La desaparición del Fiscal DeMaria y su esposa conmocionó momentáneamente a la ciudad, sin embargo, ese el ritmo de Roma por aquellos días, y luego de un par de semanas, algún desconocido ya había asumido el cargo del difunto y estaba segura de que no cometería los errores de su predecesor.
Rafael no estaba de humor para tratar conmigo. En sus propias palabras, detestaba cuando me convertía en el perro de Lucio, pero ya yo estaba acostumbrada a sus silencios luego de verme cumplir con mi trabajo. Nada le dolió tanto como que me hubiera hecho cargo del fiscal en su nombre. Ya se le pasaría, pensé. No era algo que no había sucedido con anterioridad.
El mayor problema, sin embargo, lo representaba Marco.
El pintor se había negado a ir a la universidad desde el incidente en la cena familiar. Claro, lo que yo entendía por "incidente", para él era un asesinato a sangre fría. No lo juzgaba. Dios sabía que yo había reaccionado igual de mal la primera vez que había visto como Il Signore Lucio se había hecho cargo de un problema similar en una de las tantas reuniones familiares a las que había asistido.
Rafael fue el encargado de atender a todas las reuniones de la administración de la universidad. Entre sus nuevas obligaciones recaía estar presente en todas las juntas ejecutivas, y aunque al principio fue un tanto incómodo para todos, la presencia del hijo del capo más peligroso de toda Roma, luego de ver su potencial, les fue fácil admitirlo cómo uno de los suyos. Al final, Rafa siempre había sido uno de ellos. Pertenecía allí.
—Aún no me has dicho cuál era tu plan cuando decidiste llevar a ese pintor a la cena familiar —me cuestionó Ekaterina en su despacho, mientras revisaba los estados de cuenta de cada uno de los miembros de la familia—. Te conozco lo suficiente como para saber que no se trataba solo de tener un chivo expiatorio que asumiera la culpa por el asesinato, o como una prueba de poder para el idiota de Conti o Rossi. Fue algo mucho más personal, Alicia.
La señora Ekaterina sí me conocía bien, de hecho.
—Tengo una comisión que quiero que él haga —expliqué, y no era del todo incierto, aunque solo era parte de la verdad—. Y ya estaba harta de sus negativas.
—Él aún no sabía que consigues todo lo que quieras, ya sea por las buenas o por las malas —sonrió la mujer mientras yo tomaba las últimas notas acerca de las transferencias realizadas a Rusia—. Y ahora dime, ¿qué tipo de comisión planeas? ¿Acaso, una obra de arte?
—Varias, de hecho —sonreí.
Rafael no me recibió de buena gana cuando lo pasé a buscar en el auto a la Universidad para ir a por un brunch.
—Si hasta pareces una persona decente —me dijo con una mueca de resentimiento y mirándome de arriba abajo por encima de sus gafas Dior.
—Una mujer de negocios, funcional y dispuesta a llevarte a un exclusivo brunch en tu hotel favorito con tal de hacer las paces.
Cualquiera pudiera pensar que Rafael algún día se iba a terminar acostumbrando a la violencia de todos los que estaba a su alrededor, más aquello era prácticamente imposible. Luego de mucho rogarle, caminando media manzana tras él, logré que se subiera al auto y enterráramos parte de las asperezas.
Con la primera copa de un aromático vino blanco joven, el chico me prometió no sacar más el tema de lo que había sucedido en aquella desastrosa velada y se dispuso a explicarme cómo habían transcurrido sus primeros días como consultor en la Universidad.
—Por el momento, todo va viento en popa —sonrió con una mirada genuina—, pero más adelante voy a necesitar tu punto de vista en un negocio que quiero proponerte.
—Te escucho —le dije subiendo los dos codos a la mesa y saboreando la crema chantilly de un pastel de frambuesas.
—Quiero remodelar el Obsidian y hacer una galería de arte —propuso el muchacho—. He notado que la Universidad pierde demasiado dinero de los contribuyentes al rentar galerías para exponer las obras de sus artistas. He pensado que, quizás, si jugamos bien nuestras cartas, podamos resolver dos grandes problemas.
—Una galería permanente y de renombre para la Universidad y una forma fácil de lavar dinero para nosotros —sonreí ante la inteligencia que derrochaba Rafael.
Era un negocio redondo y muy bien pensado de su parte. Solo necesitábamos poner en función de la galería un buen número de recursos y de influencias en hacer y promocionar la galería. Con dicha fachada, podíamos hacer negocios más legítimos en cuanto a la venta de arte a los rusos. Se alineaba a la perfección con nuestros intereses de limpiar las transferencias bancarias.
—¿Te puedes hacer cargo de ese proyecto? —me preguntó el chico al ver que yo estaba sumando cifras en mi cabeza—. Sabes que papá y Lucrezia lo aceptarán si viene de ti.
—Lo prepararé todo en tu nombre. No tienes que preocuparte —le aseguré.
—Muy bien —asintió él—. Ahora dime realmente por qué te decidiste a aparecer en la universidad hoy. ¿Acaso esperabas ver a Novona?
De la forma en la que aquel chico leía mi mente era tan preocupante como un bálsamo de alivio para mí.
—Tengo unas comisiones que hacerle.
—¿Comisiones? —preguntó confundido Rafael— ¿Te refieres a comisiones de trabajos de arte?
Levanté una ceja y le dirigí una mirada cómplice a mi amigo.
—¿Acaso no fuiste tú el que me dijiste que me encontrarías un artista para mis entretenimientos? —presioné—. Pues quiero a Marco.
—Eso es ser cruel, Liz —me reprobó Rafael—. Desde lo sucedido el día de la cena, no ha asistido a la universidad. Tampoco ha dado una justificación para altar a sus clases. De seguro se está sumiendo en algún tipo de agujero n***o, provocado enteramente por ti.
Por supuesto, sabía que mis acciones habían repercutido de la peor manera en aquel pintor, y por ello mismo, tenía a dos de mis hombres vigilando su casa sin que él lo supiera.
Marco Novona distaba mucho de ser el típico artista sentimental, dispuesto a romperse por el más mínimo incidente, sin embargo, lo que aquel hombre había presenciado a manos mías no había sido un accidente, sino un asesinato a sangre fría y una amenaza de poner su nombre junto al de la víctima.
Por los informes regulares de mis hombres, el pintor no se había movido de su casa en los últimos días más allá que para comprar comida y otros útiles necesarios para sus pinturas. Sin embargo, no era útil para mí si estaba recluido en su apartamento.
Como tal, Marco no vivía en una casa regular, sino en el sótano de un viejo edificio. Bajo unas escaleras y los ruidosos pasos de las personas que caminaban por la acera, una puerta roja de metal se levantaba, sin timbre ni número. Solo un picaporte rústico como cerradura y única seguridad para aquel lugar que distaba de ser habitable.
El sonido de mis nudillos en dos toques cortos sobre el metal, fue suficiente como para que todo el sótano se estremeciera y no pasó mucho tiempo antes de que la puerta se abriera y Marco posara sus crudos ojos verdes sobre mí.