Capítulo 4: La Despedida que no Tuvimos

1076 Palabras
El recorrido por la galería fue tan poco prometedor como lo había anticipado. Nada despertaba ninguna sensación en mí. Era como si el arte no significara nada; como si estuviera observando un lienzo vacío e inexpresivo en cada pared. Nada me hablaba; nada conectaba con ese inescrutable vacío en mi interior. Rafael lo sabía a la perfección. Llevaba demasiado tiempo a mi lado como para saber que no tenía la habilidad de sentirme movida por el arte en ninguna de sus variantes. La poesía me era apática. Las novelas no me hablaban en lo absoluto. La música solo era una confluencia de sonidos... Ni siquiera el teatro, el ballet, la opera. Nada me movía un ápice de sentimientos, y quizás por eso todos mis subordinados me consideraban cómo una desalmada. Las bellas artes, por otro lado, no me eran indiferentes. A ellas, las odiaba de una forma inconmensurable. —No puedo decir que soy mediador de una cliente fácil —bromeó Rafael al ver que mi reacción era poco prometedora en cada estación de arte que parabamos para recibir la explicación de la decana Devi—. Alicia es conocida por ser renuente a todo lo que transmita una emoción —bromeó el chico, y no tenía idea de lo cierto que era su comentario. Ante mi fingida sonrisa, la decana exhaló con un aire cansado, aunque regalándome una sonrisa alivida y agregó. —No hay nada de que avergonzarse. Tenemos artistas que comparten sus ideas. —¿Cómo es eso posible? —se asombró Rafael con una mirada totalmente perdida—. No hay forma que un artista sea tan antipático cómo mi querida Liz. —Cuida tus palabras, Piccolomini —reí atigrando los ojos, pero al ver la expresión temblorosa de la decana Devi, decidí relajar mi rostro en una auténtica sonrisa—. Lléveme a ver a este artista que ha dejado en completp shock a mi emocional amigo. En el extremo más opuesto a la puerta de la Galería dónde comenzaba la exposición, allá donde parecía que no iluminaba ninguna lampara, un cuadro se levantantaba en la penumbra. A su alrededor había 4 o 5 admiradores; hombres y mujeres de dinero, según pude constatar por sus galas. —Si el artista tiene tanta atención, no entiendo cómo puede ser apático —diji Rafael mientras nos acercabamos a la obra que hasta el momento era inadvertida para nosotros, obstruida por las siluetas de las personas que la observaban. —Marco Novona es apático en todo sentido excepto en el ser un excelente pintor —dijo la decana Devi—. Puedo mostrarle su arte. En qué deleite sus ojos no hay inconveniente, pero no conseguirá nada si su objetivo es comprar el cuadro o la firma de un contrato de trabajo. Marco ha rechazado a peces grandes sin ninguna razón aparente. —Suena como un reto —rió Rafael advirtiendo un rato divertido en la venada si yo proponía comprar aquel cuadro. —Suena como cualquier otro pretencioso con aires de grandeza y como un idiota que no sabe cómo sacar provecho a su inútil talento —comenté alzando una ceja con absoluta certeza de que no había nada detrás de aquella cortina de desconocidos que pudiera moverme por dentro. Estaba acostumbrada a tener razón. Pocas veces me equivocaba y, cuando lo hacía, un sentimiento de desasosiego me invadía. "¿Cómo no lo ví antes?" era siempre mi pensamiento las pocas veces que una persona o una situación me superaba. Había sentido aquel desasociego pocas veces en la vida: al perder a mi familia y mis recuerdos junto con ellos; al terminar con mi prometido de 3 años... Y ahí, bajo la luz cálida de una lámpara amarilla, volví a sentir aquella desesperación de haber visto pasar mi vida frente a mis ojos. Al pie del cuadro estaba en nombre de autor y de la pintura: Marco Novona La despedida que no tuvimos. El cuadro era de un tamaño considerable. Plagado de detalles y colores que evocaban suspiros de todos los que se habían perdido en él. El centro del cuadro era la vista trasera de una niña de cabello rubio despidiendo a un chico de cabello n***o en un andén. Ambos niños estaban abrazados y de alguna forma, se veían las lágrimas de él brillando sobre sus mejillas. Aquella obra no estaba hecha solo de pintura y lienzo, sino que una parte del alma del pintor estaba enclaustrada en ella. —Supongo que ese pretencioso idiota te hizo sentir algo —habló una voz detrás de mí que me hizo caer en cuenta que mis ojos se estaban llenando de lágrimas. No había bebido más de diez palabras de su boca y ya reconocía esa voz. Al voltearme descubrí al chico de cabello oscuro y ojos verdes que me había llamado como una aventurera genérica en la barra de la galería. Me obligué a reponerme antes de que la decana interviniera y Rafael sonriera más. —Mantengo que es un pretencioso —hablé tragando en seco—, pero si menos es talentoso. El desconocido rió bajando la cabeza y provocando que unos rebeldes mechones de su cabello cayeran sobre su rostro. —Y de seguro quiere comprar ese cuadro —inquirió el extraño. Tanto la decana cómo Rafael estaban observando la conversación sin una sola intervención, sino que seguían las palabras como si se tratara de la pelota en un reñido juego de tenis. —No. Quiero firmar al autor —dije apartando la mirada del chico que a cada segundo me irritaba más. —¿Y qué le hace pensar que ese pintor quiere firmar con usted, una reconocida abogada de la mafia? El extraño soltó las palabras como si no significarán nada. La decana se estremeció, pero Rafael solo arqueó una ceja. Si lo conocía bien, sabía que aquel descaro del chico solo lo hacía parecer más interesante a los ojos de mi atrevido hermano de crianza. —Si es inteligente, sabrá que no es conveniente decirme que no —presioné yo—. Y en cuanto a usted, no tiene la necesidad de ir detrás de mí si sabe quién soy. Yo por en contrario no lo conozco y no quiero siquiera considerar eso que usted llama arte. —Lo está considerando, señorita Salvatore —volvió a reír el extraño irguiéndose a mi lado y volteando su mirada hacia el cuadro—. Yo soy Marco Novona.
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