Capítulo 5: Obsidian

1432 Palabras
—Yo soy Marco Novona. Incluso su voz era insufrible. Su tono iba de condescendiente a autoritario, como si tuviera algún tipo de poder sobre mí. Rafael se quedó perplejo ante la atrevida e inesperada presentación de aquel artista que era tan lanzado como talentoso. La decana Devi tragaba en seco, esperando que el chico no continuara golpeando mi orgullo, y yo intenté no reaccionar ante la mención de su nombre. De más está decir, que tales intentos fueron en vano. Sentí que se me tensó la mandíbula y lo ví a él tragar en seco. ¿Estaba mirando mis labios y sonriendo, o solo estaba regocijándose en el hecho de que había exhalado con pesar al escuchar su nombre? —Creo que llegamos a un punto muerto, señorita Salvatore —dijo él cruzándose de brazos, y de alguna forma, allí de pie frente a mí, Marco Novona parecía que doblaba mi tamaño. —Ni siquiera he negociado contigo —dije. —Por supuesto —presionó él—. De repente perdió el interés en una pintura que estuvo a punto de hacerla llorar. —No —arremetí—. El pintor se encargó de hacerla odiosa para mí. Marco dejó escapar una risa sonora mientras yo me alejaba de él a pasos largos. Salí de aquel lugar a toda marcha y esperé en la puerta a que apareciera el Uber que llamé con toda la urgencia de salir de aquel lugar. Rafael se demoró en aparecer el tiempo que me tomó encender un cigarrillo. —Eso fue algo diferente —sentenció el rubio en una risa pícara. —Fue una pérdida de tiempo, Piccolomini —respondí soltando una nube de humo al aire—. Ese tipo es un snob estúpido. Jamás podría trabajar con él. —No fue eso lo que me pareció a mí —habló Rafael encendiendo un cigarro con mi mechero—. En cualquier caso, no fue una velada perdida, Liz. La decana le propondrá a la junta directiva que te admitan como la abogada de una universidad. Con un poquito de ayuda, quizás puedas hasta presentar unos legítimos casos en la corte. —No me interesa nada de eso, Rafa —dije apagando el cigarrillo con el tacón de mi stilletto—. Mi negocio está en otro lugar. No trabajaré con estúpidos que están por debajo de mí y pasan su día haciendo garabatos en un pedazo de tela. Hubiera querido que algo de lo que había dicho fuera cierto. Incluso, si no todo, hubiera querido que aquel cuadro sí fuera odioso para mí, pero no lo era. De camino a casa, me encontré a mí misma rememorando los detalles de la pintura en mí mente. Era ilógico como los recordaba todos, incluso cosas que no sabía que había visto la primera vez, pero que en mi cabeza cobraban vida: el pañuelo rojo de una mujer que saludaba desde una ventanilla; el collar del corgi que decía Lucy en letras doradas y cursivas; el cuaderno marrón en las manos del chico que se aferraba a la cintura de la niña de cabellos rubios. Esa noche soñé con el cuadro, pero no era como una pintura estática, sino que se alzaba alrededor mío como una película en colores vívidos. En la mañana, desperté sudando, con dolor de cabeza y un sabor extraño en la boca: un sabor a melancolía. Pensé que si me extenuaba y me exigía trabajar como nunca, dormiría mejor, pero no lo conseguí. Volví a soñar con el cuadro, pero de alguna forma, solo éramos Marco y yo en aquel museo, observando cómo los dos niños se despedían en una película de colores sepia y que se desvanecía hasta dejar el lienzo en blanco. El tercer día de los sueños, ya no eran los niños los que se entrelazaban en un abrazo, sino aquel pintor y yo. Desperté sudando a media noche. El reloj daba la 1:15 y el dolor en el pecho amenazaba con acrecentarse con el bullicio de la ciudad bajo mi ventana. Busqué mi celular entre las sábanas y llamé a Rafael. —¿Dónde estás? —pregunté cuando sentí que descolgó el teléfono, y sin dejar que respondiera, agregué—. Necesito un