Dragón libre

1610 Palabras
La fiesta había terminado, pero el eco del poder seguía flotando en el aire como un veneno invisible. En una habitación privada del hotel, Renjiro se encontraba con los líderes de los clanes aliados. La mesa estaba llena de copas de whisky, humo de cigarros y sonrisas envenenadas.
—Tokio ahora nos pertenece —dijo Renjiro, cruzando una pierna sobre la otra mientras su tono medía cada palabra como un bisturí—. Y con la caída de Kazuo, nadie volverá a desafiar el apellido Arakawa.
Los líderes rusos y coreanos asintieron. Sus rostros eran máscaras impenetrables. Por dentro, ya habían decidido. Su lealtad seguía siendo de Kazuo. Solo estaban esperando el momento adecuado para girar la balanza.
El ruso alzó su copa.
—Por la nueva era.
Renjiro sonrió.
—Por la nueva era.


En otro piso del hotel, Sayuri cerró la puerta de la habitación y dejó caer la respiración. Estaba sola. Por primera vez en semanas, sin ojos encima. Se quitó los tacones, dejando que sus pies tocaran la alfombra gruesa. Su reflejo en el espejo la devolvió a una mujer rota, atrapada en un papel que no había elegido.
—Hola esposa… —susurró una voz grave detrás de ella.
Su corazón se detuvo. Giró. Y ahí estaba. Empapado en sangre, jadeando, pero vivo. Era Kazuo.
No tuvo tiempo de hablar. Él la tomó del rostro con brutalidad, como si necesitara asegurarse de que era real.
—Te encontré.
Ella quiso decir algo, pero su boca se estrelló con la de él. El beso no fue dulce. Fue guerra, desesperación y deseo comprimidos en un solo acto. Kazuo la levantó del suelo sin dejar de besarla, arrojándola contra la pared.
—¡Pensé que te había perdido! —dijo contra su cuello, mordiéndola como un animal.
Sayuri lo abrazó con fuerza.
—Pensé que no volvería a verte…
Kazuo la devoró con las manos. Su ropa cayó como si no importara. No había sutileza, solo la urgencia de dos enemigos que se habían amado en silencio demasiado tiempo. La llevó hasta la cama, derribándola.
—Te dije que jamas dejarias de ser mía. Siempre lo fuiste —le dijo, con la voz rota de emoción y lujuria.
El sexo no fue solo cuerpo. Fue alma y fuego. Kazuo la penetró con una brutalidad cargada de amor. Sus gemidos se mezclaban con lágrimas.
—Dios… Kazuo…
—Dilo. Dilo, Sayuri.
—¡Te amo!
Él gimio contra su piel, como si esas palabras fueran gasolina en una llama viva. La tomó una y otra vez hasta que el placer y el dolor se confundieron. Por primera vez no había odio, solo un amor tan feroz que dolía.
Cuando el silencio los envolvió, Kazuo la abrazó como si el mundo fuera a desintegrarse.
—Voy a matarlo. Voy a arrancarle cada pedazo por tocarte.
Sayuri acarició su rostro ensangrentado.
—Entonces hazlo… y llévame contigo.


Mientras ellos se encontraban, Renjiro recibía la noticia. Su expresión no cambió. Solo alzó la vista, calmado.
—Kazuo ha escapado.
Se levantó y fue directo al cuarto donde Sayuri descansaba. Abrió la puerta de golpe. Los encontró aún entrelazados. Kazuo se levantó, buscando su arma, pero Renjiro se limitó a sonreír.
—El perro siempre viene a buscar primero a su dueña antes de morder —dijo, arrastrando a Sayuri de la cama.
Kazuo grito, pero estaba rodeado. No podía disparar sin arriesgarla.
—Te voy a matar, Renjiro —exclamo.
—Diez minutos, Kazuo —dijo Renjiro mientras sacaba el radio—. Diez minutos para llegar a la sala de los líderes. Si no… la mato aquí mismo. El tiempo es oro, y ya está corriendo.
La sala de los líderes era un infierno. El tiroteo había comenzado. Los hombres rusos y coreanos habían traicionado a Renjiro en el momento exacto. Disparos, gritos, cuerpos cayendo. La guerra que tanto habían contenido ahora ardía en Osaka.
Sayuri fue empujada al centro de la sala. Daisuke, su padre, apareció entre la humareda. Sus ojos se encontraron con los de su hija, pero no hubo tiempo para ternura.
—Kazuo ya viene —dijo con voz grave.
Renjiro apuntó su arma hacia Daisuke.
—Viejo imbécil. Siempre supe que tu ambición te cegaría.
El disparo retumbó. Sayuri gritó cuando vio a su padre caer.
—¡No!


