—No sé cuidar nada —dice al fin, con la voz ronca, baja, como si le costara más esa frase que cualquier batalla—. Solo sé resistir lo que se rompe. Y romper lo que resiste. Una parte de mí se encoge. La otra, se tensa. Sus palabras no suenan a confesión. Suenan a advertencia. Y lo odio por eso. Por la calma con la que asume su propia condena. —Perfecto —respondo—. Yo tampoco soy algo que se cuide. Y ahí nos quedamos. Suspendidos en ese filo exacto donde ni el orgullo ni el deseo pueden salvarnos. No hay beso. No hay roce. Pero nos hemos dicho más que en todas las veces que nos hemos tocado. Él da un paso atrás. No por rendición. Por contención. Como si supiera que un gesto más me haría sangrar… o lo haría sangrar a él. —Salimos en una hora —dice, con un tono de voz firme. Asien

