—¡Contenedlos! —grito, pero los Randall ya se derraman por el patio como agua negra. Huelen a victoria adelantada. El caos es inmediato. Flechas silban, antorchas ruedan, el hierro choca con un chillido que me araña los oídos. Busco a Rolan en la barahúnda y no lo veo. Tampoco a Caelan. El mundo se encoge al tamaño de mi ballesta y de los ojos desquiciados que vienen a por mí. Avanzo entre cadáveres recientes hasta la escalinata del salón. Allí, sobre los peldaños manchados, me planta cara Glen Randall, con su capa oscura y su sonrisa fácil. —Amara —saluda, como si llegara a un baile—. ¿Lista para rendir lo que queda de tu orgullo? Le apunto al pecho con la punta de una flecha, pero el temblor en mi muñeca me delata. Detrás de él, cuatro de sus hombres matan a dos hombres heridos. Mi g

