Cualquier viernes a las 7:30 am, la ciudad de Medellín se ha despertado con un clima agradable, que rondan los 18℃. Sneyder, al igual que otros mortales del planeta Tierra, se ha despojado de sus tibias sábanas para ir a ganar el pan honradamente, como tiene que ser. Luego de desperezarse sale de su habitación y llega hasta el salón de su departamento. Enciende la tele y en You Tube, coloca una salsa del desaparecido compositor e interprete colombiano, Joe Arroyo. Pareciera que su cuerpo fuera electrizado y poseído por una fuerza carnavalera. Invadido por ese entusiasmo, empieza a tararear la canción, mientras su cuerpo se mueve al compás de la música. Primero un buen duchazo, se viste. Se baña en colonia sin dejarse de mirar en el espejo y sin dejar de bailar. Cuando se da cuenta que son las nueve y algo, toma las llaves de su carro, y baja hasta el garaje del edificio. Pero por el camino se encuentra a una de sus vecinas.
—¡Buenos días señora Rosita…cada día está más joven y hermosa!—y sonríe Sneyder.
—¡Te la fumas verde! ¡Cada día parezco más una momia! ¡Así que…a reírte de tu madre!—responde la señora un tanto amargada y entra en su departamento.
Pero nada ni nadie le borra la sonrisa a Sneyder, quien termina de llegar hasta el sitio donde tiene su carro, y entra en él. Pone en marcha el motor y acto seguido, pone la radio en la emisora más salsera de Medellín. Y sale del edificio. Tal parece que el tráfico está un poco congestionado, pero como se dijo antes, nada le borra la sonrisa a Sneyder, quien canta al compás de la radio, una canción del grupo Niche, mientras va avanzando lentamente.
El celular suena y se sorprende un poco. Mira la pantalla del aparato y ve reflejado el nombre de una mujer, pero no se acuerda quién es.
—¿Rita, Rita? ¿Quién carajo es esta Rita? — aunque lleno de dudas, decide responder. Pone el manos libre, y luego baja el volumen de la radio—. ¡Hola…Rita!
—¡Hola Sneyder! ¡Pensé que no te acordarías de mí!
—¿Cómo dices eso mujer? Claro que me acuerdo…
Es interrumpido por un carro que se le cruza y tiene que frenar bruscamente.
—¿Aló, Sneyder?
—¡Sí…aquí estoy! ¡Lo que pasa es que voy conduciendo…!
—Cómo te decía…me sorprende que te acuerdes de mí. Cuando nos conocimos, estabas bien borracho…
—¡Ja, ja, ja! Te repito que sí me acuerdo… ¿Y cómo has estados…mona?
—¡Soy morena! Ya lo decía yo, no te acuerdas de mí…
—¡Sinceramente… la verdad es que no!—la vuelve a interrumpir Sneyder sin dejar de mirar hacia adelante.
—No te preocupes, yo te voy a refrescar un poco la memoria. Yo estaba en la discoteca Babilonia. Y a eso de las dos de la madrugada llegaste con dos amigos. Tú y otro estaban bien borrachos, el otro era el conductor elegido y por eso iba sobrio. Me sacaste a bailar. Después de varias canciones, me llevaste a tu departamento y amanecimos haciendo el amor…
—¡Vaya! ¡Sí que fue intensa la noche!—la vuelve a interrumpir Sneyder y avanza un poco más rápido. Pero vuelve a parar detrás de un autobús.
—Te llamaba para decirte que estoy embarazada y que vas hacer papá…
—¡¿Qué?!—se alarma bastante Sneyder y a punto estuvo de estampar su carro contra el bus.
—¡Es una broma!—y la mujer ríe.
—¡Y de mal gusto! ¡Casi me da un soponcio!
—¡Lo siento!—y se le escucha reír a la chica.
—¡No pasa nada!—Sneyder respira tranquilo y vuelve a avanzar rápido.
—¿Cuándo volvemos a vernos?
—¡A ver mona…!
—¡Soy morena!
—¿Pues dime tú…Rita?
—¿Qué tal mañana?
—Está bien. Yo te llamo mañana y te confirmo la hora y el lugar.
