Tras escapar de los mercenarios que los perseguían y del helicóptero, Gabriel y Lia caminan por un pasillo húmedo hasta llegar a un taller lleno de pantallas rotas, cables, y el olor inconfundible del café barato. En el centro, un joven de cabello blanco y ojos tatuados observa un monitor como si hablara con él.
—¿Sabes que estás muerto, periodista? —dice sin volverse.
Gabriel sonríe levemente.
—Siempre lo he estado, Dante. Solo que ahora me avisaron.
Dante gira la silla y los observa. Lleva una chaqueta militar remendada y guantes sin dedos.
—¿Quién es la chica?
—Una periodista… demasiado curiosa.
—Eso mata más rápido que la heroína —responde, encendiendo un cigarrillo—.
Gabriel le lanza la memoria USB. Dante la atrapa al vuelo.
—Proyecto Hades —dice, leyendo el nombre del archivo—. Suena a mito, o a condena.
El hacker inserta la memoria en su sistema y comienza a teclear. En las pantallas aparecen códigos cifrados y mapas digitales.
—Interesante —murmura—. Tiene una encriptación triple del Ministerio y un rastro militar. Esto no es solo contrabando… es biotecnología aplicada.
—¿Puedes descifrarlo? —pregunta Gabriel.
—Puedo intentarlo, pero costará caro.
—¿Dinero?
—No. Tiempo… y sangre.
Mientras las máquinas trabajan, Dante los observa con una mezcla de cinismo y curiosidad.
—¿Por qué te metes en esto, Gabriel? Tú eras bueno con las palabras, no con las balas.
Gabriel mira la pantalla, su reflejo se distorsiona entre los códigos.
—Porque me quitaron la voz cuando mataron a mi familia. Ahora la recuperaré aunque sea gritando.
Flashback de Gabriel, Melissa la esposa de Gabriel y su hijo se encontraban en la casa, Gabriel apenas acababa de salir para la editorial, Melissa estaba contra el tiempo, pues se hacía tarde para dejar a su hijo en el colegio. Al salir de casa Gabriel notó un auto estacionado a una cuadra de su casa, pero no le hizo caso, era un vehículo n***o con los cristales tintados. Cuando los sujetos del vehículo vieron a Gabriel alejarse, irrumpieron en su casa, encontrándose con su esposa y su pequeño hijo. Minutos después el teléfono de Gabriel sonó, una voz distorsionada le dijo. —te dije que te alejara, ahora pagará el precio —. Quien eres — dice Gabriel — tu intromisión te costará muy caro —y en el fondo se escuchan los gritos de su hijo y esposa. Gabriel maniobra el volante d su vehículo como quien lleva mucha prisa dando una vuelta sin pensar en que alguien podía venir detrás, y efectivamente, se estrelló contra una camioneta que se dirigía en sentido contrario. Cuando despertó estaba hospitalizado con una herida leve en la frente. Los noticiarios, pasaban una y otra vez la fatal tragedia del incendio de la casa del reconocido periodista Gabriel Montes, pereciendo en su interior su esposa e hijo. Fin del Flashback.
Lía lo mira en silencio. Algo cambia en su expresión: por primera vez, cree en él.
Dante suelta una carcajada seca.
—No sabes en qué agujero te estás metiendo. El Proyecto Hades es el corazón de este país. Lo que toques ahí… sangra poder.
—Entonces sangrará —dice Gabriel.
El hacker asiente, resignado.
—Eres peor que un loco. Pero los locos son los únicos que todavía hacen historia.
La computadora emite un pitido agudo.
—Tengo algo —dice Dante—. Hay un servidor oculto, en una instalación llamada El Santuario. Oficialmente es un centro de rehabilitación de adicciones, pero según esto, es donde prueban la droga Eden-X en humanos.
Lía palidece.
—¿Dónde queda?
—En la zona alta, el distrito presidencial. Vigilancia total.
Gabriel se levanta.
—Entonces iremos allí.
Dante lo detiene con una mirada gélida.
—No llegarás ni a la entrada.
—Lo sé —responde él—, pero alguien tiene que intentarlo.
El hacker suspira y le lanza un chip.
—Esto te dará acceso al perímetro, pero una vez dentro… estás solo.
