La Tierra Mágica respiraba luz.
Las lunas ascendían, idénticas y eternas, reflejándose en los lagos flotantes como si el cielo hubiera sido partido en dos para duplicar su esplendor. Cada rincón del claro brillaba con mil colores. Cristales colgantes, lazos de viento y polvo de hadas flotaban en el aire como si el universo mismo celebrara.
Las hadas danzaban. Sus alas dibujaban espirales plateadas mientras los tambores de raíces y cuerdas de líquenes tejían un ritmo que se sentía en el pecho. Ancianas sabias cantaban versos antiguos y niños corrían descalzos entre las raíces doradas de los árboles milenarios.
Lyraeth giraba y giraba con las otras haditas de su edad, la falda hecha de pétalos flotando a su alrededor. Reía. Su risa era música.
Kaelen y Dareth, más altos y ya con esa mirada intensa que muchos no entendían, observaban desde cerca. No bailaban. Nunca lo hacían. Pero sonreían cada vez que ella tropezaba, se incorporaba y volvía a girar como si el mundo entero dependiera de su baile.
—¿Sabes que ella cree en los deseos? —susurró Dareth a su hermano, cruzado de brazos.
—¿Y tú no? —preguntó Kaelen, sin apartar los ojos de Lyraeth.
—Los deseos no salvan a nadie —respondió Dareth, más serio de lo que un niño de diez años debería sonar.
En el centro del claro, la Gran Madre Hada levantó su bastón de savia y luz. El silencio se hizo de inmediato, profundo como una plegaria.
—¡Esta es la noche en que los mundos se alinean! —proclamó—. ¡La noche donde la magia canta más fuerte! ¡Que el Velo se mantenga sellado, y que la armonía perdure un año más!
Todos alzaron sus manos, alas, y voces. Un coro de esperanza. De eternidad.
En ese momento, Lyraeth cerró los ojos. Y deseó.
Deseó que esa noche no terminara nunca.
Deseó quedarse con ellos para siempre.
Deseó que nada cambiara jamás.
Y en lo más profundo del bosque, una sombra abrió los ojos.
Vaelith había escuchado el deseo.
Y los deseos, en el mundo mágico, tienen un precio.