—¡Ok, cuídate! ¡Estaré esperando la llamada! ¡Un besito!
—¡Otro para ti…morena hermosa!
Sneyder siente curiosidad y mira la foto del perfil del wasap de la chica. Para el carro porque se da cuenta de que es bien hermosa. Pero lo interrumpe el claxon del vehículo de atrás, para que avance. Deja el celular en la silla del copiloto y avanza.
—¡Pues sí que está hermosa! Lástima que no me acuerde de aquella noche —ríe y sigue avanzando—tendré que volver a salir con ella, pero sin estar ebrio—vuelve a reír.
Pasan unos quince minutos hasta llegar al centro comercial donde trabaja. Estaciona su vehículo en el cupo identificado con la letra 1 A, como casi siempre lo hace. Sale del garaje tomando unas escaleras eléctricas que lo conduce al sector comercial del lugar. Algunos negocios ya están abriendo sus puertas para recibir a su clientela. De momento hay unos pocos clientes recorriendo los diferentes lugares. Sneyder ve a uno de sus compañeros y corre a alcanzarlo. Por el camino saluda a un par de vigilantes del lugar. El ruido de algunas persianas metálicas se escuchan.
—¿Parcero, preparado para rumbear esta noche?—le pregunta Sneyder a su compañero de trabajo mientras caminan y chocan sus puños.
—¡Buenos días! —lo saluda el hombre, Sneyder le responde los buenos días—. ¡A lo mejor ni ha desayunado y ya pensando en rumba!
—¡Eso…venga para que se mande los desayunos!—Sneyder sonríe.
—Usted es el jefe…usted debería invitarme a mí—los dos van con dirección hasta una cafetería que está en el patio de comida, para disfrutar de una buena taza de café—. No sé parcero…la verdad es que no tengo muchas ganas—en ese momento se les cruza una mujer que lleva a su hijo pequeño agarrado de la mano, y los interrumpe por un momento.
Vuelven a juntarse y siguen caminando. Toman las escaleras eléctricas para llegar hasta el patio de comidas del centro comercial, y esta vez los interrumpe una bella mujer que viene bajando. Sneyder le guiñe el ojo al llegar a la misma altura, y le sonríe. Ella le corresponde con una coqueta mirada, y una insinuante sonrisa.
—¡Usted no cambia hermano!—lo interrumpe su compañero, y los dos ríen.
—¡Las mujeres…hermoso tesoro que Dios nos regaló!—grita Sneyder mientras ríe. Vuelve y mira a la mujer.
Llegan al patio de comida y abandonan las escaleras.
—¿Entonces…viene conmigo o no?—vuelve a preguntar Sneyder.
—Todavía quedan muchas horas de trabajo. Yo le aviso en el trascurso del día.
Se acercan a la barra de la cafetería, saludan a un par de trabajadores del lugar, y ordenan un par de café y dos empanadas cada uno. Cruzan un par de palabras con el cajero, mientras el mesero les pasa un par de humeantes tazas de café y dos platos pequeños desechables, con dos empanadas para cada uno. Los dos se van hasta una de las mesas del lugar. Se sientan casi al mismo tiempo.
—¡No sea tan aburrido…hermano…! ¡Yo invito las primeras cervezas, ya!
—¡Le voy a decir la verdad, parcero!—el hombre vacía la azúcar en la taza de café y empieza a revolverla, levanta la cabeza y mira a su compañero de trabajo a los ojos—. Lo que pasa es usted, siempre hace lo mismo—Sneyder arquea el entre cejo—, apenas conoce una vieja, lo deja a uno solo.
Sneyder ríe sin dejar de revolver su café.
—Le prometo que no lo voy a dejar solo. ¡Es más…le prometo que no voy a mirar a ninguna vieja…!
El hombre lo interrumpe con una carcajada.
—¿¡Usted en una discoteca, llena de buenas viejas, y no va a intentar levantarse una!?—Sneyder asiente con la cabeza, mientras se pone una mano en el pecho y la otra la levanta—. ¡Eso no se lo cree ni usted mismo, parcero!—agrega Alfredo le pega el primer sorbo a su café.
