Capítulo 5: Proyecto Hades

1453 Palabras
Al recibir la noticia de que Iris la informante, estaba muerta, Gabriel toma la memoria USB que el Navegante le entregó con cuidado, como si sostuviera un trozo de su pasado. El Navegante se da media vuelta. —No me busques de nuevo, periodista. Si lo haces, es que ya estás muerto. El eco de sus pasos se mezcla con el ruido de las olas. La niebla se cierra detrás de él, como si el puerto lo devorara. Gabriel y Lía caminan hasta un contenedor vacío y prenden una lámpara portátil. La memoria parpadea cuando la conectan a la cámara. En la pantalla aparece un archivo: “Proyecto Hades - Confidencial”. Gabriel respira hondo, sabiendo que esa palabra cambiará el rumbo de todo. > “Cuando los dioses callan —piensa—, el infierno habla por ellos.” El sonido del mar queda atrás. Dentro del contenedor, el aire se siente espeso, casi eléctrico. Gabriel observa la pantalla titilante: el archivo Proyecto Hades se abre lentamente, como si dudara en revelar su contenido. Lía sostiene la lámpara, su rostro pálido, los ojos fijos. En el monitor aparecen nombres, cifras, coordenadas marítimas y un logotipo gubernamental: Ministerio de Seguridad y Comercio Exterior. Gabriel siente un escalofrío. —¿Lo ves? —susurra Lía—. Es una operación oficial. —No —responde él—. Es un infierno con licencia. Desplaza el cursor, abre un video incrustado. La imagen muestra un grupo de hombres en un almacén iluminado con luces azules. Varios cuerpos femeninos, desnudos y drogados, son marcados con códigos de barras. Una voz fuera de cámara da órdenes en tono burocrático. Gabriel tiembla. No hay nada más monstruoso que la maldad legalizada. El segundo archivo contiene grabaciones de reuniones privadas. Rostros pixelados, pero voces reconocibles: el ministro de defensa, un juez, y un empresario que Gabriel ha entrevistado en televisión. Hablan de “reubicación de material humano” y de “optimización del deseo como recurso económico”. Lía apaga la lámpara un instante, no soporta mirar. —Esto… esto es una red internacional —dice ella. —Y el placer es la moneda —responde él. En el fondo del archivo hay una carpeta llamada IRIS / PRIORIDAD 01. Gabriel la abre con manos temblorosas. Dentro hay una grabación, fechada dos días antes de su desaparición. Iris aparece en la pantalla, en una habitación sin ventanas. Lleva una chaqueta azul, la voz quebrada pero firme. —Si están viendo esto… ya saben demasiado. Proyecto Hades no es un tráfico. Es un experimento. Nos están estudiando. Gabriel traga saliva. —¿Qué demonios hiciste, Iris? —murmura. El video sigue. Iris habla sobre una droga sintética llamada Eden-X, diseñada para eliminar el sentido de culpa y amplificar el placer. “Querían probarla en personas desesperadas, luego en las poderosas”, dice. “Pero alguien decidió que el negocio era más rentable que la ciencia”. En el fondo se escucha un golpe de puerta, gritos. El video se corta. Lía respira agitada. —La mataron por esto. Gabriel asiente en silencio. Durante unos segundos nadie habla. El eco del mar, distante, parece el único sonido que queda. Gabriel se pasa la mano por el rostro, tratando de procesar la magnitud del hallazgo. —Tenemos pruebas suficientes para tumbar a medio gobierno. —Y para que nos maten antes de publicarlas —responde Lía. Él la mira con una mezcla de respeto y tristeza. —Entonces habrá que decidir qué vale más: vivir mintiendo o morir diciendo la verdad. Fuera, el ruido de un motor rompe la quietud. Luces de linternas atraviesan la niebla. Gabriel apaga la laptop de golpe. —Nos encontraron —susurra. Lía guarda la memoria en su chaqueta, mientras Gabriel empuja la puerta del contenedor. Dos figuras armadas se acercan entre los muelles. No llevan uniformes, solo trajes oscuros y miradas vacías. —No dispares —dice ella—. Sabrán donde estamos — Corre cuando te lo diga— dice él —. El primer disparo suena como un trueno. Una bala perfora el costado del contenedor. Gabriel arrastra a Lía por el pasillo de carga, saltando sobre cables y charcos. El eco de los disparos se mezcla con el rugido del mar. Corren hasta una escalera metálica que conduce a los niveles superiores del puerto. Detrás, los hombres siguen disparando. El aire huele a sal, metal y muerte inminente. Gabriel alcanza una grúa abandonada y se cubre tras