La música retumba en el aire, vibrante y envolvente como un pulso que se aferra a mi sangre. Levanto los brazos, giro sobre mis pies y dejo que la risa me suba desde el vientre. Edith me da la mano, tira de mí para que gire de nuevo, y yo me dejo llevar con los ojos cerrados y el corazón acelerado. El suelo está ligeramente húmedo por el rocío, pero mis pasos se ajustan al ritmo, y las faldas se arremolinan a mi alrededor, pesadas y ligeras al mismo tiempo. —¡Ten cuidado, o acabarás mareándote! —grita Edith, riendo con esa despreocupación que me contagia. Me permito reír con ella; un sonido honesto que me limpia la garganta de temores. Es un placer sencillo: bailar en esta celebración, rodeada de antorchas y hogueras, sin nada más que el calor agitando el ambiente. Ojalá todo fuera tan

