No espero permiso: alzo la mano buena y la dejo avanzar a ciegas, como un animal que husmea. Él no se mueve. Lo tomo como invitación. Mis dedos tropiezan primero con la línea firme de su clavícula y bajan, tanteando la meseta dura del esternón. Allí, la piel se interrumpe en un surco fino, liso como un hilo de metal fundido. —Esto es acero —digo, sin preguntar. —Tajo de Claymore en Glen Lyon —responde él, con voz neutra. El nombre basta; veo la sangre en mi mente—. Tenía diecisiete. El filo venía con el peso de un Campbell grandote que ya no está para contarlo. Sigo el surco, fino y limpio, hasta la costilla. El músculo tiembla cuando lo rozo. —Este cruce en tu esternón… —apunto. —Alabarda rota, la noche que incendiaron el puesto de vigilancia en Struan. Creí que era madera lo que ro

