CAPÍTULO 1
CAPÍTULO 1
Iris llegó a vivir con su padre y su esposa a la edad de 2 años. Su padre, por miedo a perder toda su fortuna en un amenazante divorcio con su esposa, aceptó las condiciones que esta impuso, las cuales eran que Iris jamás saldría del interior de esa mansión, ni siquiera para ir al colegio.
Que el padre de Iris aceptara esa condición condenó a su hija a un futuro oscuro, lleno de castigos y mucha soledad. Iris, estando encerrada y sola, aprendió a guardar silencio y a nunca desobedecer, o de lo contrario pasaría días sin comer.
A sus 20 años, sabía cocinar cualquier platillo y dirigir toda una casa; sabe de costura, limpieza, enfermería y la repostería es lo que más ama. Sin embargo, nunca fue a la escuela y apenas sabe leer y escribir. Aunque es muy inteligente, nunca le permitieron estudiar.
Iris es la hija mayor de su padre, ya que dos años después de que ella naciera, y cuando llegó a esa mansión que se convirtió en su cárcel, su madrastra ya estaba embarazada. Esa fue otra de las razones por las que su padre no quería separarse de esa mujer: la hija que crecía en su vientre. Las prefirió a ellas por encima de Iris, quien ya había nacido.
—Iris, la señora Crecida quiere para la cena langostas, así que deberías comenzar a preparar todo —una empleada le informa a Iris, y esta asiente.
Iris hizo la lista de lo que necesitaba para preparar lo que su madrastra pidió y se la entregó al chófer, quien se encargó de llevar todo hasta la cocina, ya que Iris no puede salir de ese lugar, a menos que sea para encerrarse en su oscura habitación en el sótano.
Cuando el chófer regresó con todo lo que necesitaba, Iris comenzó a preparar todo minuciosamente y dejó todo perfectamente dispuesto para que los empleados sirvieran la cena, ya que era una cena de negocios y ella no podía mostrarse frente al invitado, pues es la viva imagen de su padre y todos descubrirían que es su hija.
—Iris, como siempre, todos quedaron maravillados con tu comida —una de las empleadas le informa a Iris, quien sonríe con pesar.
—Ojalá algún día pueda cocinar por placer y no porque me obliguen —comenta Iris con tristeza y se retira a su habitación. Ya había dejado todo listo en la cocina; simplemente restaba servirlo y llevarlo a la mesa, y eso podían hacerlo las demás empleadas.
Iris, en su habitación, llora. Por más que ha intentado escapar, lleva 18 años encerrada sin ver a nadie más que a su padre y a su familia. Si algo le han dejado bien claro es que ella no es parte de la familia Müller.
Lo que Iris no sabe es que esa noche se está tejiendo su destino. En esa cena, el abogado de Antón Ivanov se reunió con su familia para entregarles una copia del contrato de matrimonio que ofrece a la hija de la familia.
—Disculpe, señor abogado, pero ¿su cliente conoce a nuestra hija? —indaga Crecida, maquinando un perverso plan en su cabeza.
—No, señora, el señor Ivanov simplemente quiere una esposa de apellido importante, nada más. Piénselo y me avisan cuando tengan una respuesta —el abogado se despide y se marcha tras una cena maravillosa.
Ya en su auto, el abogado saca su celular del bolsillo para llamar a su cliente e informarle cómo salió todo.
—Jefe, está hecho. Creo que mordieron el anzuelo —informa el abogado que apenas Antón contesta.
—Perfecto, amigo. Y si algo llega a salir mal, recuerda que tendremos que hacer todo a la fuerza y liberar a mi reina con la ayuda de la policía —le recuerda Antón, quien no está dispuesto a dejar a esa chica encerrada mucho tiempo más.
—No entiendo cómo una simple foto te enamoró tanto, pero bueno, es tu problema, no el mío. Todo se hará como tú quieras —el abogado finaliza la llamada, mientras Antón observa una pequeña foto en su mano.
—Esa empleada no sabe el favor que me hizo al mostrarme tu foto, mi reina —Antón admira la belleza tan natural de aquella mujer a la que llama "reina". Su empleada más reciente trabajó en la casa de los Müller y le habló de esa chica y del dolor que le causaba trabajar allí y ver cómo la trataban.
Cuando Antón obtuvo esa foto, juró que la liberaría y la convertiría en su reina, la reina de su vida y su fortuna. En el momento que se casen, Antón no dejará de tratarla como lo que es: su hermosa reina.
—Pronto estarás a mi lado, mi hermosa reina —Antón guardó la foto y se fue a descansar. Pronto tendrá a su chica y nadie nunca jamás podrá lastimarla.
Mientras tanto, Iris, que se había quedado dormida en su fría y oscura habitación en el sótano, se despierta exaltada al escuchar cómo Crecida, su madrastra, abre la puerta de golpe, asustándola.
—Seré breve: te casas y nos ayudas a obtener un gran negocio y mucho dinero a cambio de tu libertad, o te quedas aquí, donde morirás siendo nuestra empleada para siempre —Crecida no le daría opción a Iris. Si ella no firmaba voluntariamente el contrato de matrimonio, la obligaría. Hay mucho dinero de por medio, y Crecida jamás sacrificaría a su hija Eliza.
Iris pensó por un momento. ¿Qué podía ser peor que vivir ahí siendo esclava de esa familia? Si se casa, saldrá de esa casa y quizás encuentre la forma de escapar después. Iris tomó el documento de manos de su madrastra y lo firmó.
Ve más oportunidades de escapar casándose que si se queda allí. En 18 años no ha podido salir, así que quizás esta sea la oportunidad que ha estado esperando para ser libre al fin.
Crecida tomó el documento feliz, creyendo que la tonta había caído. Para ella, su hijastra se casaba con la peor escoria del mundo, algo muy lejos de la realidad, pero nunca lo sabrá... al menos no por ahora.
—Mañana te irás con tu esposo —le informa Crecida y se da media vuelta para marcharse, sin importarle dejar a Iris temblando en la habitación.