Lorette
¡El espectáculo era una auténtica pasada! Allá donde mirara veía color, música, arte y MODA por todas partes. Aún no me podía creer que estuviera allí, en la mejor Universidad de Diseño del mundo, en París, y rodeada de los mejores diseñadores del mundo.
La simple idea de que algunos de ellos pudieran ser mis profesores en un futuro me anudó el estómago. Los fui recorriendo uno a uno con la mirada y repetí cada uno de sus nombres y apellidos, junto con el nombre de su marca y firma, como una obsesa y una acosadora psicópata que se dedica ha expiarlos en las sombras.
Sin duda alguna, aquel era el acontecimiento de moda más grande al que había asistido. Si bien era cierto que solía asistir a pequeñas ferias y mercados de los pueblos vecinos para vender y comprar diseños y telas tradiciones de los pueblos, aquello no dejaba de ser un pequeño mercadito donde la moda no estaba apenas valorada. La gente comprobaba ropa por su precio económico. No por la calidad de la tela o la originalidad del diseño, sino porque era lo único que los pueblerinos podían costearse sin la necesidad de viajar varias horas a la gran ciudad.
Flipé por la manera en la que todos los allí presenten veían la moda: como un arte, un milagro y un maravilloso sueño.
Por primera vez en mi vida, me sentí comprendida. Todo el mundo compartía mis aficiones, mis sueños. Todos queríamos cumplir nuestros sueños y crear una marca de ropa digna de ser recordada.
Sus ojos brillaron alucinados al ver la gran pasarela por la que comenzaron a desfilar el rectorado y profesorado de la Universidad. Cada uno se presentaba, llevando uno de sus más clamados y demandados diseños, y lo mejor de todo es que yo los conocía todos. Desfilaron uno a uno hasta llegar a más de la veintena de profesionales que se encargarían de formarnos.
No pude evitar sacar el móvil para grabarlo todo y enviárselo a mamá y a los del pueblo. Estaba segura de que les encantaría ver todo esto.
Cuando el desfile terminó, todos los profesores se colocaron en una fila horizontal donde el director, en medio, dio un paso adelante, con un micrófono en mano para volver a tomar la palabra.
—¡Esperamos que todos hayan podido disfrutar de este espectáculo por el que hemos estado trabajando con mucho cariño y empeño, y solo para vosotros, queridos estudiantes! Porque a partir de ahora, todos forman parte de esta gran familia. Una familia que cada año se hace más grande y de la que nacen nuevos y prodigiosos talentos que son recordados a lo largo de los años y dejan marca en la historia de la moda.
Observé fascinada a aquel hombre, completamente desconocido para mí en comparación con el resto de profesores. Aún así, lo miré con la baba caída fascinada por sus palabras.
—Y para demostrar nuestro interés, dedicación y nuestra más sincera entrega a vosotros, alumnos.
Una mujer con pinta de secretaria: falta entubada hasta las rodillas, americana corta y tacones de de aguja, se acercó al director y le entregó una carta. El hombre agradeció a la mujer cordialmente y luego ella se retiró silenciosamente.
—Tenemos una sorpresa, o más bien, dos sorpresas.—abrió el sobre con cuidado y sacó un folio doblado por la mitad. Se tomó varios segundo para leer el interior y luego nos lanzó una mirada misteriosa.—Supongo que todos los que estáis aquí sabréis que este fin de semana tendrá lugar uno de los desfiles de moda más importantes e icónicos del mundo entero. La marca Guillermina presentará su última colección. El anfitrión no es nada más ni nada menos que la propia imagen de su marca. ¡El modelo Thiago Guillet Reynoud!
Un chillido eufórico rompió con el silencio de todo el salón. Esbocé una mueca de desagrado y me tapé los oídos cuando el grito desenfrenado de la chica de atrás me rompió los tímpanos.
Sí. Tampoco conocía a Thiago Guillet Reynaoud y al igual que todas las chicas y chicos que gritaban al oír su nombre, yo también era una gran admiradora suya, o más bien de su padre y sus diseños. El hijo del Guillet era todo lo que podía estar bien en este mundo: guapo, cuerpo persona, voz ronca y varonil y una gran fortuna a sus espaldas. Pero no. Yo no babeaba por los abdominales de este chico (unos que había visto muy bien cuando presentaron la colección de boxers de hombre y ropa interior). Admiraba el apellido Guillet en general porque aguardaban una gran generación de artistas y diseñadores que a día de hoy aún se recordaban.
