Capítulo 11: Tus Luces Sobre Mí

1263 Palabras
Los preparativos para hacer del Obsidian una galería de arte no eran de todo sencillo. Según los reportes de los arquitectos y otros profesionales, la remodelación del lugar tardaría entre uno y dos meses, contando que trabajaran con los mínimos descansos posibles, cosa que ni Rafael ni yo estábamos dispuestos a exigir. La venta y distribución de la droga que circulaba por toda Roma, era asunto de Lucrezia y su equipo, y aunque todo iba de acuerdo a los números que nuestros contadores habían trazado, había mucho de aquel negocio que aún no me gustaba, siendo lo principal que yo no tenía total control de la situación. En términos de trabajo, aquella primera semana transcurrió como todas las otras anteriores. Era un bucle repetitivo de ir a la oficina, ajustar cuentas y regresar a altas horas de la noche a tomar un baño y dormir. Parecía un capítulo repetitivo de algún drama, con par de capítulos de relleno en los que Rafael se aparecía a invitarme a almorzar, o me hacía una loca video llamada en medio de la madrugada para que supervisara alguno de los contratos que tenía en su correo. En cuanto a cualquier indicio de vida personal que me restaba, no había nada más desorganizado en mi existencia en ese punto. Pasaba las noches enteras con episodios de insomnio, en los que me enterraba en más trabajo, y los pocos momentos en los que podía conciliar el sueño, solo conseguía soñar con aquel endemoniado pintor tanteando mi cuerpo con sus manos, justo como lo había hecho con aquella chica en mi club. La única promesa que tenía para liberarme de él en mis sueños era mediante aquellas pastillas que Lucrezia me había pasado el día de la cena familiar, pero no quería desarrollar una adicción a ellas, como sabía que fácilmente podía suceder. —Si siempre consigues lo que quieres, ¿por qué te está tomando tanto tiempo hacer esto? —me pregunté la noche antes de llenarme de valor y presentarme en casa de Marco Novona. Cada vez que aparecía en casa del chico, había algo en él que temblaba por dentro y yo era perfectamente capaz de verlo en sus profundos ojos verdes. —Quizás deberías dejarme saber con tiempo cuándo vas a aparecer por mi casa —me habló en pintor cuando yo me colé debajo de sus brazos y me adentré en su estudio. —Creo que vuelves a tener una idea completamente equivocada de que esto es un acuerdo igualitario entre tú y yo. Esa mañana el chico llevaba un ajustado suéter oscuro manchado por pinturas de un escarlata y un marrón profundo. —Estoy trabajando en otros proyectos ahora mismo —dijo a modo de excusa y me dio la espalda, alejándose hacia uno de sus lienzos que solo estaba parcialmente pintado de los colores que habían manchado su ropa. —Deja todo lo que estés haciendo —exigí y Marco levantó la ceja de mala gana volteando su rostro hacia mí—. Tengo prioridad por encima de todos tus trabajos pendientes. Él respiró profundo y volvió los ojos al cuadro que tenía frente a su rostro. Sopesó con cuidado cuáles eran sus opciones en ese momento y me habló por lo bajo. —Vamos a decir que esto son privilegios de la mafia —bufó Marco y dejó a un lado el cuadro que tenía. Yo dejé escapar una risa ante su repentina ocurrencia y él volvió a quedarse observando mi rostro tal cual estuviera memorizando cada una de sus fracciones. —Muy bien —se apresuró a redirigir mi atención a otra cosa y continuó—. Vamos a comenzar con tu cuadro. Al ver que Marco dejó todos los pinceles y carboncillos de lado y se acercaba peligrosamente a mí, le pedí que me explicara cómo era su proceso creativo. —Primero realizo el boceto en mi cuaderno —me explicaba apuntando hacia el viejo manojo de hojas sueltas que esperaban junto al rústico paquete de carboncillos, al pie del sofá—. Luego, lo plasmo en el lienzo y estudio las variaciones de colores y estilos de pintura que utilizaré para resaltar la imagen. Yo estaba absorta en su explicación como si se tratara de un profesor que me decía qué pasos seguir para lograr materializar todos los conocimientos de alquimia que yo sabía que no iba a tener jamás. Al notar que toda mi atención estaba puesta en él, Marco pareció enmudecer por un minuto. —En realidad es un proceso un tanto trabajoso que tomará algo de tiempo. Él tragó en seco al ver que estaba tan cerca de mí que si hablaba su aliento movía mi cabello. —Últimamente todo lo que puedo hacer es sentarme a esperar a que todo siga su curso sin mi intervención —me sinceré—. Por una vez me gustaría acelerar las cosas hasta llegar al desenlace inevitable de todo esto. Marco sonrió de una forma condescendiente para conmigo, pero bajó sus ojos al suelo cuando yo quise mantener la mirada. —No se puede correr antes de andar —me dijo—. Pero podemos trabajar en otras cosas para acelerar el proceso. Si aquellas palabras sonaban provocativas para mí, eran solo porque salían de su boca. —¿Qué tienes en mente? —inquirí cruzándome de brazos, pero cuando Marco delineó mi mentón con su dedo pulgar, no pude hacer otra cosa que tragar en seco y perderme en sus ojos. Él estaba absorto en cada centímetro de mi piel. Su tacto, tal cual lo había imaginado, era dulce y sedoso. Tenía los dedos de un artista, aunque sus manos eran grandes y fuertes. Subió sus dedos hasta mi oreja e imitó el gesto que había hecho la noche que lo vi en mi club, despejando mi rostro de los mechones de cabello dorado que se empeñaban en cubrir mis fracciones y luego sus dedos lanzaron sobre mi cuello hasta delinear mis clavículas. Estaba casi segura que Marco Novona sentía a la perfección cómo mi cuerpo temblaba bajo sus manos, pero, aun así, me obligué a mantener la mirada en sus ojos, aunque ellos recorrían todo de mí. Su tacto sobre mis cejas, delineando mis ojos y vi como sus labios se alzaban en una casi imperceptible sonrisa cuando su dedo índice se posó sobre el pequeño lunar que tenía en una mejilla. Si Marco sentía el calor de mi rostro ardiendo, no le importaba quemarse por mí en lo absoluto. Subiendo otra vez a mi frente, acarició mi cabello y tragó en seco cuando abrió surcos en mi pelo con sus dedos y siguió un movimiento liso hasta mis hombros desnudos por aquella desahogada blusa de satén que había decidido vestir aquella mañana. En un gesto lento, y como si ya se supiera de memoria el recorrido, volvió a mi rostro y delineó con profunda lentitud mi nariz hasta llegar a mis labios. Cuando llegó a su destino, decidió morar allí y, con suavidad, acarició cada centímetro de ellos con su dedo pulgar. Yo estaba deseosa de la inevitable continuación de su gesto. Marco tenía los ojos clavados en mis labios y en su mirada, oscurecida por el palpable deseo que se apoderaba de él, se veía que algo peligroso brillaba de una forma totalmente desenfrenada. Su roce no se detuvo, sino que continuó hasta que su dedo índice separó mis labios, más, cuando era inevitable el beso, me habló. —Ya tengo todo lo que necesito de tu rostro para hacer el boceto. Puedes irte.
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