Capítulo 37

1424 Palabras

El pueblo huele a miedo antes siquiera de asomar a la plaza. Lo noto en el modo en que los perros se escabullen bajo los carros y en el silencio animal de la gente apiñada tras los soportales. Aprieto las rodillas contra los flancos de Arashi. La yegua relincha, incómoda —percibe la tensión—, pero obedece cuando tiro de la rienda y la hago clavar los cascos en el empedrado. El golpe seco rompe el murmullo; las miradas se giran hacia mí como garfios. Doce sogas bambolean sobre un travesaño nuevo, mal cepillado, todavía sudando resina. Hay hombres ya con la mordaza puesta, niños con las manos atadas y una mujer que sujeta el cuello erguido con una dignidad que me traspasa. Respiro hondo. Tengo que ganar tiempo para que Rolan y los demás se dispersen entre los callejones sin ser detectados.

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