Estaba claro que asistir a aquel desfile era la oportunidad de mi vida y la de cualquier de los allí presentes. Thiago era el heredero de una gran fortuna, pero sobre todo de un gran legado y una dinastía de diseñadores que habían pasado a la historia. Aquel chico tenía un gran peso sobre los hombros y por eso lo admiraba.
—Muy bien, muy bien—el director liberó una pequeña risotada divertida y levantó sus manos pidiendo silencio.—Que no cunda el pánico. Estaría bien que reservarais esos gritos lo que viene a continuación.
Los profesores que había de guardia en cada puerta del salón de actos lograron acallar a todos los alumnos desatados y, milagrosamente, el silencio volvió a reinar en la sala.
—Como es de esperar, no he mencionado este desfile por casualidad. Como sabréis esta universidad está asociada a la marca Guillet y el joven Thiago es uno de nuestros grandes socios e inversores. Así como el responsable de una de las becas más altas de nuestro centro.
Lo gritos había desaparecido, pero en su lugar, todo el mundo murmuraba y hablaba por medio de cuchicheos, intrigados por la información que el decano estaba pronunciando.
—Nuestra Universidad ha decidido invitar a los dos alumnos con mejores calificaciones de acceso al desfile de Guillet.
¡No puede ser! Mis ojos se abrieron a la par. Mis pupilas se hicieron pequeñas y mi cuerpo se inclinó hacia delante. Solo los mejores diseñadores y celebridades acudían a ese tipo de desfiles. Nadie que no tuviera un mínimo de reconocimiento en el mundo de la fama y la moda podía permitirse estar en un evento de ese calibre.
—Las personas que tendrán el honor de asistir a este evento están ahora entre mis manos—el decano recorrió todos los asientos semicirculares de la sala con la mirada, como si de alguna forma pudiera identificar a los dos alumnos afortunados.
El silencio, la emoción y la intriga se hizo palpable en la gran habitación. Nadie gritaba. Nadia hablaba. Tampoco cuchicheaban. Estaban demasiado concentrados en las siguientes palabras del decano.
—Sin más que decir—bajó la vista y posó sus ojos en los dos nombres.—Procederé a avisar a los dos afortunados.
El corazón me latía a mil. Obviamente sabía que yo no tenía ninguna posibilidad de salir. Es decir, una chica humilde como yo, de un pueblo que nadie conoce y rodeada de personas de todo Francia que, con poco, habrían tenido la oportunidad de estudiar en institutos y academias mejores que el mío.
No obstante, no pude controlar la emoción que bullían en mi interior. Puede que fuese una posibilidad de entre un millón. Pero aún tenía un 0,000000001 posibilidades.
—Louis Durant Della Porte, por favor, póngase en pie.
“Suertudo”
Todo el mundo comenzó a mirar a su alrededor, buscando el afortunado que tendría el honor de asistir a aquel desfile.
Un chico delgaducho y bastante bajito se puso en pie, tímido, con el cuello metido entre sus hombros y sus manos entrelazadas contra su estómago. Tenía las gafas caídas sobre el puente de su nariz y unas pequitas que me parecieron adorables. No lo conocía de nada, pero algo en su apariencia me dijo que debía tratarse de un buen chico. Estaba claro que su recompensa no había sido golpe de suerte. Debía haber trabajado mucho para lograr algo así.
—Lorette Bellrosse, por favor, póngase en pie.
El corazón me subió hasta la garganta.
¿A-Acababa de decir.. mi nombre?
Un revoloteo extraño burbujeó mi estómago mientras que, con timidez me ponía en pie.
Noté como las miradas iban recayendo en mí, una por una, evaluándome, juzgándome o incluso admirándome. Jamás me habían mirado de ese modo, con esa admiración y respeto. Por primera vez en mi vida me sentí alguien de valor. Importante. Y no aquella chica invisible a la que todos dejaban de lado en el instituto.
Miré al chico de las pecas y el que me acompañaría al desfile. Le sonreí y le saludé con la mano, tímida.
—¡Damas y caballeros, démosles un aplauso a los dos elegidos estrella! ¡Enhorabuena a los dos, jóvenes!