1. El bolso con dinero
Alexis
Aferro mis dedos a la correa de mi desgastado bolso n***o, mientras prácticamente corro las dos calles de distancia entre mi parada de autobús y el club, llegando tarde por tercera vez desde que comencé a trabajar doble turno, hace dos meses.
Mierda. Mierda. Mierda. Repito una y otra vez en mi mente, porque si Jameson me atrapa otra vez, me veré en serio jodida. Literalmente lo mejor que podría pasarme sería ser despedida.
Una vez que doblo en dirección al callejón al que da la puerta trasera del club, diviso a Tania mordiéndose la uña, y cuando finalmente me ve parece aliviada.
—Vamos, Alex, rápido —hace gestos con la mano para que me apresure y subo de dos en dos el corto tramo de escaleras que da a la puerta.
—Gracias, Tania —trato de decir entre jadeos, recuperando el aliento.
—No hay de qué, ahora corre a cambiarte antes que el imbécil de Jameson te descubra.
Le doy un apretón en la mano para volver a agradecerle, antes de apresurarme en dirección al vestuario de mujeres. Está vacío así que me apresuro a cambiarme la ropa por el uniforme y salgo sujetando mi cabello en una coleta.
Haber tomado doble turno volvió mi vida más caótica, cambió mi horario para dormir y ahora debo preocuparme por no quedarme dormida en la tarde para mi turno noche, ni en las mañanas para mi turno del día. Pero no me arrepiento, me recuerdo todo el tiempo el por qué lo hago.
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Tomo la bandeja con cinco botellas de cerveza y debo hacer uso de toda mi concentración para no perder el equilibrio mientras hago malabares para no chocar con nadie. Como es viernes por la noche el club está atestado de ebrios ruidosos.
Me acerco a la mesa de la esquina donde los clientes son cinco hombres musculosos cubiertos de tatuajes, son realmente intimidantes, parecen pertenecer a una pandilla o algo así.
Uno de ellos me observa de arriba a abajo descaradamente mientras dejo las botellas en la mesa y me remuevo como si existiera forma alguna de esconder mis piernas de su vista, pero Jameson hizo la falda del uniforme realmente corta a propósito.
Las miradas lascivas, los silvidos, los comentarios obscenos, son cosas típicas en un bar de mala muerte como en el que trabajo. Y aunque después de casi tres años trabajando aquí debería estar acostumbrada a que sea mi ambiente laboral, no lo hago, nadie puede. Si no tienes motivos para continuar aquí, terminas dejándolo, en caso contrario, solo aprendes a ignorarlo y continuar hasta el fin de tu turno.
Pero hay cosas que simplemente no puedes pasar por alto.
Siento una mano en la parte trasera de mi muslo, muy cerca de mi trasero, provocando que mi cuerpo entero se tense y la botella en mi mano se desliza por mis dedos cayendo sobre el regazo de uno de esos hombres intimidantes.
Cierro mis ojos al instante en que me doy cuenta de lo que acabo de hacer. Mierda.
—¿Qué mierda has hecho, perra inútil? —El hombre se levanta y me da una mirada de muerte que me hace retroceder.
—L-lo lamento —Aferro mis dedos a la bandeja y retrocedo cuando él intenta avanzar en mi dirección.
—Calma, hermano —uno de los que están en la mesa le pone una mano en el pecho—, déjala ir, no querrás armar un escándalo.
Cuando el tipo lleva su atención a su amigo salgo de allí prácticamente corriendo de regreso a la barra y entonces me encuentro con la mirada de Frank, niega en mi dirección con cierta preocupación en su expresión y sé que sabe tan bien como yo que mi imprudente acción tendrá consecuencias. Las cuales no tardan en atraparme.
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Los nervios son inevitables cuando me paro frente a la puerta de la oficina de Jameson y debo limpiar el sudor de mis manos en mi falda, antes de dar dos golpes dudosos contra la vieja madera.
Jameson es mi jefe, un hombre de unos cuarenta años que parece de cincuenta, huele a cigarro y acosa a la mayoría de las chicas del bar, no es más que un viejo pervertido al que tarde o temprano le llegará la suya.
Frank me avisó que Jameson estaba buscandome y me acompañó hasta la puerta, aunque él se queda afuera me hace sentir segura su presencia allí ya que él tampoco tolera al viejo de Jameson y está en espera de la más mínima oportunidad para golpearlo.
—Pasa —se escucha desde dentro.