—¡Diga que sí, Alfredo! Te lo voy a poner más fácil. Yo invito toda la fiesta—dice Sneyder mientras le coloca picante a una de sus empanadas.
—Es que no es para menos…usted cobra más que yo.
En ese momento los dos miran la tele que hay en el lugar. Están pasando el noticiero matutino. El periodista da una noticia sobre el narcotraficante más poderoso de Colombia. Sneyder ignora la noticia, mientras que su amigo presta mucha atención.
—¡El reconocido empresario colombiano! ¡Ernesto Malo Puertas, pasa a ser el quinto hombre más rico del plante…según la prestigiosa revista Forbes!—dice el periodista del noticiero.
—¡Ese tiene de empresario, lo que yo tengo de piloto de la NASA!—le dice el camarero a Alfredo y los dos ríen.
—¡Esos manes tiene buen billete!—comenta Alfredo.
—¡Jodiendo a los demás!—responde Sneyder y termina de beberse el café—. Hermano, acabe su café, que hay que abrir la joyería.
—Oiga, ¿y usted no había quedado hoy con la cuarentona del otro día?—Sneyder mira extrañado a su compañero—. ¡Si, hombre! Aquella señora que estaba que se reventaba de lo buenona que estaba.
—¡Ah, Estela!—se le refresca la memoria a Sneyder. Se levanta de su sitio—. Es verdad, ni me acordaba. Pero fresca, que yo la llamo y quedo para mañana con ella. Pero usted si es chismoso hermano… ¿cómo fue que escuchó todo?—los dos ríen.
Alfredo también acaba su café y sus empanadas. Sneyder lo mira y sonriendo le dice—¡Pague!—el hombre camina hacía la salida del lugar ignorando las palabras de su compañero. Sneyder ríe y camina hacía la caja. Se mete la mano en el bolsillo, saca un billete y paga lo que consumieron los dos. Le da alcance a su compañero y juntos se marchan del lugar rumbo a su trabajo. Las horas pasan tan rápido como lo estaba deseando Sneyder.
El ritmo de la música recorre de los pies a la cabeza. Esa consonancia se apodera de la sangre y viaja por las venas electrizando todos los sentidos. El ambiente es perfecto para zambullir las penas en una buena cerveza, un Gin Toni o wiski. Es exactamente lo que hace Sneyder y Alfredo, quien al final accedió a la invitación de esta mañana. Pero eso sí, con la condición de que no lo fuera a dejar solo, por irse con una bella mujer. Los dos se encuentran de pies en la barra de una de las tantas discotecas, ubicada en el exclusivo barrio del Poblado en Medellín. La música suena a todo timbal, las luces de colores y la mezcla de melodías, invitan a disfrutar de la noche.
Sneyder recorre con la mirada los alrededores del lugar, en busca de una posible pareja para pasar la noche. Alfredo se da cuenta y casi al oído le dice:—¡Qué lo veo…parcero! Sneyder solo sonríe.
Al cabo de un rato, los ojos de Sneyder han encontrado una posible conquista. Su mirada se centra en una de las mesas, donde se encuentra sentada una hermosa joven, y para su buena suerte, la chica está sola. Bebe un buen trago de su cerveza y sin pensarlo dos veces, se lanza hacía la chica.
⸺¡Ya vengo parcero!⸺le comunica a su amigo casi al oído debido a lo fuerte que suena la música.
⸺¡No, parcero!, ¿ya se va de pesca? ¿Me deja aquí solito? Por lo menos busque una que esté acompañada de otra pelada...
⸺ ¡Ya vengo…no me tardo! ⸺lo interrumpe y le hace un guiño de ojo. Toma su bebida y se dirige hasta su objetivo.
⸺¡Sí, cómo no!⸺responde resignado Alfredo y bebe de su cerveza.
Sneyder ya se encuentra junto a la chica, pero se da cuenta de que ella tiene una mirada muy triste, esto lo incomoda un poco y lo pone a dudar. Piensa que tal vez ella quiera estar sola. En la mesa hay un Martini que es la bebida de la afligida, pero hermosa mujer.
