Rolan alza la mirada, entornada, pero lúcida. Aprieto su mano. Sigue tibia. La mía tiembla. —Te dije que no iba a dejarte morir. —Me dijiste muchas cosas —susurra—. La mayoría eran órdenes. Se le escapa una mueca que quiere ser sonrisa. Me quiebro un segundo, dejo que las lágrimas rueden. Verlo caer me partió, pero clavar mi acero en Glen Randall fue tan fácil que asusta. —Amara —interviene Edith—, si sigues temblando le coseré los puntos en zigzag. Respiro hondo, fijo la mirada en el hilo que se hunde y sale. Cuando ella ata el último nudo, cubre la herida con lino limpio y me cede un paño. —Diez días sin hacer el bruto —sentencia, pero veo en sus ojos que no será tan fácil, que las heridas así no solo matan en las primeras horas y que necesitará cuidados continuos. —Lo intenta

