Alessandro El reloj marcaba las siete menos cinco cuando llegué al café frente al Museo de Historia. La lluvia había cesado, pero el aire seguía cargado de humedad. Me quité el abrigo, sacudí las gotas del paraguas y recorrí el lugar con la mirada. Desde entonces, no había podido quitar su voz de mi cabeza. Ginevra nunca hablaba sin un propósito, y si me estaba buscando, era porque algo había cambiado. Y allí estaba ella. Ginevra. Sentada junto a la ventana, con una taza de té intacta frente a ella, vestida de Vinotinto y siempre, impecable. Su reflejo en el cristal parecía tan frío como su mirada. Cuando me vio acercarme, sonrió. Esa sonrisa suya, medida, cortante, imposible de interpretar. —Llegas puntual. Qué raro en ti —dijo, sin levantarse. —Dijiste que era importante —respondí