⸺¡Hola! ¿Puedo sentarme?⸺pregunta Sneyder mientras apoya su mano en la mesa y se inclina un poco. Ella lo mira un tanto extrañada. Pero debido al alto nivel de la música casi que no lo ha escuchado⸺. ¿Qué si puedo sentarme?⸺le repite sin dejar de sostener aquella mirada amigable que lo caracteriza.
⸺ ¡Si quieres aburrirte, hazlo…!
⸺ ¡Al lado de una bella mujer nadie se aburre! ¡Al contrario, es un placer!—la interrumpe Sneyder sin dejar de sonreír—. ¿Qué estás bebiendo?—y se sienta.
—Martini—responde ella con el mismo desanimo.
Sneyder llama al camarero pide un Martini y otra cerveza.
⸺Sé que querrás estar sola. Pero es que la soledad no es muy buena…menos en estos sitios.
Ella le responde con una retraída sonrisa. Él sigue intentando levántenle el ánimo.
⸺¿Se puede saber cuál es tu nombre?—e intenta encontrar su mirada.
Y tal parece que el hombre está consiguiendo cambiar el semblante a la chica. Ella sonríe tímidamente y se atreve a sostenerle la mirada⸺¡Cecilia! ⸺y extiende su mano.
⸺Hola Cecilia…mi nombre es Sneyder.
En ese momento se le acerca su amigo y le comunica en el oído que está aburrido y por eso se va. Sneyeder le pide que no se vaya, que lo espere. El hombre resignado se regresa a su sitio.
⸺¡Dispara pues!⸺dice ella y lo vuelve a mirar a los ojos. Esto extraña un poco a Sneyder que, sin dejar de mirarla, encorva los hombros⸺. Pregúntame… ¿por qué estoy tan afligida?—remata y bebe de su Martini.
Sneyder primero sonríe y luego lo hace. La música no para y las luces siguen danzando al ritmo de ella. La camarera le colocas las bebidas y se retira. En ese momento pasan un par de bellas mujeres junto a la mesa y tal parece que conocen a Sneyder. Las dos lo saludan sonrientes, él le corresponde con una amplía sonrisa, y un silencioso, hola. Cecilia no se percata de nada, pues está pensando si responder o no, con la mirada pegada a la mesa.
⸺ ¡He pillado a mi novio…!⸺traga seco y toma de su bebida. Mira a Sneyder directo a los ojos como si lo conociera de mucho tiempo⸺ … ¡con mi hermana…! ¿Puedes creer?—se le humedecen los ojos y los clava en los del hombre, se pasa los dedos para retirar las lágrimas y después posa su mirada en la mesa.
Los dos beben y por un momento hay un silencio entre ellos.
⸺¡Vaya, sí que es bien fuerte!⸺es lo que alcanza a decir Sneyder, está un poco incómodo y por eso vuelve a beber. Mira para donde el DJ y la vuelve a mirar a los ojos⸺. ¿Sabes qué? ¡A la mierda todo! Ese pirobo no sabe la hermosa mujer que ha perdido. ¡Vamos a bailar!
⸺ ¡Sí, pienso cómo tú…pero no quiero odiar a mi hermana! No quiero que ella sea mi enemiga por el estúpido ese. A lo mejor ella fue la que lo buscó y todo eso. Pero… como te digo, no quiero odiarla.
Sneyder vuelve a escudriñar el infinito de los ojos de la mujer.
⸺Y yo vuelvo y te repito…no vale la pena desperdiciar la vida ni un instante. Solo es un rato y hay que vivirla al máximo. Una vez escuché decir a Mujica algo parecido a esto: si quieres un carro ves a un concesionario. Hay puedes conseguirlos de contado o a crédito. O también puedes ir a un Renta a Car y que te alquilen uno. Si quieres una buena comida puedes ir a un buen restaurante. Un helado lo puedes comprar en una heladería. Pero nunca nadie te va a regalar, vender o alquilar una vida. En ningún lado vas a poder comprar un segundo de ella. Cada minuto que se te va, no va a regresar jamás. Porque los días vividos ya no se regresan, el día no puede volver al minuto que pasa. Estas dos últimas frases son de una canción de Silvestre Dangóng⸺él sonríe mientras ella asiente con la cabeza y sonriendo⸺. Te voy a ser sincero…yo soy una persona de las que toma la vida como una fiesta. Una fiesta a la que se va a bailar. No me complico tanto, al son que me toquen bailo.
