Me separo despacio, con el temblor aún en los brazos. Él levanta una mano y, con las yemas frías, me borra una lágrima. —Ve —musita—. Sé mi orgullo, no mi penitencia. Apenas puedo asentir; la garganta es un nudo de sal. Me incorporo. El suelo de tablones cruje cuando retrocedo hacia la puerta. Antes de cruzar el umbral me obligo a mirarlo una última vez. —Padre. Sus ojos vuelven a brillar, firmes pese al agotamiento. —Que los ancestros guíen tu resolución —dice— y que tu corazón no olvide volver a casa. Coloco la mano sobre el pecho, donde late la promesa que no me atrevo a pronunciar, y le regalo una inclinación que es medio reverencia y medio oración. Él cierra los párpados, como quien entrega un juramento a la oscuridad para que lo guarde. La antorcha chisporrotea; el humo ondula

