas nocturnas, todo lo demás eran pretextos y pequeños juegos que avivaban el deseo que ambos se tenían entre las sábanas.    El piloto del ascensor emitió un ligero pitido y se iluminó, avisando de su llegada. Las puertas se abrieron al par de segundos y los sensores encendieron las luces del pasillo.    Se metió el teléfono en el bolsillo de su chaqueta y aprovechó para sacar también las llaves del dúplex. Allí se alojaba la mayor parte del poco tiempo libre que tenía, pues la mayoría de las veces, debía hospedarse en hoteles cercanos a las oficinas y lugares de negocios.    Metió la llave en la pequeña ranura y ésta crujió, abriendo la puerta consigo.    —Por fin, un poco de espacio para respirar.    Se quitó la chaqueta y la colgó en una de las perchas de aluminio que había a la entrada. Caminó por el largo pasillo, ausente en sus pensamientos mientras se desabrochaba los gemelos de la camisa. Tenía la sensación de tener dos esposas amarrando sus manos, apresándolo y cortando su circulación. Las camisas eran elegantes y sin duda necesarias para representar a un hombre de su categoría, pero en pleno verano, ir elegante era un reto aún más difícil.    Esbozó una mueca de desagrado y se aflojó la corbata.    Se daría una ducha y esperaría a Mariane en albornoz. Esa noche debía ser ligera, un polvo de cinco minutos y desfilando. Después de un día repleto de compromisos, pasar la noche en vela follando no estaba entre su lista de planes.    Irrumpió en el salón. Una sala con grandes ventanas que ofrecían espectaculares vistas de la ciudad parisina. Con su primer pie, los sensores encendieron las luces.    Cuál fue su sorpresa al ver la mesa perfectamente adornada, con varios platos repletos de delicias perfectamente preparadas. Aperitivos de frutos secos, embutidos y un delicioso suflé que olía como la gloria. En cada extremo de la mesa había una copa de vino acompañado de una vela aromática que perfumó toda la habitación de rosas.    Observó embelesado cada detalle y por un momento, toda la presión y estrés acumulado durante el día se habían esfumado.    —Vaya…—esbozó una sonrisa juguetona y levantó la vista para divisar a la responsable de aquella inesperada sorpresa. —Parece que alguien ha llegado antes que yo y se me ha adelantado.    Dejó la corbata colgada en el respaldo de una de las sillas y se paseó por toda la sala, esperando encontrar su postre.    —¿Dónde estará mi guinda del pastel?    Recorrió toda la estancia, fijándose en los lugares donde su escurridiza amante pudiera esperarlo.    Pero, el salón estaba vacío.    «La habitación, claro»    Caminó sigiloso hacia su cuarto, intentando hacer el menor ruido posible. Ella había logrado sorprenderlo, ahora sería su turno de hacerlo. Con un poco de suerte, la encontraría dormida. Una escena preciosa donde tomarla desprevenida y arrancarle la ropa para darle duro.    Porque eso era lo que más lo fascinaba. Verla disfrutar mientras se lo hacía de esa forma brusca y tosca que le producía dolor y a la vez placer.    Abrió la puerta y un gesto desilusionado curvó su rostro.   «Tampoco estaba allí»    —Bien… Bien…, así que mi pichoncita quiere jugar…—se frotó sus dos manos para calentarlas y cerró la puerta tras de sí. —Parece que alguien está buscando que la castiguen. Voy a tener que darte una lección, así aprenderás a no esconderte de tu hombre.    Pensó en los baños como su última opción. Puede que un baño romántico fuera el último toque que finalizara la sorpresa. Un baño con agua caliente y el jacuzzi burbujeando sus cuerpos.    Levantó la mano y empujó la puerta. Encendió la luz y surcó la estancia con sus zafiros. Cual fue su decepción al ver que también estaba vacío.    —Vale…—dijo, más para sí mismo que para la supuesta mujer que debía estar en casa.—Reconozco que me lo estás poniendo bastante difícil.    Salió del baño con una actitud más cansada de la que tenía en un principio. Al recorrer el largo corredor reparó en algo a lo que no había prestado demasiado interés antes. La puerta de su despacho estaba abierta y ya sabía a ciencia cierta que él no había sido el descuidado que la había dejado de esa manera. Siempre tenía la costumbre de cerrarla, con llave, además. En aquella habitación guardaba documentos y contratos de suma importancia que requerían especial protección. Jamás la dejaría abierta, a no ser que estuviera demasiado ebrio como para olvidarlo.    —¿Mariane? —preguntó. Cogió el picaporte y fue abriéndola poco a poco con cautela. —Amor, ya sabes que no me gusta que entres a mi despacho. Lo de la sorpresita ha estado bien, pero creo que ya va siendo hora de que salgas.    Echó una ojeada a todo el despacho. La estancia estabas en penumbra, dominada por sombras en su mayoría salvo por algunos reflejos plateados que iluminaban el escritorio y su gran sillón de cuero. Normalmente dejaba la persiana abierta para sentir el ambiente y la atmósfera de la ciudad a sus espaldas, pero a ciertas horas de la madrugada evitaba dejarlo alzado para esquivar posibles ladrones.     Organizaría el despacho en cuanto encontrara a su escurridiza mujer. Su especial interés en escapársele de las manos ya lo había tentado demasiado y tenía claro que no saldría airosa de aquel asunto.    Se giró sobre sus talones y se dispuso a salir del cuarto cuando unos extraños sonidos captaron su atención. El hombre detuvo sus pasos al instante y sus cejas se arrugaron con extrañeza. Giró su cabeza y observó la estancia por encima del hombreo con especial interés.    El sonido se fue haciendo más evidente, lo que le permitió reconocer unos gemidos lastimeros ahogados por algo.    —¿Mariane? —su mano viajó despacio hasta el interruptor de la pared. La situación había comenzado a tornarse más extraña y turbia de lo que había imaginado y sin poder evitarlo, se encontró a él mismo temeroso.    La lámpara que colgaba del techo iluminó el lugar y entonces los gemidos cobraron sentido.    No necesitaba seguir buscando a su fogosa amante: la había encontrado. Bajo sus pies, con las manos atadas y la boca amordazada. La mujer se retorcía como pez fuera del agua, tratando de zafarse de sus ataduras mientras sollozaba bajo el trapo que sofocaba sus gritos.    —¡¿Mariane?!—se agachó rápidamente, incorporándola entre sus brazos con la mirada confusa y a la vez aterrada.    —Yo en tu lugar no me molestia en preocuparme por ella—dijo una voz al fondo del despacho.    El hombre levantó la cabeza, buscando al dueño de la misteriosa voz que había invadido la privacidad de su casa.     Unos ojos verdosos y chispeantes fueron lo que primero captaron su atención. El brillo malévolo y juguetón que había en ellos provocó un escalofrío que recorrió su columna vertebral. Su cabello rubio y peinado de manera rebelde terminaron de darle las pistas que necesitaba para reconocerlo. Solo una persona podía tener esos ojos.      —El único del que debería preocuparte es de ti mismo.      —Reynaud…—murmuró el hombre aterrado.    —El mismo—hizo un gesto irónico con sus manos, mostrando evidencia.     —¿Qué estás haciendo aquí?    El rubio arqueó ambas cejas.    —¿No lo sabes? —ironizó. Fingió suspirar con pesar, recostándose sobre el sillón como si estuviera en su propia casa. —Vaya, que decepción. Y yo pensando que los que me traicionaban no se olvidaban de mi cara. —Soltó una carcajada socarrona y negó con la cabeza. —Iluso de mí.      —¿T-traicionarte? —titubeó y aunque simulaba no entender lo que estaba sucediendo, lo cierto era que podía hacerse una idea del por qué Thiago Guillet Reynoud estaba frente a él. —Por favor, ¿d-de qué estás hablando? No soy ningún farsante.      La atmósfera que dominó la estancia quedó insólitamente en silencio, con los gritos enmudecidos de la mujer maniatada y el tic tac del viejo reloj colgado en la pared.      El joven intruso ensanchó aún más su sonrisa y con galantería se inclinó en su asiento para llenar dos copas de licor que descaradamente había cogido de la vitrina del anfitrión.     —Toma asiento, socio. — Dejó la botella sobre la mesa de caoba, ejerciendo un sonido tosco y firme que sacó una encogida al empresario. —Tenemos mucho que discutir y poco tiempo y como sabrás prefiero hablar las cosas con calma. —Levantó sus espesas pestañas y lo escrutó con un brillo malévolo cruzando sus esmeraldas— Me sabría bastante mal que nuestra última reunión de socios acabara como un encuentro de calle cualquiera.     El accionista se secó las manos sudorosas en los pantalones arrugados tras un largo día de trabajo. Se permitió, con la guardia baja, mirar por encima del hombro a su amante maniatada y, cautelosamente, abrió la boca.     —Tienes razón y como los dos somos hombres de negocios pulcros y respetables, sopeso que quizás no es el mejor momento para solucionar nuestras… Diferencias.      —Diferencias— repitió el intruso con una sonrisa que no pudo disfrazar la animadversión que desprendió una simple palabra. —Nos ha jodio el socio— el aparente humor que iluminaba su rostro se desvaneció como la llama de una vela al ras del viento. Una máscara seria cayó sobre él, indicando que su paciencia había llegado al límite. —En fin, supongo que… sino quieres una copa, terminaremos antes de lo previsto—se abrió la chaqueta de su esmoquin y sacó un revolver que relució con el brillo plateado de la luna.       El empresario retrocedió dos pasos al instante y extendió sus dos manos en son de paz, tranquilizando a su vez al hombre armado que jugueteaba con la pistola como si fuera un juguete cualquiera. Los gritos de la chica amarrada de intensificaron y como pez fuera del agua, se retorció para arrastrarse lo más lejos posible del despacho donde el mismísimo demonio había hecho acto de presencia.     —Reynaud, j***r… pero ¿qué demonios? —continuó retrocediendo y llegó a un punto que tropezó con su amante, que desesperada continuaba arrastrándose por el suelo. —Baja el arma. ¡¿Te has vuelto loco?!     —Me debes dos jodidos millones y en lugar de pagármelos como el buen perro que eres, le vas con el cuento al hijo de puta de Maccini.—habló distraídamente, observando la pistola que tenía en la mano como si fuera un móvil o un reloj de lujo cualquiera— Y, aun así te crees en posición de rechazar mi invitación y decirme cual es el mejor momento de hablar—extendió sus dos brazos, elaborando un gesto cargado de ironía—Enserio, seamos sinceros ¿De verdad pensabas que el gigante italiano iba a sacarte de esta? ¿Creíste que ese tío iba responder por ti? —soltó una risotada socarrona y negó con la cabeza, masajeándose el tabique de la nariz—Perdona que me ría, pero la cosa es tan penosa que hasta tiene gracia. Incluso llegué a pensar que se trataba una jodida broma, una que no hizo ni puta gracia.     —Reynaud, j***r entiendo que estés cabreado conmigo. Créeme, lo entiendo. Fui un c*****o y un cobarde acudiendo a Maccini, pero compréndeme, estaba desesperado ¿de dónde saco dos millones? ¡¿De dónde cojones los saco?! ¡Es una cantidad imposible de conseguir! ¡Estaba acojonado porque no sabía de qué manera pagarte ni como reaccionarías!      De un momento a otro, el temor y el arrepentimiento sacaron a relucir las lágrimas que tanto se había esforzado por ocultar. Lágrimas de debilidad que no debían aparecer en ojos que no fueran de mujer.      —Estabas acojonado—repitió Thiago. Miró desde su altura la lamentable escena donde un muerto de hambre con ropa de burgués lloriqueaba arrodillado frente a él, suplicando perdón. La gente como aquel miserable solo le provocaba repulsión, cobardes que piensan que pueden comerse el mundo cuando lo más cerca que han estado de comerse es una mierda. Un ser tan lamentable como aquel no merecía el título de socio. Estaba claro que había cometido un error aceptándolo como aliado y precisamente estaba allí para remediarlo. —Y haces bien en estarlo, socio. Deberías estar muy acojonado—. Recargó su revolver y con decisión juzgó con su mirada verduzca a su próxima víctima. —Tienes cinco segundos para echar a correr e intentar salvarte.       —Thiago, por favor…— pegó su frente al suelo y se dio un par de golpes contra la dura baldosa, perdiendo el control mientras se dejaba llevar por el espanto. Soltó un sollozo acompañado de un grito desesperado que solo logró sacar una sonrisa divertida al rubio. —Hablemos. Hablemos, por favor. Tomaré esa copa, te pagaré cada billete que te debo, trabajaré sin cobrar ni un solo billete para ti, te lo aseguro. Haré cualquier cosa que me pidas. Tú solo dime lo que quieres que haga y lo haré.       —Colega, ya tuviste el lujo de rechazar mi invitación antes, así que haz el favor y no me creas tan gilipollas como para ofrecerte otra copa. Solo empeoras las cosas y sinceramente no te conviene seguir haciéndolo porque ya estoy bastante cabreado. Aunque… si insistes, se me ocurre una cosa que sí puedes hacer para mí.        