El discurso de Sneyder está surtiendo efecto, porque a la chica se le está viendo otro semblante. Entonces es cuando él aprovecha y la vuelve a invitar a bailar. Ella acepta. Bailan unas cuantas canciones, luego vuelve a la mesa y nuevamente ordenan de beber. La mujer deja que una amplia sonrisa desfile por su bello rostro.
⸺¡Gracias!⸺dice ella si dejar de sonreír.
⸺¿De qué?⸺responde Sneyder y también sonríe.
⸺Por hacerme ver la vida de otra manera. Por cambiarme unas lágrimas por una sonrisa. Por hacerme entender que la vida hay que disfrutarla.
⸺¡No hay de qué!⸺le hace un guiño de ojo y la vuelve a invitar a bailar⸺. ¡Mierda, Alfredo!⸺se acuerda Sneyder de su amigo en baja voz. Mira para su mesa, pero éste ya no estaba.
Y así de esta manera pasan un par de horas entre palabras y bailoteo. Lo dicho, la mujer ya ni siquiera se acuerda del por qué estaba apesadumbrada. El ambiente de la discoteca también acompaña mucho, para olvidar las penas, está muy concurrida y alegre. Sneyder sabe que la tiene en sus redes, y es por eso que se atreve a besarla. Termina la canción y ninguno de los dos se ha dado cuenta, y siguen besándose. Un par de horas más tarde, se van al departamento de Sneyder y amanecen bebiendo y teniendo sexo.
A una hora de la ciudad de Medellín, se encuentra una hermosa y enorme mansión dentro de una hacienda, equipada con toda clase de lujos y comodidades; conocida popularmente como “la guarida del capo”. Esta propiedad pertenece al narcotraficante más poderoso de Colombia. La hacienda también cuenta con una bodega, cuyo sitio es usada por el traficante de estupefacientes, para cometer toda clase de monstruosidades a sus enemigos. Precisamente el capo de capos se encuentra en este sitio torturando a un hombre. Pero en esta ocasión no se trata de ningún otro narcotraficante enemigo suyo, o algún sicario que haya atentado contra su vida o la de su familia. Ni mucho menos uno de sus trabajadores que lo haya intentado traicionar; en fin, no se trataba de ninguno de sus enemigos.
Precisamente ese pobre hombre está dando gritos de dolor por la clase de tortura que se le está aplicando. En ese preciso momento llega su hija, pero antes de entrar en la bodeguita del horror, es detenida por uno de los hombres de su padre.
⸺¡Papá!―grita la chica mientras intenta quitarse al hombre del camino.
⸺¡Lo siento señorita, son órdenes del patrón!⸺y el hombre hace de talanquera, pero eso sí, sin mirarla a la cara.
Mirar a la cara a esta hermosa mujer, es sentenciarse a muerte. Pues el capo de capos es extremadamente celoso con su hija. De inmediato el solicitado deja sobre una mesa plástica, unas pinzas eléctricas que está usando en la tortura. Toma una toalla mediana y se limpia la sangre de su víctima. Da unos cuantos pasos hasta la entrada de la bodeguita. Se para a unos tres metros de distancia de donde está su hija, mientras intenta adaptar sus ojos a la luminosidad solar, le dice:― ¡No te he dicho que aquí no vengas! —y camina hasta el vehículo de su hija. Saca una cajetilla de cigarrillos de uno de los bolsillos del pantalón, enciende el cigarro y empieza a fumar.
― ¡Si no me contestas el celular! ¡Necesito tu tarjeta de crédito!―responde la joven y acto seguido se retira de los ojos unos lentes oscuros para el sol.
En ese instante el grito de un pavo real, que se pavonea para llamar la atención de una hembra, los interrumpe. Por un instante el abanico policromado de su cola los hechiza. Cosa que no sucede con la pava, que ignorando el cortejo en su honor, sigue picoteando el tupido pasto.
