—¿Cómo sabes en dónde vivo?
Aquellas fueron las primeras palabras que Marco me dirigió mientras yo esperaba en el umbral de la puerta de su estudio-apartamento.
—Vamos. Puedes hacerlo mejor —le reté con una mirada ausente y, al a vez, divertida por el inconveniente que suponía para él tenerme allí—. Ni siquiera es esa la pregunta que quieres hacerme.
Él se irguió y cruzó los brazos sobre su pecho. Llevaba un desgastado pullover de un color oliva que avivaba su piel láctea y sus ojos verde bosque.
—¿Qué quieres de mí? —bufó Marco.
—Ahora sí parece que estás siendo un poco más real —sonreí y me adentré en su estudio, pasando por su lado como si yo fuera dueña del lugar, cuando él ni siquiera me había invitado a entrar.
—Alicia —me llamó por mi nombre y algo pareció desencajado en su voz. Me volteé lentamente al escuchar mi nombre y lo miré a los ojos. Estaba molesto, con las cejas fruncidas y los labios tensos, más no tenía miedo—. ¿Qué quieres?
—Bien, si vamos a ser todo negocios, voy a ir directo al punto —dije tomando asiento en el sofá que, aparentemente, también funcionaba como cama—. Ya que dejamos atrás todo lo sucedido en la galería de arte, y en el Obsidian, en donde suponías conocer quien yo era, podemos hablar de lo que yo requiero de ti.
Él solo estaba en silencio y de pie junto a la puerta. Prestando sobrada atención a todo lo que yo tenía para decir.
—Quiero que hagas tres cuadros para mí —dije finalmente.
Luego de un largo silencio por parte de ambos, Marco se dignó a hablar.
—¿Todo esto fue solo por tres cuadros?
Esa vez, la que se cruzó de brazos fui yo, mientras él ladeaba la cabeza.
—No —respondí—. Lo que hice fue solo para dejarte bien claro que no soy la persona que crees conocer mediante recortes de periódicos de una década atrás —me apresuré a aclararle.
—Para demostrarme lo cruel que puedes llegar a ser, y lo que me harás si te digo que no tengo intención ninguna de hacer nada para ti —se apresuró Marco a añadir.
—También —asentí—. Y, en parte, para que sientas en carne propia lo que es ser arrastrado a una situación de mierda sin tener ningún tipo de culpa.
Aquellas palabras no estaban destinadas a ser exteriorizadas, y desde luego, no con él, pero algo había hecho que las dejara escapar.
—¿Qué esperas que haga para ti? —preguntó el pintor, aunque se apresuró a dar una respuesta errónea al volver a suponer lo peor de mí—. No estoy cómodo haciendo falsificaciones de DaVinci para que Rafael se las pueda vender a algún snob de New York.
Reí ante sus palabras y me senté al borde del sofá.
—Quiero que hagas tres pinturas para mí —dije.
—¿Qué tipo de pinturas?
Él aún era incapaz de comprender que no había ningún motivo escondido detrás de mi pedido.
—Tu tipo de pinturas —dije sacando una foto doblada de mi bolso—. Para empezar, dos de estos cuadros serán públicos, y uno de ellos, será una pintura mía. Quiero mi rostro en ese lienzo —expliqué—, pero el tercero será solo para mis ojos.
—No comprendo —me interrumpió Marco, pero mi mirada cruda le demandó esperar a que yo le ofreciera una mejor explicación.
—Seré muy específica con los detalles que quiero en estas pinturas, así que mejor te conviene no cuestionarlos. No es negociable en nombre de tu arte —exigí y él solo respiró profundo en una mueca de descontento total—. Y para el tercero tendrás total libertad, pero tiene que ser de las personas en esta foto.
Le alcancé la vieja foto que llevaba guardada en mi bolso más tiempo del que podía recordar y él la desdobló entre sus manos, primero con rapidez y luego, al ver su fragilidad, con cierto recelo.
El rostro de Marco era uno que no develaba mucho de sus pensamientos. Por lo poco que lo conocía, el pintor sabía cómo camuflar a la perfección todos sus temores y emociones, más eran sus ojos los que con frecuencia me hablaban y me dejaban saber los remolinos de ideas que se levantaban en su mente.
Al ver la foto, sin embargo, el chico tensó la mandíbula y sus cejas amenazaron con fruncirse.
Era una foto de mi familia. La verdadera. Aquella que había muerto en el tiroteo. En la fotografía estábamos mi hermano y yo sentados en algún tipo de sofá; él riendo en un abrazo mío y mis padres sentados a ambos lados del sofá, junto a un árbol de navidad adornado con guirnaldas blancas.
Luego de un momentáneo silencio, Marco levantó su mirada de la vieja fotografía y se dirigió a mí.
—¿Por qué quieres que sea yo el que haga este trabajo para ti?
Era más que una simple pregunta que podía responderse alegando el indudable talento del chico, pero decidí ser sincera en mi respuesta para con él. Sentía que, en aquel momento tan vulnerable para mí, podía darme el lujo de serlo, aunque fuera por solo un instante.
—Porque tu pintura me hizo sentir algo —le dije poniéndome de pie y caminando hacia él—. La Despedida que Nunca Tuvimos. Un nombre pretencioso; parece salido de algún poema de algún triste y romántico poeta. Eso que lo que pensé al leer el nombre de tu pintura aquella noche en la galería. Pero al verla comprendí que tu arte era, de hecho, una poesía materializada en un lienzo.
Mis palabras habían suavizado el rostro de Marco hasta un punto en el que el chico estaba absorto en lo que yo tenía para decir. Si se sentía halagado por mi sinceridad o dudaba de algunas segundas intenciones de mi parte, yo no sabía diferenciar ningún tipo de matiz.
—Aún puedo cerrar los ojos y recordar detalles que no sé si realmente están en la pintura
—¿Cómo cuáles? —me interrumpió aferrándose a la foto de mi familia que aún estaba extendida en sus manos.
—El corgi en la esquina inferior —sonreí—. El pañuelo de cuadros escoceses de una de las señoras junto al tren. La hora en el reloj del chico de la pintura: 11:24.
—Bien —volvió a interrumpirme Marco, esta vez cerrando la foto en sus manos y guardándola en uno de los bolsillos de su pantalón—. Haré lo que me pides —aceptó—, pero tengo una condición para hacerlo.
—¿Condición? —me asombré.
Aquel chico todavía tenía el nervio de ponerme condiciones bajo las cuales trabajaría, cuando había sido yo la que había hecho alarde de tenerlo entre mis manos y manipularlo como quisiera.
—Necesito que estés aquí para tu retrato —me dijo—. Para los otros dos encargos, puedo hacerlo mediante una foto, con tu guía, por supuesto, pero para el retrato tuyo, me gustaría que estuvieras aquí.
—No necesitas preocuparte al respecto —asentí—. Estaré aquí para guiarte en todos los detalles que quiero en esas obras.