Fuera, la lluvia comienza a caer sobre los techos oxidados. Gabriel observa las gotas deslizarse por la ventana.
—¿Sabes lo que más me asusta, Dante? —pregunta.
—¿Qué?
—Que ya no sé si peleo por justicia… o solo por no sentirme culpable.
El hacker apaga su cigarrillo.
—Da igual. Mientras dispares en la dirección correcta, el infierno aplaudirá.
La ciudad duerme en apariencia, pero el cielo está vivo con relámpagos silenciosos. Gabriel y Lía avanzan por una carretera desierta hacia la zona alta. La lluvia golpea el parabrisas como metralla. En el horizonte se alza El Santuario, una estructura blanca y reluciente, rodeada por muros electrificados y cámaras térmicas. Desde lejos parece un templo, pero su brillo tiene algo antinatural, casi quirúrgico.
Dante les ha proporcionado credenciales falsas. Lía finge ser parte del cuerpo médico, Gabriel, un inspector de seguridad. En la garita, un guardia los escanea con un dispositivo que zumba al pasar por sus manos.
—Turno nocturno, unidad seis —dice Gabriel, con voz firme.
El guardia apenas lo mira; sus ojos están vidriosos, moviéndose con lentitud. La piel bajo su cuello tiene marcas circulares.
—Bienvenidos al Santuario —responde, con una sonrisa vacía.
Al entrar, un olor a desinfectante y perfume se mezcla con el eco de risas lejanas. Pasillos blancos, cámaras en cada esquina, y puertas numeradas con símbolos griegos. Lía aprieta la mano de Gabriel.
—Esto no parece un centro médico.
—No lo es —dice él—. Es una fábrica de placer.
De una de las salas se escapan gemidos y llantos, mezclados en una misma sinfonía.
En una habitación de observación, varios sujetos están conectados a tubos intravenosos. Sus ojos brillan con una luz azulada, y sus cuerpos tiemblan en un trance placentero. Una doctora toma notas, mientras una pantalla muestra su actividad cerebral.
—Niveles de dopamina óptimos. Protocolo Hades completado —dice.
Gabriel graba todo con una micro cámara oculta. Siente un nudo en la garganta; aquello no es placer, es programación emocional.
De pronto, una voz por el intercomunicador interrumpe la calma.
—Unidad seis, acérquese al laboratorio central. El doctor Valen quiere supervisar su llegada.
Gabriel y Lía se miran; ese nombre ya aparecía en los archivos.
—Sigamos el juego —susurra ella.
El pasillo se ilumina de rojo mientras avanzan, y cada paso suena más fuerte, como si el edificio respirara.
El laboratorio es un recinto circular, lleno de tanques con líquido ambarino. Dentro flotan cuerpos conectados a cables, en diferentes etapas de conciencia. En el centro, un hombre con traje blanco los recibe. Es alto, con rostro sereno y mirada que corta el aire.
—Inspector, doctora… —dice con voz pausada—. Qué honor tenerlos aquí.
Gabriel reconoce su rostro de inmediato.
Era el ministro de salud, uno de los nombres del archivo Hades.
—Esto… esto es ilegal —dice Gabriel, fingiendo indignación.
El ministro sonríe con calma.
—La moral es un lujo de los pobres, señor periodista. Aquí creamos el futuro. El dolor y el placer son solo herramientas.
Lía da un paso atrás.
—¿Y esas personas?
—Voluntarios —responde él—. Todos buscaron algo que el mundo no les dio. Yo solo se los proporcioné.
Gabriel lo enfrenta.
—Lo que hace no es ciencia, es tortura.
El ministro ríe suavemente.
—La tortura es una palabra antigua. Nosotros la llamamos evolución sensorial. Pronto el placer será la única religión, y el sufrimiento, un mito.
Camina hacia uno de los tanques y toca el cristal.
—¿Sabes qué diferencia a un Dios de un hombre, Gabriel? Que Dios no siente culpa.
En ese momento, una alarma se activa. En las pantallas aparecen sus rostros con la etiqueta INTRUSOS DETECTADOS.
Lía corre hacia la salida; Gabriel empuja una camilla para bloquear la puerta.
—¡Dante nos vendió! —grita ella.