― ¿Ya secaste nuevamente tus tarjetas de crédito?—ella asiente con la cabeza—. ¡Eres peor que tu madre…!
―¡Madrasta querrás decir! ¡Y por favor no me compares con ella!―es cómo la chica interrumpe a su padre, mientras juguetea con los lentes entre sus dedos.
El pavo real vuelve a gritar, y esta vez arrastra sus hermosa y majestuosa cola cerca a la pava, pero ella sale huyendo.
― ¡Toma la tarjeta y vete de aquí!―el capo mete su mano derecha en el bolsillo del mismo costado del pantalón y saca su billetera, y de ella una tarjeta dorada de crédito. Lanza una bocanada de humo, extiende su mano y le pasa la tarjeta a su primogénita.
Yeris la toma sin vacilar, mientras sonríe―. ¡Tengo el padre más maravilloso del mundo! ¡Gracias, besitos!⸺pero por un momento se interesa por la víctima que tienen en la bodeguita del horror⸺. ¿Oye y a quién están masacrando ahí? ¿No me digas qué es el tipo que me piropeo el otro día en el restaurante?―e intenta mirar por encima de su padre.
―¿Por quién me tomas? ¿Por un padre maniático? ¿Cuándo me he molestado porque te enamoren? Soy consciente de que tengo una hija bien linda, y que es natural que le gustes a los hombres.
― ¡Ya! Te recuerdo que una vez le echaste un ají tabasco en los ojos a un chico, porque me sonrió y me guiñó el ojo. O cuando le cosiste la boca con aguja e hilo a un pobre joven porque me estaba silbando. O la vez que…
―¡Que te largues de aquí! ¡“Machete”, “gato” llévensela de aquí!⸺ interrumpe Ernesto Malo a su hija, y le pega la última calada al cigarro. Arroja la colilla al suelo.
―¡Que amargado eres papi! ¡Ya me voy! ¡Y recoge eso de ahí!—y Yeris señala la colilla en el suelo—. Eso puede provocar un incendio, sin mencionar lo que contamina…
—¡Qué te largues! Ahora vienes a darme orden en mi casa…—Yeris le tuerce los ojos—. Vete de compres y déjame en paz.
Y la fémina junto a sus dos guardas espaldas se sube en su lujoso auto y se va a utilizar la tarjeta de crédito de su padre. Mientras, el narcotraficante vuelve a entrar en la bodeguita y continua con su sádica labor.
Dentro de dicho sitio hay un hombre de tez morena y de unos veinte años de edad. Lo tienen atado de pies y mano a una silla, y sangra mucho. El jefe del cártel de Medellín Ernesto Melo Malo Puertas, quien se conoce con el alias de “el malo”, lo sigue torturando.
― ¡Habla maldito! ¿Dime por qué piropeaste a mi hija?―grita encolerizado el mafioso y lo toma de la cabeza, le da una bofetada. Tres de sus malhechores observan.
―¿Patrón?―lo interrumpe uno de sus hombres.
― ¿¡Qué!? ―responde Ernesto Malo y se gira bruscamente hacía el hombre que le ha hablado.
―¡Patrón, ese mán se desmayó y se ha cagado del miedo!
Alias “el malo” repara a su víctima y hociquea un poco—Pensé que era el olor del chiquero. Está cagado—todos ríen⸺. Laven a ese cochino y se lo llevan lejos de aquí⸺el capo lanza un escupitajo al suelo y llega hasta un lava manos y se lava. Toma una pequeña toalla y se va hacía su mansión, secándose las manos.
Hay tres cosas que el capo de capos no soporta. La primera, que se le caiga un envío de drogas. La segunda, que lo traicionen. La tercera, y era la que menos soporta; que le enamoren a la hija. Es un padre sobre protector, súper celoso, pero de unos celos enfermizos.
Yeris Malo Puertas la hija de Ernesto Malo, ya se encuentra en un centro comercial de tiendas exclusivas, derrochando la fortuna de su padre. Entra en una joyería y de inmediato queda flechada con el encargado de la tienda, quien por casualidades de la vida, es Sneyder.