los controles. Lía sangra del brazo, pero sigue firme. —¿Quienes demonios son? —pregunta. —Los guardianes del placer —responde él con ironía amarga. Saca su cámara y la lanza al mar. —¿Qué haces? —grita ella. —Nos rastrean por eso. Lo que importa está aquí —dice, golpeando su pecho donde guarda la memoria. Los disparos cesan. Solo se oye el viento golpeando las lonas del puerto. Lía tiembla, el frío y el miedo la invaden. Gabriel la mira fijamente. —Si Iris tenía razón, Proyecto Hades no solo destruye cuerpos… destruye almas. En la distancia, un helicóptero aparece entre la niebla. Las luces rojas giran como ojos demoníacos sobre el agua. —La cacería ha comenzado —dice él, mientras el ruido se aproxima. El helicóptero ilumina el puerto como un ojo divino buscando culpables. Gabriel y Lía corren hacia un túnel de drenaje que desemboca en los barrios bajos. El agua les llega hasta las rodillas; el aire huele a óxido y podredumbre. La ciudad brilla arriba, ajena al caos que se arrastra debajo. “Así es Arkania —piensa Gabriel—, un paraíso construido sobre un pantano”. Detrás de ellos, los motores rugen, pero el eco los confunde. Emergen por una alcantarilla que da a un callejón donde los anuncios de neón parpadean con palabras como Deseo, Placer, Éxtasis. Mujeres con máscaras holográficas caminan entre los bares. Nadie mira a nadie. Todo se compra, incluso el silencio. Lía se apoya en la pared, agotada. —¿Dónde estamos? —En el vientre de la bestia —responde Gabriel—. Y conozco a alguien que vive cómodamente aquí dentro, sólo espero que no nos dispares antes de reconocer quien soy, no le gusta hacer nuevos amigos. Quédate detrás de mi, no quisiera enfurecerlo. Mientras tanto, el ministro Marcus Alvaréz Rhenhart, coordina la casería de Gabriel y Lia pues se encontraban muy cerca de exponer el Proyecto Hades el cual había sido vendido al público como un programa de “seguridad avanzada para la protección nacional”. En realidad, era el corazón de la corrupción de Santoro: un esquema que canalizaba recursos estatales hacia empresas fantasma que movían cargamentos ilegales a través de los puertos y zonas francas, mientras que los organismos internacionales eran manipulados desde adentro para mirar hacia otro lado. Lo que pocos sabían era que Rhenhart había sido quien convenció a Santoro de expandirse no solo al narcotráfico, sino también a la trata de mujeres, especialmente jóvenes desplazadas por la crisis. Las rutas marítimas, supuestamente destinadas al comercio exterior, se convirtieron en corredores nocturnos donde desaparecían vidas enteras. Para el ministro, aquello no era un crimen, sino “capital humano trasladado para mercados que pagan más”. Cuando Gabriel empezó sus investigaciones, Rhenhart fue el primero en percibir el peligro. Sabía que un periodista bien entrenado era más letal que cualquier arma, y que Lia —como agente de Interport— podía conectar hilos que él llevaba años esmerándose en cortar. Ordenó entonces que se activara una pieza olvidada del Proyecto Hades: la Operación Eclipse, una estrategia diseñada para eliminar infiltraciones internas sin dejar rastros, usando mercenarios que nunca aparecían en los archivos oficiales. Si el Proyecto Hades caía, caía todo el gobierno. Por eso blindó las aduanas, sobornó inspectores, compró jueces y utilizó la crisis nacional como excusa para militarizar zonas estratégicas. Pero la red no tardó en mostrar grietas. Los primeros indicios de fuga de información activaron alarmas internas. Rhenhart empezó a notar contradicciones en los reportes, movimientos irregulares en los puertos y, sobre todo, un patrón inquietante: alguien estaba destruyendo los eslabones más débiles de la cadena. Entonces Rhenhart convocó una reunión de emergencia. En una sala blindada, con pantallas que mostraban mapas de rutas comerciales y perfiles de operativos clandestinos, Sin embargo, lo que no previó fue que Interport —gracias a información filtrada por un agente arrepentido— había interceptado las comunicaciones internas del ministro. La caída del Proyecto Hades ya era inevitable. Santoro aún luchaba por mantener el control, pero Rhenhart lo sabía: el final estaba escrito. Arkania estaba a punto de incendiarse… y él tenía demasiado que perder.
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