Capítulo 4: "La familia de las Sombras"

1034 Palabras
Un pequeño televisor viejo, alimentado por baterías, muestra las noticias del amanecer. La imagen es distorsionada, pero suficiente para ver los titulares: “Explosión en Café Mirage: periodista acusado de terrorismo”. La foto de Gabriel aparece en pantalla. La presentadora sonríe con una calma antinatural mientras narra su muerte. Él apaga el televisor con rabia. —Ya soy un fantasma, y todavía no me he ido. Lía despierta, sobresaltada. —¿Qué hora es? —Ni el reloj quiere funcionar aquí abajo —responde él. Ella se sienta, cubriéndose los brazos. —Soñé que la ciudad ardía… y nadie salía a mirar. Gabriel le ofrece un sorbo de agua. —Eso no fue un sueño. Solo viste el futuro. De los túneles se escucha el rugido del metro pasando sobre sus cabezas. Cada vagón suena como un monstruo metálico tragándose el tiempo. Gabriel revisa su cámara, aún funcional. En la memoria encuentra las últimas imágenes del café en llamas, Iris cayendo, y su propia voz gritando entre el humo. La pantalla tiembla, y por un momento cree escuchar algo más: una voz femenina susurrando, distorsionada por la interferencia. —¿Escuchaste eso? —pregunta. Lía niega con la cabeza. —Solo el ruido del tren. Pero él insiste. Retrocede el video, ajusta el volumen. Entre las llamas y los gritos, una frase emerge, apenas audible: > “La verdad respira en la sombra.” Gabriel siente la piel erizarse. Esa era la frase que Iris solía usar para cerrar sus informes. Lía lo mira confundida. —¿Qué significa? —Significa que Iris sabía que la iban a silenciar. Guarda la cámara, respira hondo, y se levanta. —Tenemos que salir de aquí. No puedo quedarme esperando a que decidan cuándo morir. El viejo de la cicatriz los observa en silencio, y antes de que partan, murmura: —Si buscas respuestas, ve al puerto viejo. Allí comienzan todas las mentiras. El camino hasta el puerto es una travesía entre ruinas: callejones inundados, casas tapiadas, niños con ojos vacíos. Gabriel los observa mientras camina, reconociendo en ellos las consecuencias de cada decisión tomada por los poderosos. > “El placer de unos pocos siempre se alimenta del hambre de muchos,” piensa. A lo lejos, la silueta del puerto emerge como un monstruo dormido bajo la niebla. Cuando llegan, el olor a sal y petróleo lo envuelve todo. Los barcos oxidados descansan como esqueletos de hierro. Entre los contenedores, hombres armados vigilan el paso. Gabriel reconoce el logo en sus chaquetas: Euphoria Logistics. —El club también tiene barcos —murmura Lía. Gabriel asiente. —Y lo que no pueden mover por el cielo, lo esconden bajo el mar. El puerto vibra con una calma extraña, como si el mar supiera guardar secretos. Entre los contenedores oxidados y las luces parpadeantes, se mueve un ejército silencioso de cargadores, camioneros y hombres con rostros sin nombre. Todo huele a combustible, sudor y miedo. Gabriel observa el logo en los contenedores: una silueta femenina entre olas doradas. El mismo símbolo que llevaba el club Euphoria en su entrada principal. —Aquí está el otro extremo del placer —murmura. Lía lo mira sin entender. —Esto no es placer… esto es esclavitud. —Para ellos es lo mismo —responde él. En su voz hay más cansancio que rabia. Saca su cámara, pero no se atreve a grabar. Sabe que en este lugar, hasta la luz puede ser un delator. Entre las sombras aparece un hombre con una gorra marinera y una barba tan espesa como el humo que lo rodea. Se apoya en un bastón tallado y sonríe con cierta ironía. —No muchos se atreven a caminar por aquí con los ojos abiertos —dice. Gabriel lo observa con cautela. —Solo los que ya no tienen nada que perder. El hombre asiente, encendiendo un cigarrillo. —Entonces somos de la misma especie. Se hace llamar El Navegante. Nadie conoce su nombre real. Algunos dicen que fue capitán de la marina antes de venderse al contrabando. Otros aseguran que es solo un mito que el puerto inventó para asustar a los novatos. Pero su mirada dice otra cosa: ha visto más muertes de las que quisiera recordar. —Busco información —dice Gabriel. —Aquí la información flota —responde El Navegante—. Pero siempre hay que pagar por subir al barco. Gabriel le muestra una foto de Damián Luján. El Navegante suelta una carcajada grave. —Ese tipo no navega… hace naufragar. Luego se pone serio. —Sí, sé quién es. Tiene un barco que no figura en los registros, el Euphoria III. De noche zarpa sin luces, y de día regresa vacío. Nunca lo revisan. —¿Qué lleva a bordo? —pregunta Lía. —Almas con precio —responde él, mirando el horizonte. La frase cae como un peso sobre el aire. Gabriel siente el impulso de ir de inmediato al barco, pero el Navegante lo detiene con un gesto. —No se entra al infierno por la puerta principal. Si quieres saber la verdad, tendrás que convertirte en uno de ellos. —¿Y tú podrías ayudarme? —pregunta Gabriel. —Tal vez —dice el viejo—, si me das una razón para volver a creer que los hombres todavía sirven para algo más que venderse. Gabriel guarda silencio. No hay discurso que pueda convencer a un hombre roto. En lugar de hablar, le muestra la grabación de Iris, la frase “La verdad respira en la sombra”. El Navegante observa el video con atención. Cuando termina, apaga su cigarrillo y asiente. —Esa mujer no hablaba por hablar. Vi su cuerpo sacado del agua hace una semana. Pero si grabó eso, entonces alguien la traicionó antes de morir. La noticia cae como un golpe. Lía se cubre la boca, ahogando un grito. Gabriel se queda inmóvil. —¿Estás seguro? —pregunta, con la voz endurecida. —Tan seguro como de mis pecados —responde el viejo. Le entrega una pequeña memoria USB. —Encontré esto flotando cerca del muelle el día que la sacaron. Nunca la abrí. Tal vez tú debas hacerlo.
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