El hombre levantó la cabeza, observando con un brillo de esperanza en sus ojos a que el Reynaud dijera su siguiente orden.       —Lo que sea—aseguró, casi con desesperación. —Lo que sea, te lo juro.       El que respondía al nombre de Thiago estiró sus labios y sonrió con malevolencia. Dio una vuelta al escritorio de madera tintada, aún con su pistola en mano y se acercó hacia él a pasos lentos y pausados, bajo la atenta mirada del pobre desgraciado que como un cordero en el matadero estaba esperando su sentencia. El rubio se agachó y apoyó sus antebrazos en sus rodillas, mirando directamente a los ojos a su presa.       —Corre tan rápido como puedas y haz que esto sea entretenido, ¿está bien?       Los ojos castaños del hombre oscurecieron en ese momento, quedando tan vacíos como dos cáscaras de un huevo recién abierto. La vida se escapó de él incluso antes de que el mafioso de apenas veinticuatro años apretara el gatillo.      Thiago le dio dos golpecitos de ánimo en el hombro.      —Comienza la cuenta atrás.      —No… No, no, no—negó con la cabeza, no queriendo aceptar un destino que estaba próximo por cumplirse.      Thiago, contrario a él, asintió con la cabeza, haciéndole un gesto con las cejas para que saliera por la puerta y luchara por su vida.      Movido por el terror, el hombre obedeció sin pronunciar ni una sola palabra. Tan solo fue capaz de soltar un grito y una súplica de ayuda y salvación. Se tropezó un par de veces con sus propios pies y salió tan rápido como pudo del despacho.      Thiago, por su parte, liberó una pequeña risotada, divertido y con parsimonia se puso en pie, preparándose para salir de cacería. Pasó por el lado de la joven maniatada que detuvo sus movimientos pseudópodos nada más sentir su cercanía para refugiarse con su propio cuerpo sobre el rincón de la sala. La miró por encima del hombro y con galantería le guiñó el ojo justo antes de abandonar la estancia.        El tic tac del reloj continuaba siendo el único sonido acorde dentro de la habitación y aunque parecía que el tiempo estaba por acabarse, este no se detuvo y siguió haciendo girar la manecilla del reloj.        El corazón del empresario bombardeaba su pecho con ímpetu mientras corría a lo largo de pasillo hasta llegar a la puerta de salida, la misma por la que había entrado. Agarró con fuerza el pomo y lo giró con desesperación, elaborando movimientos bruscos y completamente inútiles a la hora de abrirla.      —Las llaves…—murmuró. Sus manos temblaran y no daban abasto para tantear su cuerpo y sus bolsillos para buscar las llaves que podían abrirle la puerta hacia la vida. —¡¿Dónde demonios están las jodidas llaves?!      El aire no le llegaba a los pulmones y su corazón había alcanzado un ritmo desenfrenado que estaba a punto de llegar éxtasis. Su mente estaba bloqueada, no podía pensar. No recordaba donde había dejado las llaves. Había llegado hacia apenas unos minutos y era incapaz de pensar y memorizar el lugar exacto donde siempre dejaba las llaves. Sus instintos de supervivencia eran los únicos que actuaban por él y lamentablemente habían quedado bloqueados al verse atrapado en una jaula que había sido su casa durante tres largos años.     —¡¡¡Ayuda!!!—aporreó la puerta con fuerza. Alguien debía estar en el ascensor, subiendo las escaleras o abriendo la puerta de su casa desde el pasillo. Cualquier persona, cualquier vecino podría escucharlo gritar y venir a socorrerlo—¡¡Qué alguien me ayude!! ¡Por favor! ¡Van a matarme! ¡Van a matarme! ¡Por favor! ¡¡Llamen a la policía!!     Los golpes de su mano contra la madera se entremezclaron con el sonido de unos pasos que caminaban parsimoniosos a lo largo del amplio corredor, volviéndose cada vez más y más cercanos.      —Ayuda… Ayuda… Por favor, escuchadme… Escuchadme…—la poca voz que le faltaba se fue apagando hasta volverse inexistente. Era inútil seguir gritando. Ya no podía luchar más, tampoco correr. Su viaje había concluido allí.      Cerró los ojos con fuerza y apoyó la frente sobre la puerta escuchando a sus espaldas el sonido de la muerte.     El sonido del disparo devoró el compás de las manecillas del reloj y entonces se hizo el silencio. 

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