—Me entró urgencia. —Tú sabías que yo iba a actuar. Y aun así te adelantaste. Otra vez. —Si esperábamos diez segundos más, igual alguno de ellos estaría muerto. —Y si yo esperaba tres menos, tú podrías estarlo. No hay necesidad de alzar la voz, pero noto su tensión en la voz. Yo respiro hondo. Pero no me callo. —No vine al mundo para ver morir a niños sin hacer nada. Si esperabas una esposa que se mantuviera sentada hasta recibir permiso, te casaste con la equivocada. Yo trago saliva. Él también. —Podrías haber muerto hoy —añade—. Y tú lo sabías. —También tú. Pero yo no te lo reprocho. —La próxima vez —murmura, cerca de mi oído—, no habrá una advertencia. Solo una cuerda. Pero esta vez, te la pondré yo y no precisamente alrededor del cuello. —Vaya —respondo, sin cambiar el to