trago urgente. —Ven al Obsidian —gritó Rafa intentando atenuar la música techno que retumbaba en el fondo—. Te estamos esperando. Me escurrí en un little black dress de satén que era siempre la opción más rápida para las veladas impovisadas y me dispuse a conducir uno de mis autos hasta el club. La ventaja de ser una de los propietarios de una disco nocturna es que la muchedumbre se abre como mares cuando observan a uno de los dueños. Le dejé las llaves a valet y le dije a uno de los regulares guardas que indicara el camino al VIP donde se encontraba Rafael. No fue necesario que me acompañara. Desde la entrada se podía ver al chico de cabellos rubios con un traje llamativo de color escarlata y una sombra de ojos a juego, mientras bailaba con dos de los bailarines del club. Al verme, el chico alzó la copa y me gritó algo que no pude comprender por la música. —¡Era justo lo que necesitaba esta noche!— me gritó cuando estuve a su lado—. ¿Por qué viniste? —Un doble de Dalmore Oculus, por favor. Sin hielo. Y una botella de agua —le pedí al bartender antes de contestarle a Rafael. —Ya veo —dijo él levantando una ceja. —No puedo dormir —respondí luego de darme el primer trago de whisky—. Desde aquel jodido día en la galería, no he podido dormir. Rafael bajo su vaso de whisky y torció sus labios. Divagó algo, pero con la música no logré escuchar lo que decía. —¿Es por causa del cuadro o del pintor? —cuestionó el chico. —El cuadro... —dije, omitiendo que había soñado con Marco en varias ocasiones. —Es arte, querida —sonrió el chico—. Se queda en tu mente y te hace volver a lugares que creías perdidos. Ahora, si es por el pintor, entonces, quizás no sea tu noche de suerte... —¿Qué quieres decir? — pregunté confundida, pero el chico me apuntó con la mirada hacia el extremo opuesto del VIP. Debajo, entre la multitud de cuerpos que bailaban entre las luces y la música, el cabello oscuro y lacio de un chico de camisa roja y mangas alzadas a la altura de sus codos, llamó mi atención. Él estaba bailando con otra chica; una pelinegra que degustaba el cuello del chico con su lengua, mientras él se aferraba a su cintura. Había huido del pintor en mis sueños para encontrarme con él en medio de mi club, con sus manos bailando por el cuerpo de alguien más y su mirada lasciva posada en otros ojos. —¿Qué diablos...? —dije entredientes para que Rafael no pudiera notar mi molestia, pero de alguna forma el disgusto bañaba todo mi rostro. —No me digas que no disfrutas la vista, Liz —presionó Rafael—. Quizás sea un insufrible snob, pero es muy sexy. Pasé el resto de la noche intentando perderme en la bebida, pero de alguna forma, mis ojos siempre terminaban en la figura de Marco, que se rehusaba a bailar con otra chica que no fuera la pelinegra. En algún punto los vi besándose. Él subía la mano por su muslo desnudo y ella colaba sus dedos entre la camisa de él, pero aparté la vista cuando él posó sus ojos en mí y me vio por primera vez. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Quizás me había visto por primera vez, o quizás era la primera vez que hacíamos contacto visual. De cualquier forma, le di la espalda y me enfoqué en bajar el whisky de un solo trago. A esas alturas de la noche, Rafael estaba en medio de un sensual baile con un chico moreno y yo no estaba lo suficientemente borracha como para olvidarme de las manos del pintor en mis sueños. —Dime, ¿qué se siente que te digan que no por primera vez? —escuché la voz de Marco detrás de mí cuando, ya entrada la madrugada, me acerqué al bar a rellenar mi trago. Fue inevitable que sonriera. —Dime tú ¿qué se siente venir a mi club para llamar mi atención? —Quizás, yo siempre estuve aquí y tú nunca lo notaste...
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