—Jamás he tenido nada mío —continúa—. Nada que no pudiera desaparecer al alba. —Se aparta un palmo para que le vea la cara—. Así que no suelo gastar energía en lo que no depende de mí. Me concentro en lo que sí puedo controlar. Sus palabras me crujen en las costillas. Quiero replicar, pero la boca se me queda tensa. Él vuelve a hundirse despacio, reclamando el espacio que mi cuerpo no sabe negarle. Su frente se pega a la mía; su aliento huele a rabia, a una Ivantia antigua que supura como herida vieja. —Y entonces llegaste tú. Mi esposa. La primera pieza en mi mundo que no es de barro ni de humo. —empuja solo medio centímetro— tú… —otro empuje, tembloroso— eres lo primero que tengo completo, entero, intransferible. Llámalo obsesión si quieres. Para mí eres la única certeza que he tenido

