Ajusto la presión de los labios, exploro con la punta de la lengua la vena que late cerca de la ligadura que se estira al bajar la piel que rodea la punta. El aire se vuelve demanda sorda en mis pulmones; acepto el reto y ahondo un poco más. —Noventa… —Sus abdominales se endurecen. Sé que el impulso de querer empujar sus caderas es inevitable, pero se contiene porque sabe que cualquier brusquedad me arrancaría aire. Ese duelo interno me llega como un rumor: el agua transmite cada vibración, cada micro espasmo. —Ciento ochenta… doscientos… —El diafragma intenta contraerse. Trago la fina película de agua que se cuela por la comisura; engaño al cuerpo con la sensación de deglutir aire. Él lanza un gemido rudo, hunde los dedos en el cobre y jura algo que suena a madre de todos los santos cua