―¡Bienvenida a su joyería Imagination!―es cómo la recibe el apuesto encargado.
― ¡Gracias guapo!―responde ella feliz de la vida. La joven le clava una picara mirada acompañada de una coqueta sonrisa.
La joven empieza a recorrer las calles que forman las vitrinas de cristal, mientras Sneyder la sigue. Sus dos guarda espaldas se quedan a una distancia prudente, casi en la entrada de la tienda. Hay dos clientes más que son atendidos por dos empleados de la tienda. Aparte de las preciosas y costosas joyas, hay una decoración extraordinaria que hace al sitio, más llamativo y hermoso.
Alias “gato” uno de sus guarda espaldas, se da cuenta del gesto de la chica y no le gusta mucho. Es por eso que frunce el ceño. Ha tenido un ataque de celos. Porque en el fondo de su ser, ama a Yeris con locura. Su compañero se le acerca un poco más y disimuladamente le dice casi al oído:― ¡Modérese llave! ¡Solo le falta que la coja de los pelos!—y para disimular un poco más, “machete” se queda observando las joyas que hay en una de las vitrinas.
“Gato” se le acerca y de la misma manera, le responde a su compañero.
―¡Ganas no me faltan, para que se deje de botar la baba por ese pendejo!―y sin dejar de ceñir el entre cejo, mira a su compañero y al hombre que su jefa le coquetea.
― ¡Pues, vaya recordando de quien es hija, y para que le pagan!—“machete” lo vuelve a mirar y después vuelve a clavar sus ojos en la misma vitrina.
―¡Solo le falta que lo bese!―sigue “gato” reprochando el comportamiento de Yeris.
―Es libre de hacer lo que se le venga en ganas— vuelve a responderle “machete”. Gira su cabeza y mira a “gato”—. Mejor deje de soñar y bájese de esa nube. ¿Sabe qué? Mejor vamos a disfrutar de estas hermosas joyas que jamás tendremos―y alias “machete” ríe—. Mire qué reloj. Con ese precio me compro una casa. Ja, ja, ja.
―¡Se equivoca “machete”!—lo interrumpe “gato” que no le ha hecho gracia, el chiste de su compañero—. ¡Yo voy a conquistar a esa mujer cómo sea! ¡Y le voy a dar joyas, carros, palacios! ¡Mejor dicho, lo que ella quiera! ¡Se lo juro por chuchito lindo!―y se persigna.
― ¿No me digas que vas a matar al papá y a quedarse con su fortuna?―responde riendo y vuelve a mirar el reloj de antes.
― ¡Si toca… lo hago “machetico”! ¡Porque esa mujer va hacer mía, quiera o no el destino!―busca la mirada de “machete” pero su compañero sigue hipnotizado con el costos y hermoso reloj.
―¡Usted se la fumó fue verde, gato! Ja, ja, ja. Deje de hablar mierdas. Mire que reloj tan bacano, y con lo que cuesta, nos pagan un año y sobra. ¡Me gusta ese reloj!
Yeris está siendo bastante evidente, cosa que le gusta al encargado.
―¡Mi nombre es Sneyder!― y le tiende la mano—. ¿Cuál de los dos es tu marido?—y Sneyder dirige su mirada para donde los guarda espaldas de la chica.
—¡Ninguno de los dos! ―responde ella. Y en vez de estrecharle la mano, se le echa encima y le da un beso en la mejilla. Sneyder se incomoda un poco. En cambio, ella ríe y vuelve a poner esa coqueta mirada.
―¿Ya tiene algo escogido o quieres mirar primero?—intenta Sneyder cortar un poco ese juego.
― ¡Mi nombre es Yeris! Voy a mirar un rato… y no te preocupes que no tengo prisa. Me gustaría que me tuteara―le guiñe el ojo derecho sin dejar de sonreír y flirtear.
Sneyder no sabe qué hacer, por eso se va hasta dos clientes que acaban de entrar, la excusa perfecta. Ella se gira y lo sigue con la mirada. “Gato” sigue con su ataque de celos. Pero Sneyder decide seguir atendiendo a la hija del jefe del cartel de Medellín. Ella vuelve a sentirse dichosa de la vida.