Amara alza la cabeza y frunce apenas el ceño. —¿Tan pronto? —Arquea una ceja—. Pensaba que tendrías intención de presumir de músculos un par de días más. —El padre Ruadh amenaza con sermones y tormentas. Cuanto antes reparemos su techo, antes dejaremos de oírlo quejarse. La niña asoma la nariz tras la falda. Amara le aparta un mechón de la cara y la pequeña sale corriendo. Cuando ya no la ve, me dedica esa media sonrisa que me tensa los omóplatos. —¿Volveremos después? —pregunta. —No te pega esto, Amara. —No sabía que este lugar exigiera un vestuario o una actitud concreta para entenderlo. Tal vez puedas prestarme tu ceño fruncido y algo de tu desaliño para que logre mimetizarme. Suelto una breve risa; suena como grava. —Ni vestida con harapos pasarías desapercibida aquí. Distraes