Renjiro la tomó del cabello.
—¿Ves lo que provocas? Todo por tu maldito comportamiento de princesa rota.
—¡Eres un monstruo!
Antes de que pudiera terminar, la puerta se derrumbó. Kazuo. Sin armas. Solo sus puños y una furia animal.
El choque fue brutal. Dos bestias luchando a muerte. Puños, sangre, huesos quebrándose. Afuera, el sonido de la masacre seguía.
Renjiro escupió sangre, riendo.
—Siempre supe que vendrías por ella.
Kazuo lo tumbó al suelo, golpeándolo con una furia salvaje.
—¡No vuelvas a tocarla!
Renjiro alcanzó su arma. Kazuo se lanzó encima, pero el disparo sonó. Sayuri se interpuso. El tiempo se detuvo.
La bala entró en su costado. Sus labios buscaron el nombre que siempre había amado.
—Kazuo
Kazuo sintió el mundo apagarse cuando el cuerpo de Sayuri se desplomó contra él. La sangre caliente le empapó la camisa, más abrasadora que cualquier bala. Su respiración se cortó como si lo hubieran atravesado a él.
—Sayuri… —su voz se quebró, apenas un grito animal—. ¡No, no, no…!
La sostuvo contra su pecho y sus ojos se encontraron un instante. Ella intentó sonreír, débil, con los labios manchados de rojo.
—Te lo advertí… —susurró, apenas audible—. Si mueres… yo también…
—¡Cállate! —Kazuo apretó la mandíbula. Su corazón se le rompía y ardía al mismo tiempo—. No te atrevas a decir que esto es el final.


La levantó en brazos con una brutalidad desesperada. La sangre goteaba de su costado formando un rastro en la alfombra. Afuera, el eco de los disparos y los gritos rebotaba contra las paredes del hotel.
La puerta se abrió de golpe: tres de sus hombres irrumpieron, cubiertos de polvo y pólvora.


—¡Arakawa! —gritó uno de ellos, apuntando a Renjiro con el arma—. Tenemos la salida despejada por el ala este.
Kazuo no los escuchó. Solo veía el rostro de Sayuri pálido y tembloroso.
—Presión en la herida —ordenó a uno de ellos, con voz de acero—. Ahora.
Uno de los hombres arrancó su camisa y la presionó contra el costado de Sayuri mientras otro cubría la retaguardia. Renjiro, jadeante, con sangre propia en el labio, los miró con esa sonrisa torcida.
—No puedes salvarla, Kazuo. —Su voz era un veneno suave—. Aunque corras, aunque mates a todos aquí, ella ya eligió.
Kazuo se giró lentamente, con los ojos ardiendo.
—No vuelvas a pronunciar su nombre, a tocarla ni a respirar su mismo aire—escupió, la voz como una sentencia de muerte—. Porque no habrá lugar en el infierno donde puedas esconderte de mí.
Renjiro rio bajo, sin miedo, incluso con las armas apuntándole.
—Entonces ven. Que sea tu odio el que la mate esta vez. Igual que a Reiku.
La mención fue como una daga envenenada. Kazuo casi perdió el control, pero Sayuri gimió en sus brazos y eso lo arrancó de su rabia.
—¡Salimos ahora! —ordeno.
El corredor se convirtió en caos. Los hombres de Kazuo disparaban mientras lo cubrían. La sangre, el humo, los gritos llenaban el aire. Sayuri se aferró débilmente a la chaqueta de Kazuo.
—Kazuo… —su voz era un suspiro roto—. Prométeme…
—Te prometo que lo mataré —interrumpió, con los dientes apretados, mientras la sujetaba con una fuerza que casi le rompía los huesos—. Te prometo que no quedará ni su nombre grabado en esta tierra.
—No… —ella sonrió débil, apenas una sombra de sonrisa—. Prométeme… que vivirás conmigo después de todo esto.
Kazuo parpadeó. Por un segundo la guerra, la sangre y el infierno desaparecieron.
—Sí —su voz se quebró—. Lo juro.
Llegaron al pasillo lateral. Los hombres cubrieron la salida mientras Kazuo bajaba por las escaleras cargando a Sayuri. Una bala rozó su hombro, otra quebró el marco de la puerta. El sonido de Renjiro riendo, esa carcajada gutural, se quedó flotando detrás de ellos como una maldición.
En el estacionamiento trasero, un auto n***o aguardaba con el motor encendido. Los aliados rusos y coreanos estaban allí, esperando. Uno de ellos abrió la puerta trasera.
—¡Al hospital no! —ordenó Kazuo—. A la casa segura en las montañas. Quiero médicos, pero ninguno de los nuestros. Nadie de Renjiro.
—Entendido, jefe.
El auto arrancó, derrapando entre el humo y la lluvia de la noche de Osaka. Kazuo no apartó la vista de Sayuri, presionando la herida con sus manos mientras sentía la vida escaparse entre sus dedos.
—No te mueras. No te atrevas a dejarme ahora —murmuró, y esa fue la primera vez en años que el indomable Kazuo Arakawa suplicó.
Sayuri cerró los ojos, y una lágrima, casi invisible, cayó sobre la mano de Kazuo.
—Si me pierdes… —susurró ella—. Pierdes todo.
Kazuo inclinó la frente sobre la de ella.
—Entonces incendiaré el mundo para no perderte.
El auto desapareció en la oscuridad, dejando atrás el eco de la masacre. Y en la distancia, la voz de Renjiro resonaba como un espectro:
—No puedes salvarla de ti mismo, Kazuo. Nunca pudiste. Nunca podrás.


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