Tomo una profunda respiración antes de entrar sin tener otra opción.
Lo primero que diviso es el semblante enojado de Jameson mientras está sentado del otro lado de su escritorio, no sé ni para qué lo tiene no es como si hiciera algo más que mirar traseros y alcoholizarse con su propia mercancía en esta oficina llena de polvo que huele a encierro.
—Siéntate.
Ocupo sitio en una de los asientos frente a su escritorio.
—¿Cuántas veces has estado aquí el último mes, Alexis?
—No fué mi culpa él…
Y entonces esa fingida calma con la que comenzó se desvanece cuando golpea la mesa con su mano y me tenso, callándome al instante.
—¡Responde!
—Cuatro —contesto entredientes.
—Cuatro malditas veces, ¿acaso tratas de batir un récord o simplemente eres tan estúpida que no puedes hacer bien tu trabajo?
Mis uñas se clavan en mis palmas, —Mi trabajo no implica dejarme tocar por tipos asquerosos.
Él dibuja una sonrisa cínica que queda a medias entre una mueca de desprecio.
—Tu trabajo es satisfacerlos con tus servicios, ellos pagan tu maldito sueldo, ¿o preferirías ser una puta en las calles?
Mi mandíbula se tensa porque hay tanto que me gustaría gritarle al muy mal nacido pero no puedo perder este trabajo, es el único sitio en que me tomaron luego de haber dejado el instituto en último año por culpa de mi madre y para cuidar de mi hermanita.
Y él lo sabe.
Jameson se levanta pero mi atención se centra en un punto invisible en la madera vieja de su escritorio mientras siento la rabia quemandome el pecho.
—Si tu sueldo no es suficiente como para dejarte manosear sin quejas, quizás debas ofrecer otros servicios, ¿no crees? piensa en cómo te beneficiaría —no suena furioso, diría que sus palabras salen hasta amables.
Me tenso cuando lo siento a mis espaldas, muy cerca de mí, pero cuando percibo lo que parece ser su mano rozar mi cabello me levanto de un salto.
—Sabes mi posición respecto a eso —lo enfrento y su mirada se endurece. Soy capaz de cualquier cosa por Cassie, pero no eso—. Así que si no quieres nada más…
Trato irme pero al pasar por su lado su mano toma mi brazo y siento la necesidad de raspar la piel con una esponja de acero para borrar su huella.
—Tu sabes lo que quiero, Alexis.
Me safo de su agarre sintiéndome sucia y asqueada, y continúo mi camino hasta la puerta esperando que no se atreva a volver a tocarme, no lo hace, al contrario, solo me da una última advertencia.
—No quiero recibir más quejas, Alexis —me detengo en la puerta con la mano alrededor del pomo— o tendrás que hacer algo más que suplicar para no acabar como una ramera en las calles.
Salgo de allí sin decir nada y Frank camina a mi lado mientras nos alejamos. No me doy cuenta de las lágrimas que se deslizan por mi mejilla hasta que el seguridad me entrega un pañuelo y me quedo un segundo mirándolo antes de tomarlo.
—Gracias, Frank.
Él me mira apenado, —No hay de qué.
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Decido meterme al vestidor para poder calmarme cuando las lágrimas cargadas de rabia e impotencia inundan mis mejillas.
No veo a nadie así que me apoyo en uno de los viejos casilleros y me siento en el suelo, abrazando mis piernas. Este es uno de esos días en que la realidad cae con todo su peso sobre mis hombros y por un momento me permito dejar de lado mi armadura y ser débil un instante.
Solo quiero huir de esta maldita ciudad, comenzar de cero en un mejor lugar y ofrecerle una vida mejor a Octavia.
No pierdo más tiempo llorando porque si comienzo sé que no pararé y me prometí a mi misma no volver a llorar. Tengo un motivo para ser fuerte y esforzarme en luchar por una vida mejor y no quiero decepcionarla.
Cuando me levanto apoyandome en la puerta oxidada del casillero, esta se entreabre y entre mis pestañas húmedas creo ver algo dentro.
Abro del todo el casillero y entonces me encuentro con un bolso n***o. Lo miro extrañada y sumida por la curiosidad echo un vistazo a mi alrededor para verificar que no haya nadie y me atrevo a abrirlo.
Pienso dos veces antes de abrirlo pero finalmente deslizo el cierre hacia abajo y cuando lo abro un jadeo abandona mi boca y el asombro se apodera de mí.
Es un bolso repleto de dinero.
¿Qué mierda?