Giro y trazo un tajo corto en su cinto. No lo hiere; sí le arranca la hebilla y el peso de la espada se le escurre, golpeando la tabla con estrépito. La gente se ríe. Una risa tensa y desesperada, pero risa al fin. Y la vergüenza es peor que el dolor. Randall se vuelve carmesí. Entonces llega el silbido: breve, agudo: la señal. No me agacho. No puedo. Ayudo al hombre que he liberado a soltar otras manos atadas. El segundo silbido corta el aire, más urgente. Se oyen gritos al fondo del callejón donde estás apostados algunos hombres de Glen: el choque de hierro, el bramar de un caballo. Randall levanta la mano para golpearme con la empuñadura de su espada. No soy tan rápida, pero sí obstinada: levanto mi brazo para protegerme y encajo el golpe. El hueso cruje, el dolor me salta a la ga

