¿Por qué había dicho aquello si no era real? ¿Por qué Marco me atormentaba con su presencia y amenazaba con saber quién era, incluso si yo no lo había notado antes? Si era cierto que él sabía quién era, o me había visto en aquel club con anterioridad, él estaba jugando el mismo juego que yo había diseñado las noches en las que me sentía más vacía.
—Creo que ya es tiempo de que regreses con tu cita le indiqué apuntando a la pelinegra, que tenía sus ojos clavados en mí. Se está impacientando al verte conmigo acá.
Al ver cómo tragaba en seco, me volví hacia él y levanté la mirada.
—Quizás ella malinterprete que estás aquí por mí presioné, intentando suprimir el temblor que se extendía por mis piernas.
Marco bajó sus ojos a los míos. En aquella luz, brillaban oscuros, como piedras en un bosque de madrugada. Tenía la camisa entreabierta, dejándome ver el tatuaje que tenía en el pecho y su mirada iba de mis labios a mi cuello, pero se abstenía de mirarme a los ojos.
En un peligroso movimiento, Marco deslizó sus dedos detrás de mi oreja. Acomodó el cabello que caía suelto, moviéndolo desde mi espalda hasta caer por encima de mi hombro y se acercó tanto a mi oído que podía escuchar su aliento caliente batir contra mi cuello. Olía su perfume y su mano estaba al alcance de la mía, solo bastaba con subir un dedo y me encontraría con su tacto.
—Ella sabe que no me gustan las marionetas de los matones, cómo tú...
Mi mano se alzó hasta su rostro. En mis sueños, la primera vez que sentí el rostro de Marco había sido en un beso. Luego, en una caricia. En la realidad, sus palabras me desconcertaron tanto que le asesté una cachetada con tal fuerza que sentí el picor en mi palma, a la vez que veía la marca roja en si pálido rostro y la sombra de una sonrisa mientras él se pasaba la lengua por la comisura del labio que había recibido parte del golpe.
—Es bueno saber lo mucho que defiendes a tu familia dijo él. Quizás ellos son las personas que mereces en tu vida.
Sus palabras solo sirvieron para enojarme más e intenté empujarlo. Marco se adelantó a mis movimientos y me tomó de los dos brazos y apretándome contra su pecho. Su gesto alarmó a los guardaespaldas que esperaban en el VIP, pero Rafael se encargó de que ninguno fuera a por él en un solo gesto de sus manos.
—No sabes nada acerca de mi familia —dije con desdén mirándole a los ojos.
Marco sonrió con dolor y me dejó las manos libres, más no agregó nada.
Salió del VIP a petición de los guardias y se perdió en un dominante beso con la chica pelinegra. Volví mi rostro al ver la fiereza con la que él la envolvía y la besaba, pero Rafael llegó a mí antes de que pudiera esconder mi rostro en el trago.
—¿Qué te dijo, Liz? —preguntó Rafa, incapaz de apartar sus ojos del pintor.
—Nada —mentí—. Solo puras estupideces. Dame una pastilla. Necesito dormir esta noche.
Rafael sacó una de las pastillas violetas de su cigarrera de metal. El GB54 solo se comercializaba en polvo, pero Ekaterina había encontrado la manera de hacer concentraciones de un peso adecuado, y crear unas compactas pastillas a las que solo los de la familia teníamos acceso. La bajé con el whisky y esperé a que surtiera efecto, mientras me perdía entre las luces de la barra.
No mucho después sentí el tacto de alguien recorriendo mi piel y bajando por mis piernas a besos. Unos dedos se entrelazaron con los míos y sentí despertar. El bartender jugaba con mis cabellos en la sala de estar de mi Loft, más, en mi cabeza era Marco el que me estaba haciendo suya aquella madrugada.
A primera hora de la mañana, la notificación de un correo electrónico urgente resonó en mi habitación tal y como si una alarma de combate. El dolor de cabeza se agravó a medida que iba recuperando mis sentidos. Para mi comodidad, el chico que había llevado hasta mi cama, había decidido marcharse antes de que yo despertara, aunque desconocía si había sido por su propia voluntad o porque mis guardaespaldas se lo habían exigido. La verdad era que ni siquiera me importaba.
A duras penas conseguí salir de la cama y prepararme algo para mitigar los estragos de lo que había significado tomar aquella droga. Nada me era más detestable que perder el control de todas mis facultades, y exactamente eso era lo que se sentía tomar el GB54 para mí, pero, por alguna razón que se escapaba de toda lógica, la noche anterior solo quería olvidar a Marco Novona. Y olvidar todo era solo posible si me perdía a mí misma
La notificación del correo continuaba sonando en la laptop, así que me obligué a revisar de qué se trataba.
—¿Quién diablos necesita escribirme a esta hora?
Por supuesto, entre capos y economistas de la mafia, no llevábamos las informaciones, invitaciones o reportes de ganancias y pérdidas por correo electrónico. Había sido la junta directiva de la Universidad de Bellas Artes de Roma la que me había enviado el mensaje. La remitente del mensaje había sido la Decana Devi, asegurando que la discusión con la junta había sido satisfactoria y el proceso para ser la abogada representante de la escuela ya se había puesto en marcha.
Con una pequeña victoria bajo la manga, me marché a mi oficina en un edificio administrativo que caía bajo la jurisdicción de los Piccolomini. No era un bufete, pues me había negado a trabajar con otros abogados, incluso si estaban bajo mi supervisión. Era más bien una oficina rentada en la que hacía consultas, de acuerdo a mi posición como abogada consejera en varios casos penales, o al menos esa era la fachada de mi presentación. La realidad era que desde allí podía manejar con completa tranquilidad y de manera mucho más eficiente los asuntos y cualquier amenaza que se cerniera sobre mi familia y mi negocio.
Sobre el escritorio, un sobre amarillo con remitente de la fiscalía esperaba a que mis manos lo abriera.
—Es muy temprano para recibir llamadas, Liz —me contestó Rafa al otro lado de la línea cuando le marqué del teléfono fijo—. Llama después de las 3 de la tarde.
—Dile a tu padre que tengo un contrato legítimo con la RUFA —le dije sin importarme su objeción a atenderme—, y estáte listo para una cena esta noche con el resto de la familia.