Cada mañana en esta cabaña se siente como un respiro prestado. Afuera, el mundo es blanco, un poco ruidoso pero increible. No hay disparos, no hay gritos. No hay sangre. Sólo nieve, pinos, el crujido del hielo bajo las botas, animales de nieve y climas extremos y los suaves pasos de Miranda en pantuflas, caminando por la casa como si no estuviera cargando una vida en su vientre. Como si la guerra no nos hubiera dejado cicatrices en el alma. He tratado de mantenerme en forma. Mi cuerpo está acostumbrado al movimiento, a la tensión, al peligro acechando detrás de cada esquina. A veces me descubro recorriendo la cabaña por los alrededores como si buscara amenazas invisibles. Otras veces, salgo a trotar o entreno en la parte trasera, cerca del bosque. Me hace bien. Me centra. Me recuerda qui

