Capítulo 8: "La cena"

1594 Palabras
Es de noche.   Yo estoy en mi habitación, como siempre dibujando.  Oigo que tocan.   - Pasa. - digo. A los segundos veo el rostro de mi hermano.   - Oye, ponte algo decente que los vecinos nos invitaron a cenar.   - ¿Que vecinos?   - ¿Que vecinos van a hacer? Los amigos del tío.  - Ni de broma. - digo.  Mi hermano suspira con fastidio. - ¿Hay algo que yo te diga que no me discutas? Realmente eres un chico difícil, me estresa ser tu padre postizo.  - No soy difícil, tú me pones en situaciones que no me gustan.   - Que tanto, es ir a cenar acá enfrente, literalmente. Nos ahorramos tener que cocinar.   - Yo cocino.   - No nos la vamos a pasar a macarrones con queso y pizza.   - Pruébame...  - Te doy cinco minutos para que te vistas o vendré por ti y juro que no será de tu agrado cuando te baje arrastrando de las escaleras. - dice y sale de la habitación cerrando la puerta.   René resultó ser peor que mis padres. Ahora entiendo porque me dejaron con él, es como diciendo, "oye, no te quejes de nosotros, que los hay peores"  Me paro refuñando y me visto con lo primero que encuentro. Bajo las escaleras pisando con fuerza, para hacer notar mi enojo.   René me esperaba al inicio de la escalera.   - ¿Estas listo caprichitos? - dice.   - Ni me hables. - digo.   Ambos salimos de la casa, cerramos con llave y nos cruzamos a bonita casa de enfrente.  Mi hermano toca el timbre y a los segundos nos abre una mujer mayor, de cabello blanco y unos bonitos ojos verdes.   - Buenas noches. - dice la mujer. - ¿En qué puedo ayudarlos?   - Buenas noches, somos los sobrinos de Tim Wallace. - dice René. - De acá enfrente.   - Ah, sí. - dice con una sonrisa amable. - Adelante.  Abre más la puerta para que entremos. Ambos entramos.   - Chicos. - dice la rubia vecina con una sonrisa. - Me alegra que hayan venido.  Nos da a ambos un beso en la mejilla.   - Muchas gracias por la invitación. - dice René.   - No hay porque, nos encanta tenerlos aquí. Vengan, vamos a sentarnos.   Nuestra anfitriona comienza a caminar y nosotros la seguimos detrás.   Nos detenemos al llegar al grande y elegante comedor, cuando lo distingo de espada, frente al gran ventanal que da al jardín. Se da la vuelta y nos mira.   - Se acuerdan de mi esposo, ¿no? - dice Kristine.  - Si, Alaric. - dice René. - René y Gabe. - agrega eso último señalándome con la cabeza.   - Si, si, lo recuerdo. - dice el con una sonrisa.   - Genial, vamos a sentarnos, que la cena ya debe estar. - dice nuestra anfitriona.  Los cuatro nos sentamos. Por unos minutos reino el silencio.   Esto es incómodo.   - ¿Y qué edad tienen? - pregunta Kristine.   - Yo 18 y Gabe 16. - responde René.   - Vaya, ¿ya has terminado la escuela?   - Así es, iré a la universidad cuando termine el verano.   - ¿Dónde fuiste admitido? - pregunta la rubia.  - En Berkeley. - responde mi hermano.  A Kristine se le forma una amplia sonrisa.   - No puedo creerlo, es mi alma mater. ¿En qué escuela?   - En la de leyes.   - Yo me gradué en la de negocios. - dice con su bonita sonrisa. - Te felicito.   - Muchas gracias.   - Sabes, aún tengo mucho contacto con algunos de mis profesores. Estoy segura de que no tendrán problema de darte alguna introducción o algo.   - Vaya, eso me gustaría mucho.   - ¿Sí? ¡Genial! Yo podría acompañarte, si no te molesta, claro.  - Al contrario, me encantaría. - dice mi hermano con una sonrisa.  - Fantástico. Mañana llamaré y te aviso cuando vamos.   - Asombroso. - dice René.   - ¿Y qué hay de ti, Gabe? ¿Cuáles son tus aspiraciones?   - Por el momento, la verdad que ni idea. - digo. - Supongo que aún estoy tratando de averiguarlo.   - En realidad está siendo modesto. - dice mi hermano, al que estoy a nada de estrangular. - Dibuja de maravilla e inventa unas historias que son asombrosas. Y no lo digo porque sea mi hermano.   - René. - lo regañó por lo bajo.   - Es la verdad y lo sabes. Pero últimamente no deja que nadie vea sus dibujos o lea sus historias. Se volvió quisquilloso.   - No me digas, me muero por ver uno de tus dibujos. - dice Kristine.  - No son tan buenos. - digo.   - Uno siempre es más severo con su propio trabajo. - dice el vecino, hablando por primera vez. - Pero no tienes que menospreciarte, sobre todo si le dedicas tu tiempo y le pones parte de tu corazón.   Quedo algo sorprendido por sus palabras.   - Gracias. - me sale casi en un susurro, el asiente con una sonrisa apenas.   - ¿Qué hay de ti Alaric? - pregunta mi hermano. - Si me permites preguntar.   - Claro, por que no. También estudié negocios, al igual que Kristine en Berkley.   - Vaya, ¿ahí se conocieron? - pregunta mi hermano.   - No seas tan entrometido. - lo regañó con fastidio.   - Esta bien. - dice Kristine riendo. - Si, nos conocimos ahí. Les parecerá muy cliché, pero no sabía de su existencia hasta que nos tocó hacer un trabajo juntos.   - La chica popular con la rata de biblioteca. - dice el vecino.   - Que va... - dice René con asombro.   - ¿Qué hay de sus padres? Tim mencionó que están juntos desde antes de que se descubriera América.   - Algo así. - dice René. - Se conocieron en la secundaria y no se caían para nada bien. En realidad, era más papá, según pa no tenía un carácter muy fácil de llevar. Eso explica muchas cosas. - agrega esto último mirándome de reojo.   - No me fastidies... - digo por lo bajo.   La cena transcurrió de lo más amena. Hablando de cosas triviales, mientras disfrutábamos de la comida.   Prejuzgue mal a Kristine, es relativamente agradable.   Estamos comiendo el postre, que es brownie con helado.   - ¿Nunca han ido? - pregunta Kristine extrañada.   - En realidad no veníamos a Newport desde que éramos unos niños. - dice René.  - Vaya. Deben conocerla, ¡es la empresa de su familia! - dice la rubia. - Es una de las más importantes de la ciudad. Hasta envidio a Alaric que consiguió un puesto ahí.   - Cuando quieran pueden darse una vuelta. - dice el vecino. - Hay mucha historia ahí dentro.   - ¿Tim te la contó? - pregunto.   Siempre me llamo la atención ese secreto que guarda mi familia.  - Algo así, aunque no ahondó en detalles, lo que es raro en él. Ahí tomé dimensión de lo delicado que es el asunto.   - ¿Ustedes tampoco saben nada? - pregunta Kristine.   - No. - decimos a dúo con René.   - A quien se le ve en el club los fines de semana es a su abuela. - dice Kristine haciendo referencia a la primera esposa del abuelo, la madre de papá, Tim y Jane.  - ¿Se le considera de todos modos abuela por más que le hayas visto una vez en tu vida y ni siquiera te acuerdas? - digo.   - Gabe... - dice René.  - Es la verdad. - digo.   - Todas las familias son complicadas. - dice Kristine. - Solo que hay algunas que saben camuflarlo mejor que otras. Sobre todo, en este ámbito que nos rodea.   - Por eso no quería quedarme aquí. - digo.   - De todos modos, te sirve, se aprende algo de cada situación en la vida. - dice la rubia.   - Hasta de cómo no quieres que sea tu vida. - dice el vecino.   *******  La cena terminó.  Luego de despedirnos y agradecer, volvimos a la casa de Tim. Me detengo en la entrada.  - Tu entra. - le digo a mi hermano. - Naomi pidió que no fumemos adentro.   - Porque no haces algo productivo y paseas a Bobby. - me dice.  Suspiro. - Esta bien.   René entra y a los segundos sale con Bobby. Me da la correa.  Prendo un cigarrillo y comienzo a caminar llevando al peludo canino.   - Julien. - oigo una voz detrás mío. Por mero instinto me doy la vuelta y lo veo al vecino correr con su perro hacia mí. Me detengo y a los segundos el queda enfrente mío.  - ¿Acaso te gusta ese nombre?   - Es mi seudónimo francés. - digo.   - ¿Eres francés? - me pregunta.  - No, pero en gustaría. Admiro mucho su arte. - digo.   - Tienes cara de niño francés. - dice.   - ¿Que querías? - pregunto.  - Te vi salir con Bobby y no quería que anduvieras solo.   - Es un barrio privado, ¿que podría pasarme? ¿Algún idiota podría atropellarme con su lamborghini? ¿o me darán en la cabeza con una botella de Don Perignon?   - En realidad es un Mercedes.   - Me vale tres pepinos. - digo y me doy la vuelta para seguir caminando.   Él se pone a mi lado. - Aquí a una cuadra hay una pequeña plaza. Ahí podríamos soltarlos.   - Prefiero que no, le llega a pasar algo y mi tío me decapita.   - Bobby es un buen chico.   Al llegar a la plaza en cuestión, el suelta al suyo y yo a Bobby. Ambos perros comienzan a correr. Nosotros dos nos quedamos callados, parados, mirándolos. Yo seguía fumando.  - Ojalá pudiera besarte. - suelta de la nada.   Mi cabeza se gira rápidamente en su dirección, lo miro sin poder ocultar mi sorpresa.   - ¿Pero qué demonios dices? - digo con fastidio.   - Lo que pienso. Esa noche de la boda tuve que quedarme ahí atrás solo hasta que se me paso.   - ¿Qué cosa? - pregunto.   Sonríe. - Eres tan inocente... - dice. - Hasta que se me paso la calentura.   - Eres un maldito pervertido. - digo.   Suspira. - ¿Te piensas que no lo sé? Me doy asco a mí mismo.   Su mirada reflejaba sufrimiento. Lo odio, pero no disfruto verlo así.   - ¿Acaso quieres desvirgarme? - digo.   - Quiero lo que sea que me dejes hacer. - dice.   - Sabes, es extraño, porque te pregunte si te gustaban los hombres y me dijiste que no.   - Tú me provocas curiosidad. - dice.   - Ah, ya, ya... - digo. - Pues búscate a otro que te quiera hacer de conejillo de India. Bobby, vamos. - llamo al perro. Obedientemente se acerca a mí. Le vuelvo a poner la soja. - Buenas noches. - agrego y comienzo a caminar de vuelta a la casa.   Si me quiere, que venga de frente. No con las típicas excusas de que quiere probar cosas nuevas.   No soy el juguete de nadie. 
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