Capítulo 1: Aquella vez, bajo las lunas gemelas
El sol se despedía con tonos rosados sobre los campos encantados de la Tierra Mágica. Las copas de los árboles susurraban viejas canciones y las luciérnagas comenzaban a encenderse una a una, como si respondieran a un llamado secreto.
Lyraeth revoloteaba de flor en flor, con el delantal torcido, las alas llenas de polen dorado y una ramita de lavanda enredada en el cabello.
—¡Mamá! ¿Dónde dejo los pétalos? —gritó, girando en el aire con su canastita colmada.
Su madre, un hada de mirada suave y voz de cristal, le sonrió mientras trenzaba cintas de luna en las ramas más altas del claro.
—Junto al círculo de los deseos, cariño. Pero ten cuidado con los fuegos fatuos… están juguetones hoy.
Lyraeth asintió muy seria, aunque en cuanto se dio vuelta, soltó una risita. A ella también le gustaba jugar con los fuegos fatuos. Siempre le hacían cosquillas en la nariz.
Detrás de ella, dos figuras emergieron entre los arbustos, arrastrando una red hecha de hilos de sombra y escarcha: Kaelen y Dareth. Ambos vestían túnicas sencillas, pero sus ojos brillaban con esa intensidad salvaje que los diferenciaba del resto. Ya desde entonces, algo en ellos parecía antiguo, como si llevaran el peso de un linaje olvidado.
—¡Eso no va ahí! —exclamó Lyraeth, cruzándose de brazos frente a los gemelos.
—¿Y tú cómo sabes? —preguntó Dareth, alzando una ceja con arrogancia juguetona.
—Porque yo ayudo en esto todos los años. —Se inclinó hacia él, alzando el mentón—. Y porque mamá dijo que los hilos de escarcha van en la entrada del círculo, no encima.
Kaelen soltó una carcajada mientras Dareth murmuraba algo sobre hadas mandonas. Aun así, obedecieron.
La tarde se tiñó de risas, carreras por el claro y pequeñas peleas por quién colgaba mejor las estrellas de cristal. Era una de esas escenas que, sin saberlo, se graban en lo más profundo del alma.
Cuando terminaron, los tres cayeron exhaustos sobre el musgo. El cielo, dividido por las dos lunas ascendentes, les regaló un momento de silencio perfecto.
—¿Creen que siempre estaremos juntos? —preguntó Lyraeth en voz bajita, con las alas extendidas como un suspiro.
Kaelen y Dareth se miraron. Y por una vez, hablaron al unísono:
—Siempre.
Pero el destino no conoce promesas de infancia…