Capítulo 7: Contratos Vinculantes

1269 Palabras
En la familia Piccolomini, las palabras cena familiar era tanto una amenaza como una invitación a dejar cualquier otro asunto de menor importancia de lado. Nadie faltaba a una cena familiar. Rafael tragó en seco al otro lado de la línea y yo devolví los papeles adentro del sobre amarillo. Finalmente, el fiscal DiMaria había logrado sacar una acusación acerca de los Piccolomini y crear un caso con ayuda de un demandante anónimo. —¿Cuál es el problema, Alicia? —se aventuró a preguntar el chico con una palpable preocupación en su voz. Cualquier indicio de resaca se había esfumado de su voz tan pronto le había dicho que quería resolver una cuestión a puerta cerradas con Lucio y Ekaterina presentes. —El capitán Rossi nos informó mal —dije—. Lorenzo DiMaria no iba tras de mí en su acusación, sino que el acusado de malversación de fondos como la cara de la organización eres tú, Rafa. —¡¿Qué demonios?! —gritó el chico al otro lado de la línea. De todos nosotros, el que era más genuino en sus negocios, era Rafael Piccolomini, y quizás por eso el fiscal había decidido ir por el rostro más público de la familia. —No te preocupes. Resolveré esto —le aseguré al chico y le pedí que no se precipitara en ninguna acción que pudiera ir en contra de mis intentos por salvar su integridad y el nombre de la familia—. Cena familiar a las siete de la tarde. Yo tengo otros asuntos que atender primero. Tenía preparativos que hacer y ventajas que ganar sobre mis enemigos, pero también tenía que atender la reunión con la junta directiva de la Universidad. Ahora más que nunca era necesario un negocio legítimo y aquella alianza nos venía como anillo al dedo. —Tengo entendido que los litigios no son muy frecuentes en el tema de las Bellas Artes. Mucho menos en una universidad como esta —dije cuando comenzó la reunión. La Decana Devi, advertida por Rafael acerca de mi natural terquedad, parecía una mediadora en los esfuerzos para que el resto de los contribuyentes aceptaran mi presencia. —Sin embargo, hemos tenido varios casos donde artistas independientes han plagiado trabajos relevantes de nuestros más talentosos alumnos —explicó la Decana. Visto de aquella manera, tenía sentido. —Además —añadió una de las principales benefactoras de la universidad—, cualquier exposición o exhibición de piezas extranjeras, o de nuestras piezas en el extranjero, tiene que ser por medio de un contrato y con abogados de por medio. —Generalmente, es un bufete de abogados el que se hace cargo de estos temas Uno de los directivos más renuentes fue el primero en estar en desacuerdo. —Despídalos —dije antes de que él pudiera terminar su frase—. Si trabajan conmigo, no van a necesitar ningún equipo de abogados ineptos. Y tampoco van a perder ningún caso. Les aseguro que con mis métodos ganarán el doble de casos, y el doble de dinero, para tal caso. Nadie podía decir que no a mi trato, sin embargo, estaban asustados con lo que significaba para ellos trabajar con mis métodos. —No hay necesidad de alarmarse —reí—. Aseguro legalidad en mi trabajo. Además, si he aceptado esta reunión es para proponer dos cláusulas relevantes en mi contrato. —¿A qué se refiere? —preguntó la Decana Devi un poco alarmada por aquellas palabras mías, pero con algo de cautela para no mostrarse del todo contrariada. —Rafael Piccolomini debe ser m*****o de la junta ejecutiva y mi consultor en todos los casos que lleve —exigí y al notar una mueca por uno de los más escépticos miembros de aquella mesa, agregué—. No es muy inteligente no aceptar mi propuesta. Es más, es una enteramente en favor de ustedes. Es innegable que Rafael será uno de los mayores contribuyentes económicos de esta institución, además de que, a diferencia de muchos de ustedes, que solo están ejerciendo un papel meramente económico, Rafael es un reconocido curador de arte, graduado de un master en la Universidad de Navarrra. De Rafael se podían dudar muchas cosas, como su interés en los negocios de su familia, pero nunca de su talento como artista o su ojo crítico para el potencial de nuevos talentos. Con algo de alivio reflejado en el rostro, la Decana aceptó mi primera propuesta. Mas, le faltaba escuchar la segunda. —¿Cuál sería esa segunda cláusula para el contrato? —se aventuró a preguntar el uno de los benefactores y al ver la creciente sonrisa en mi rostro, tragó en seco. No estaba seguro si sería del todo buena para ellos, pero tenía que preguntar. —Marco Novona trabajará para mí y para mi familia —aseguré y ninguno de los presentes estuvo muy a gusto con mi requerimiento. —Y, precisamente, ¿qué servicios requiere su familia de Novona? —preguntó la Decana. —Mis asuntos con él solo me corresponden a mí, Decana Devi —respondí cortante—. Pero, en cualquier caso, no estoy dispuesta a negociar ninguno de estos dos puntos. —Nosotros no podemos asegurar que Marco trabajará con ustedes... —Lo garantizará, y lo sacará de su plantilla si es necesario —presioné. Ellos no querían ver mis colores más oscuros y yo no quería quemar mi odio en aquel lugar tampoco. Mis balas no eran para usar con aquellos inocentes, sino con otros—. Y déjele saber que tiene que estar presente esta tarde a las siete en esta dirección —dije escribiendo la dirección de la Residenza en una de las hojas de la presentación del borrador del contrato con una pluma roja. —Señorita Salvatore, si Marco no se presenta o no está dispuesto a renunciar a su puesto en nuestra institución, no puedo hacer nada para cambiar su opinión. La decana me siguió afuera de la sala de conferencias, en mi camino a la salida de la universidad, con una palpable consternación en su rostro. Era cierto que no podía hacer nada para cambiar la opinión de Marco Novona respecto a mí o a los Piccolomini, pero en el tiempo que llevaba trabajando para ellos me había dado cuenta que las personas desesperadas o acorraladas en una amenaza son las que más fácil se corrompen en sus ideales y se tragan su dignidad. —Llevo tiempo trabajando con él y es difícil de hacer cambiar de opinión —me intentaba explicar ella, aunque yo permanecía inmutable y continuaba caminando haca mi carro—. Si él decidió que no quiere trabajar con usted... —Entonces le dice que voy a destruir su carrera y su familia —sentencié, haciendo que la mujer tragara en seco y se detuviera al instante. Sopesó cosas en un rápido silencio y luego me habló. —Marco no tiene familia aquí, señorita Salvatore —dijo la mujer—. Él nació en Inglaterra, de padres italianos y fue educado por su abuelo. Sonreí al escuchar lo que la decana me había compartido. Sin duda era una pizca de información que sería muy valiosa para mí en el futuro. —¿Y qué le hace pensar que mis hilos solo se limitan a Italia? —pregunté en una retorcida risa—. Dígale que es un evento formal. Que vaya vestido de un color claro. Blanco, si es posible. Quiero que esté listo para ser parte de la obra de arte que hoy yo seré la encargada de exponer frente a mis aliados.
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