—Demasiados inviernos —contesta, clavando la vista en las luces que titilan en los balcones—. Cada vez que un señor decide que sobra gente, crece un poco más. Camina y yo lo sigo. A nuestra derecha un corral guarda cabras lustrosas; a la izquierda, un cobertizo desprende olor a cebada recién malteada. Dos ancianos juegan a los dados frente al fuego, como si fuera la cosa más natural del mundo que su protector regresara chorreando sangre ajena. En la escalinata de la taberna, un mozo nos ofrece tazones de caldo. Rolan lo rechaza con un gesto: —Primero acomoda a los nuevos. Luego comeremos todos. El muchacho se inclina y sale corriendo. Entonces Rolan me mira de verdad. No queda dureza en sus facciones: únicamente un cansancio hondísimo y una determinación que lo sostiene erguido. —No

